La libertad individual: objetivo y metodología de la Escuela Austriaca de Economía


camino-soledad“La libertad individual: objetivo y metodología de la Escuela Austriaca de Economía” es un artículo publicado por Eladio García García en el vol. 12, No. 1 (2015), págs. 287-321, de la revista Procesos de Mercado, co-editada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y Unión Editorial.

Índice del volumen: http://dialnet.unirioja.es/ejemplar/406474

Resumen:

En este artículo se analizan los fundamentos filosóficos que caracterizan el ideario y el objetivo de la Escuela Austriaca de Economía. Los principios metodológicos de esta escuela son el dualismo metodológico, en el campo de la gnoseología, y el individualismo metodológico, en el campo de la metafísica. A tal efecto, se propone un sistema axiomático inspirado en el concepto rothbardiano de la libertad individual, y se intenta demostrar que dicho concepto tiene su asiento en los abismos y las simas que albergan el pensamiento más radical de todos: el pensamiento ontológico, la fosa mariana de la filosofía. Para cubrir este viaje a las profundidades, se deben aclarar primero algunos aspectos teóricos especialmente relevantes. En primer lugar, es necesario demostrar que la filosofía es una disciplina legítima, indispensable y rigurosa. Y posteriormente, se debe utilizar esta herramienta para realizar también una fundamentación filosófica y una defensa de los principios que ensalza la Escuela Austriaca de Economía. Dicha escuela es la única que ha sido capaz de identificar correctamente los elementos más imprescindibles de la realidad. Por tanto, también es la única que permite llevar a cabo un análisis filosófico adecuado, suficientemente profundo.


I. OBJETIVO

El objetivo que se propone el autor de este trabajo aspira a describir una teoría de tipo fundamental, en la cual tengan cabida todos los fenómenos que existen en la naturaleza, y en especial aquellos procesos económicos que constituyen la base natural del actuar humano. En suma, se pretende elaborar una teoría omnicomprensiva, que vincule los fenómenos sociales entre sí, y que también relacione estos fenómenos con aquellos otros que, si bien no pertenecen al ámbito específico de la sociología, sin embargo sí comparten una misma raíz. El hombre es un elemento más de la naturaleza. Si hablamos de fundamentos reales no podemos limitarnos a realizar un estudio que solo tenga en cuenta los hechos sociales. Tenemos que describir fenómenos que estén presentes en todas las estructuras del universo, y aplicar luego esas nociones en el marco concreto del ser humano.

Este objetivo coincide plenamente con el propósito que siempre ha perseguido la Escuela Austriaca de Economía. Aunque a priori parezca que los estudios de esta escuela se circunscriben al ámbito de la sociología, demostraremos aquí que en realidad tienen mucho más que ver con la filosofía y la metafísica. Dicha escuela es la única que ha sido capaz de identificar correctamente los elementos eidéticos que corroborarían la existencia de una realidad verdaderamente fundamental. Los principios metodológicos de esta escuela son el dualismo metodológico, en el campo de la gnoseología, y el individualismo metodológico, en el campo de la metafísica. Su análisis nos permitirá entender mejor cuán importantes son las contribuciones que ha hecho esta corriente de pensamiento al acervo general del conocimiento humano.

  1. Reducción metafísica del concepto de la libertad individual: de concepto económico a concepto metafísico

La idea seminal sobre la que se construye la matriz teórica de este estudio se inspira en una declaración del economista y pensador austriaco Murray Rothbard, que éste escribió en 1982, en los prolegómenos de uno de sus libros más famosos: La Ética de la Libertad. En ella el autor afirmaba lo siguiente: “Todas mis obras han girado en torno al tema central de la libertad humana. Tengo, en este punto, la convicción de que, si bien cada disciplina posee su propia autonomía e integridad, en el análisis final todas las ciencias y enseñanzas de la actividad humana están interrelacionadas y pueden integrarse en una ciencia o disciplina de la libertad individual.” (Rothbard, 2009, p. 21)

Esta reflexión de Rothbard tiene una profundidad y un calado enormes, y no ha habido hasta la fecha ningún exégeta que haya sido capaz de llevar a cabo un desarrollo adecuado de la misma, tal y como habría querido su autor. No existe una fundamentación de la libertad individual suficientemente extensa, que abarque todos los ámbitos de la naturaleza y el conocimiento humano. Es precisamente esa ausencia explicativa, y la propia convicción de Rothbard, lo que estaría justificando en gran medida el trabajo que aquí se presenta.

La libertad individual constituye un principio tan elemental que no existe otro que subyaga a este; no hay en el universo una ley que describa un fenómeno más básico. La libertad individual del hombre es solo la punta del iceberg, el corolario de una norma metafísica, de carácter general, que se puede aplicar a todas las cosas que habitan el orbe. No se equivocaba Rothbard cuando columbraba en su libro la enorme importancia que tiene este principio general: “…todas las ciencias y enseñanzas de la actividad humana pueden integrarse dentro de una disciplina de la libertad individual.” Si interpretamos las palabras de Rothbard en sentido literal, y si acertamos a darles un significado todavía más extenso, que abarque no solo las actividades humanas sino también cualquier otra circunstancia, podemos llegar a afirmar que todas las ciencias, desde la física más elemental, pasando por la biología y la antropología, y llegando hasta la economía y la política, analizan fenómenos que están interrelacionados y que pueden interpretarse como casos particulares de un hecho mucho más general.

En un sentido amplio, la libertad individual constituye una verdad de tipo metafísico; indemostrable. Es un axioma irrefutable, un presupuesto irreductible, que no cabe referir a ningún otro y que tampoco es necesario demostrar. En consecuencia, se puede decir que describe una cualidad de carácter irrenunciable, que supone un requisito existencial, necesario en el estudio de cualquier orden material, e implícito en la naturaleza de todos los seres del universo.

Por consiguiente, también constituye una cualidad sumamente importante para el ser humano. Precisamente por eso, tendemos a creer equivocadamente que solo nos afecta a nosotros. Estamos tan acostumbrados a valorar y asumir como nuestra esa facultad de obrar, que no concebimos otra forma de libertad que no sea aquella que disfrutamos nosotros de manera consciente, por medio de los sentidos y las acciones voluntarias. Por eso, si afirmamos que la libertad individual es una propiedad más de la materia, igual que lo es el volumen o la masa, inmediatamente habrá muchos que pensarán que estamos defendiendo tonterías, y no vacilarán un instante antes de negarnos su aprobación. Hace falta, por tanto, una explicación previa más exhaustiva, que consigne los puntos más básicos de nuestra propuesta. A continuación intentaré detallar las razones que me llevan a pensar así.

De las palabras de Rothbard que se han resaltado más arriba, se desprende que la libertad individual constituye una cualidad humana ciertamente importante. Pero si decimos que esa cualidad está inserta en la naturaleza de todas las cosas, enseguida nos mirarán con asombro y nos tomarán por locos. No hay duda de que ésta afirmación produce un cierto rechazo en la gente. El hombre, en su fuero interno, está completamente convencido de que es un ser único y especial, dotado de una espiritualidad y una intención que trascienden la materia. Sin embargo, aunque en principio pueda parecer extraño, lo cierto es que aquellas cualidades humanas que más valoramos, con frecuencia son cualidades que no podemos atribuir en exclusiva al género humano, a pesar de que también tengan una dimensión peculiar. En realidad, esto no debería producir ninguna sorpresa: si son cualidades que representan valores trascendentales, es obvio que tienen que trascender la realidad de cualquier ser particular, y afectar sin excepción a todas las cosas que existen. Pero esta afirmación desata profundos recelos en la mayoría de las personas. A todos les parece inaceptable asumir ese tipo de generalización. Si las cualidades que más nos identifican son también cualidades que tenemos que compartir con el resto de las criaturas, de algún modo esto hace que pierdan ese carácter especial, y que degeneren en hechos mucho más vulgares. El hombre necesita sentirse especial. Necesita henchirse de orgullo y llenarse de aliento. Por eso, siempre que es comparado con los demás animales, cada vez que se equipara con las criaturas inferiores, se produce en su interior una profunda sensación de desazón y de rechazo, que le impide aceptar esa identificación. Pero además, si la comparación que pretendemos hacer incluye a todas las cosas que existen en la naturaleza, ya sean estas seres vivos o estructuras inanimadas, la reacción que debemos esperar no dista mucho de la que se produciría si dijésemos que somos Santa Claus.

Sin embargo, muy a nuestro pesar, hemos tenido que ir aceptando la realidad de la que estamos hechos. Hace tiempo que asumimos que el hombre no formaba parte de ningún plan deliberado. Descubrimos cariacontecidos que no habitábamos el centro del universo, y fuimos poco a poco siendo conscientes de que tampoco estábamos al margen de las fuerzas evolutivas que modelan la forma y la fisionomía de todas las criaturas del planeta. Ahora, al comenzar el siglo XXI, nos vemos obligados a aceptar también otra generalización más. Existen cualidades humanas mucho mas importantes, que valoramos en mayor medida, que constituyen elementos fundamentales de la naturaleza, y que por consiguiente tampoco son exclusivas del género humano. La más importante de todas esas cualidades es la libertad individual.

La libertad individual, de la que tanto se enorgullecen los pensadores liberales, no es en realidad una propiedad exclusiva del hombre. Es una cualidad omnímoda, completamente general. No obstante, esto no debería ser motivo para que disminuyera ese orgullo, sino más bien para que aumentase, ya que nos estamos atribuyendo una propiedad verdaderamente importante. En un sentido amplio, podemos afirmar que todas las cosas que existen en el universo son individuos, y también podemos decir que todas ellas tienen un cierto grado de libertad. Todos los seres tienen una identidad particular. Su individualidad es lo que los convierte en entidades existentes y reconocibles. Sin esa propiedad no podrían existir, y tampoco podrían ser identificados como tales. Además, la individualidad también supone una cierta independencia a la hora de actuar. Todas las cosas que existen provocan algún efecto en su entorno, que viene determinado en parte por la naturaleza concreta de la cosa. Todos los seres actúan con un cierto grado de independencia y libertad. La existencia individual siempre va seguida de acciones individuales. Estas acciones se consideran libres en tanto en cuanto sean generadas por el individuo, sin que intervengan factores externos. En el caso concreto del ser humano, esas acciones individuales son codificadas en forma de normas, y se establecen y apuntalan leyes que indican y determinan los movimientos más apropiados, en orden a conseguir un bienestar general mayor. Ese marco constitucional acaba definiendo el nivel de progreso que alcanzan las distintas sociedades del planeta. El mayor o menor respeto del individuo, de lo que éste decide hacer con su vida y su propiedad, es lo que al final determina toda la organización del sistema y el desarrollo del mismo. En este sentido, la libertad individual constituye un valor humano sumamente importante. Pero esto no nos puede llevar a pensar que la libertad es una cualidad exclusivamente humana. No debemos olvidar que su importancia deriva, en última instancia, del hecho de que también sea una propiedad universal incuestionable, necesaria para existir y para actuar.

La libertad individual es un principio existencial; es el requisito más básico de todos. Todos los entes son estructuras individuales e independientes (si no lo fueran no serían entes, no existirían). Y la libertad es la forma en la que todos ellos se manifiestan, a través de las acciones particulares que son capaces de provocar en sus entornos. Tanto la individualidad como la acción libre del individuo, constituyen propiedades de carácter absoluto, que se pueden asignar a cualquier cosa del universo, y que se predican, en último término, del principio de la libertad individual que determina la existencia de todos los seres.

Según Rothbard: “La ética de la ley natural establece que, para todos los seres vivientes, es bueno lo que significa satisfacción de lo que es mejor para ese tipo concreto de criatura…” (Rothbard, 2009, p.37). Igualmente, para Santo Tomás de Aquino la acción del hombre es un caso particular de la ley natural por la cual se rigen todos los seres del universo, cada uno de ellos según su propia naturaleza y sus propios fines. Bajo estos mismos principios generales, Gabriel Zanotti, en su tesis de 1990, intenta conectar la praxeología de Mises y Rothbard con el pensamiento de Tomás de Aquino, que para el argentino es el fundamento último de la primera. Siguiendo al Aquinate, Zanotti afirma que todas las cosas finitas se mueven hacia sus fines mediante el desarrollo de sus potencialidades. Y continúa diciendo: “Pero respecto de los entes que se mueven, que pasan de la potencia al acto, Santo Tomás establece un principio fundamental, que abarca no sólo al movimiento en sentido propio, sino a toda operación… Me estoy refiriendo a este principio: todo agente obra por un fin. Es el principio de finalidad, intrínsecamente relacionado con la causa final, esto es, aquello por lo cual el agente obra.” (Zanotti, 2004, p.21). Esta visión integradora de la naturaleza constituye también el marco teórico que va a permitir desarrollar el argumentario que jalona los distintos apartados de este artículo. Bajo ese prisma, el principio de acción humana de Mises, todos los medios, los fines y la libertad del hombre, quedan reducidos a casos particulares, y empequeñecidos frente a la imagen de una realidad mucho mas grande.

Todas las cosas del universo son entes existentes. La tautología que entraña esta afirmación revela cuan absurdo es intentar pensar en alguna alternativa distinta. La existencia es la condición más fundamental de todas, y con ella también lo son las dos propiedades que están asociadas a la misma, a saber, la individualidad y la acción. Todos los objetos que existen son individuos, y todos ellos actúan de forma que consiguen mantener esa individualidad y esa existencia. Normalmente, un objeto inanimado e inerte no invita a pensar en ningún tipo de acción. No obstante, dicho objeto solo puede existir si es capaz de ejercer alguna acción que le beneficie y que le procure una cierta estabilidad. Pero al hombre le resulta difícil concebir una actuación que no esté producida por un individuo consciente, o que no esté dirigida a conseguir unos objetivos que hayan sido marcados previamente por él. Es conveniente que pongamos algún ejemplo que ilustre esta posibilidad. Utilizaré para ello el objeto más inerme que se me ocurre. Imagínese una piedra más o menos plana, llena de aristas y de ángulos, y otra, del mismo tamaño, completamente pulida y redonda, sin ningún abultamiento. Ambas se encuentran en la cima de una montaña. Pero, mientras la primera tenderá a permanecer ahí arriba, la segunda terminará por rodar colina abajo, sin detenerse en ninguna terraza de la orografía, hasta acabar en el fondo de algún valle. Es mucho más probable que la piedra redonda termine precipitándose y hundiéndose en alguna laguna o cuenca del terreno. La primera piedra estará expuesta a la abrasión de los elementos aéreos, pero la segunda será sometida a la erosión que provocan las escorrentías. Estos dos escenarios determinan la existencia y la forma de las dos piedras, tanto o más que su origen y su constitución. Esas piedras habrán actuado de distinta manera y con distintos resultados. Lo que entendemos aquí por acción no es solo la acción consciente de un individuo pensante, es el efecto que provocan en el entorno todos los objetos del mundo, por el mero hecho de existir y tener una forma y una estructura particular, la cual interfiere en dicho entorno de un modo también concreto, y con unas consecuencias para el objeto muy significativas. La acción no es otra cosa que el resultado de una fuerza física. En este sentido lato del término, podemos decir sin ambages que todos los objetos actúan, que todos producen un efecto en su entorno más próximo, y que todos reciben a cambio una reacción del entorno que acaba determinando su existencia y su permanencia en el mundo. La acción es una propiedad metafísica y universal, que determina la existencia de todos los seres.

La acción se manifiesta en los seres vivos con una intensidad mucho mayor, debido a que estos son individuos más complejos, con una capacidad de interactuar más elevada. Pero en el fondo, las reglas básicas que determinan la existencia de todos ellos son las mismas. La habilidad de Darwin consistió en darse cuenta de que los entes vivos existen y proliferan en base a los mismos principios que cualquier otro objeto. Subsisten en tanto en cuanto sean individuos (principio de la individuación) y en la medida en que actúen para mantenerse vivos y sobrevivir (principio de la acción). Las piedras que, en base a su forma, consigan habitar un entorno menos agresivo, acabarán perdurando más tiempo que aquellas que no puedan evitar esas agresiones erosivas. De igual manera, los animales que se mueven, se reproducen y actúan continuamente para habitar un entorno más favorable, existirán por más tiempo que aquellos que no saben o no pueden moverse de ese modo. La teoría darwiniana de la evolución es una teoría metafísica. Todos aquellos que critican esta teoría bajo el supuesto de que no hay suficientes evidencias que la corroboren (los creacionistas que afirman que nunca encontraremos el eslabón perdido, o los que dicen que el ojo es tan complejo que no puede haber aparecido por evolución), no se enteran que están yendo en contra de una proposición que no necesita ninguna demostración y que no tiene alternativas. La evolución darwiniana y la supervivencia del individuo son conceptos irrenunciables, ya que no hay nada que exista y sobreviva de otra manera. Todos los objetos existen porque se individualizan, y sobreviven porque compiten y se adaptan al entorno a través de alguna acción que consolida y fortalece esa individualidad o identidad. Todos los objetos deben adoptar una dimensión espacial (existir como individuos concretos, como estructuras únicas), y acto seguido deben adoptar también una dimensión temporal (actuar para mantener esa individualidad, por medio de las influencias que consigan provocar en el entorno, por el mero hecho de existir). A su vez, estas condiciones dimensionales determinan también la existencia, la forma y la estructura de todas las cosas. La selección natural moldea a todas las criaturas, sin excepciones de ningún tipo. La unanimidad que refleja esta visión de la naturaleza permite integrar las ciencias naturales bajo un mismo principio. Pero este principio también se puede extender al hombre. El ser humano también actúa movido por esos principios, para conseguir sobrevivir y permanecer (ese es su último objetivo, el sentido y la razón de su existencia y su creación). En este caso, la unanimidad afectaría no solo a las ciencias naturales, la física y la biología (las piedras y los animales), sino también a las ciencias sociales y humanas. La teoría de la evolución de Darwin y la teoría de la acción de Mises no son sino dos demostraciones particulares del mismo fenómeno general. La individuación y la acción determinan la existencia de todos los objetos, en unos casos constituyen la base principal de la supervivencia biológica, y en otros la base de la organización y la existencia social. Además, dentro de las ciencias humanas podemos implementar de nuevo otra integración. La síntesis que se alcanza al contemplar el sistema axiomático que aquí se propone, compuesto por dos principios (individuación y acción), permite elaborar una imagen todavía más unitaria. En concreto, resulta especialmente interesante detenerse a analizar esa combinación que aúna la teoría social y deductiva de Ludwig von Mises y la de Ayn Rand. Considero imprescindible destacar las contribuciones que han hecho a la metafísica estos dos autores, sin menoscabar ninguna de ellas. No en vano, cada uno se ha encargado de describir uno de los dos axiomas que componen la realidad. Ayn Rand centra sus investigaciones en el axioma de la existencia individual, o axioma de la identidad o individuación. Por su parte, Mises hace lo mismo con el axioma de la acción individual o acción humana. Mi intención es poner de manifiesto las profundas relaciones que creo que existen entre la escuela objetivista que fundó la filósofa ruso-americana y la escuela subjetivista de Menger y Mises. Las rencillas intestinas que se dan entre los integrantes de estas dos corrientes no tienen ninguna justificación. Hay buenas razones para pensar que esas dos escuelas representan los pilares del pensamiento más general de todos, y que por tanto se complementan y encajan como dos piezas de puzle, en el rompecabezas del universo. Su unión viene sellada por un principio absoluto, y sus detractores o enemigos incurren en un error que es proporcional al hecho que niegan.

  1. Reducción ontológica del concepto de la libertad individual: descomposición del concepto metafísico en sus elementos entitativos

Todas las cosas son entes finitos, que se mueven hacia fines concretos. Es decir, todas las cosas son entidades individuales (axioma randiano de la identidad), son seres particulares perfectamente delimitados y con unos fines que también son específicos. Y todos ellos se mueven en alguna dirección, presentan un propósito determinado, y buscan continuamente la manera de conseguirlo (axioma misesiano de la acción). Es decir, todos los seres detentan una libertad intrínseca, y protagonizan una acción que solo ellos saben provocar. Según nos dice Mises: “El hombre, al actuar, aspira a sustituir un estado menos satisfactorio por otro mejor” (Mises, 2011, p. 18). Para Mises, este es el principio más básico de la economía, que rige y mueve a toda la sociedad. No obstante, en términos generales, la satisfacción del hombre no es otra cosa que la manifestación de un estado anímico (una colocación interna) que tiene por objeto estimular su movimiento y su actuación, y que se deriva, a fin de cuentas, del logro de alguna meta que habrá tenido como resultado la prevalencia y la existencia del individuo humano (la propia satisfacción encuentra aquí su motivo principal: es el estímulo hormonal que insta a existir). De lo contrario, nada de eso se habría producido. Por consiguiente, este es un principio que se puede aplicar también a todas las cosas que existen.

Todas las estructuras presentan una posición que las identifica como tales. Como dijo Aristóteles: “…una cosa es un umbral porque está colocada de cierta manera” (Aristóteles, 2011, libro VIII, p. 259). Además, todas provocan un efecto determinado en el entorno, como resultado de haber adquirido esa posición. Y en todas ellas la supervivencia depende de que ese entorno que modifican, y sobre el que actúan, acabe procurándoles algún beneficio particular, gracias al cual consigan mantenerse tal y como son. Todas las cosas que existen tienen que haber provocado este efecto beneficioso. El propósito existencial de todas ellas es permanecer. Si existen es porque, de algún modo, han conseguido alcanzar dicho propósito. Todos los seres existen como individuos, y actúan para conseguir mantener y conservar esa existencia, y solo existen si consiguen su objetivo. No cabe otra alternativa. Y el ser humano no es ninguna excepción. El hombre se mueve y actúa en virtud de los mismos algoritmos, buscando fines existenciales, actuando sobre el entorno, y sirviéndose de los medios que tiene a su alcance. La única diferencia es que, en su caso, la razón y la conciencia juegan claramente a su favor, y le permiten planificar e interiorizar todos esos propósitos y movimientos.

En definitiva, no nos equivocamos si decimos que todos los seres albergan dos propiedades principales, que ya fueron puestas de manifiesto por Aristóteles hace muchos siglos, en su teoría del Ente. En primer lugar, todas las cosas son entidades finitas, individuales. Como dice el polímata griego: “…y esto es la sustancia o el individuo, que es precisamente lo que se manifiesta en una categoría tal; sin ello, no decimos nunca bueno o sentado, por ejemplo. Es evidente pues que gracias a esta categoría, son también todas las demás, por lo tanto el Ser en su sentido primero, y no el ser algo, sino el Ser absoluto, ha de ser la sustancia [el individuo]” (Aristóteles, 2011, Libro VII, p.208). Y en segundo lugar, las cosas también son entidades actoras, que se mueven según sus potencialidades, hacia objetivos concretos, con una libertad intrínseca, buscando un beneficio particular. De nuevo, Aristóteles sale al paso de esta afirmación para decirnos: “De manera que, si hay un fin de todas las cosas propias de la acción, este sería el bien propio de la acción” (Aristóteles, 2012, Libro I, p.28).

Por tanto, podemos estar seguros que todas las cosas que existen son entes individuales, y también son entes que actúan para conservar esa individualidad. La convicción que tiene que acompañar a esta declaración se debe precisamente a que esas dos características son las únicas que provocan y permiten toda existencia. En consecuencia, el principio de la libertad individual, que también participa de las mismas propiedades, estaría apelando igualmente a una realidad normativa que carece por completo de excepciones.

La libertad individual es una expresión que apela a dos hechos existenciales inseparables, la individuación de la cosa, y la acción libre del individuo. Estas propiedades constituyen dos axiomas irrefutables, imposibles de negar. Es imposible que exista algo que no se disponga en el espacio de una manera concreta, con una identidad. Y también es imposible que, una vez que haya adquirido esa identidad, esa cosa no provoque ningún efecto beneficioso en su entorno, a través de una acción que le permita conservar su existencia en el tiempo. Nada escapa a esta sentencia irrefutable. En el sentido lato que empleamos aquí, y como también nos dice Mises, incluso la ausencia de acción se consideraría igualmente un tipo de acción, con unas consecuencias claras: “Pues el no hacer nada y el estar ocioso también constituyen actuaciones que influyen en la realidad” (Mises, 2011, p.17).

La libertad individual es una locución que se compone de dos términos gramaticales: individual y libertad. Lo individual es lo identitario, la esencia del ente, su naturaleza existente, su cosificación espacial. Por su parte, la libertad alude directamente a la acción, es la facultad que tienen todos los seres para actuar según sus potencialidades (o para dejar de actuar), para provocar un efecto en el entorno que permita que se conserven y, en definitiva, para existir, desplazarse y moverse por la otra dimensión: la dimensión temporal. Estas dos cualidades, la individuación y la acción, constituyen los dos fundamentos más básicos de la realidad, y dan a la libertad individual el carácter trascendental que ésta tiene. Estos mismos atributos son resaltados ya por Santo Tomás de Aquino en el capítulo III del libro II de su Suma contra Gentiles, cuando explica las condiciones y características que configuran la esencia ontológica del Ente finito: “Toda acción y todo movimiento parecen ordenarse de algún modo al ser, ya para que se conserve según el individuo [acción], ya para que se adquiera por primera vez [individuación]. Y el mismo ser es un bien, y por esto todas las cosas apetecen el ser. Luego, toda acción y todo movimiento es por un bien” (Santo Tomás de Aquino, BAC, 1967).

El principio de la libertad individual, que defienden algunas escuelas de pensamiento (entre las que sobresale la Escuela Austriaca de Economía), no adquiere su importancia en base a unas decisiones arbitrarias o subjetivas. Se construye, en cambio, utilizando dos axiomas fundamentales, el axioma de la individuación y el axioma de la acción. Estos axiomas podrían describirse de la siguiente manera. Todas las cosas son individuos. Y todos los individuos producen algún efecto en su entorno. Ese efecto es una acción individual. Dicha acción recibe el nombre de libertad (grados de libertad). Además, cualquier individuo debe actuar siempre para beneficiarse a sí mismo (de manera egoísta), o al menos para no perjudicarse, de tal forma que solo existen aquellos individuos que producen esos efectos beneficiosos: que apetecen el Ser. Todos los demás desaparecen. El beneficio aquí es simplemente todo resultado que permite mantener la existencia, y que consecuentemente también permite asegurarla y mejorarla. La libertad individual, en el caso de que se atribuya al hombre, supone para éste unas cualidades y unos beneficios importantísimos. Esa importancia se debe precisamente a que es una propiedad que está inserta en la naturaleza existente de todas las cosas, en la sustancia más fundamental del universo y de la realidad. El valor ético de la libertad individual no tiene otra causa que la de ser también un valor eidético, sustentado sobre dos principios axiomáticos, y referible a una propiedad universal, necesaria en todo tiempo y lugar (es decir, afín a la existencia como tal, con sus dos dimensiones principales, la temporal y la espacial). Todo lo que existe debe cumplir dos condiciones básicas. Debe adquirir una posición espacial, una identidad, una individualidad, o una presencia concreta. Y además debe adoptar también una dimensión temporal, es decir, tiene que actuar según sus potencialidades, con una libertad intrínseca, en pos de la permanencia. Todo objeto tiene que provocar necesariamente un efecto que no le destruya, que le beneficie. Por consiguiente, todo lo que existe viene determinado por dos elementos entitativos de carácter absoluto: uno de naturaleza individual y otro de naturaleza actuante. Dichos elementos quedan a su vez definitivamente integrados en el concepto de la libertad individual.

La intención de este trabajo es analizar esa integración, involucrando en dicho estudio a las ciencias naturales y a las ciencias sociales, y elaborando una comparativa suficientemente amplia, que permita entender mejor el carácter esencial que revisten estos preceptos básicos, los principios referidos.

  1. Reducción gnoseológica del concepto de la libertad individual: unificación de las ciencias

Una vez que hemos reducido el concepto económico de la libertad individual (rothbardiano) a concepto metafísico (aristotélico), y que lo hemos descompuesto en sus dos elementos ontológicos (la individuación y la acción), quedaría por analizar la relación que existe entre ese concepto metafísico y todos los aspectos gnoseológicos que rodean al mismo. Es decir, vamos a ver de qué manera el concepto de la libertad individual contribuye, no solo a la unificación de las nociones y las ideas, sino también a la unificación de las herramientas con las que se elaboran éstas.

En 1998, el profesor emérito Eduard O. Wilson, notable entomólogo, autoridad moral en el estudio de las hormigas y los insectos, y pionero indiscutible de la sociobiología, afirmaba en su libro Consilience, La Unidad del Conocimiento, lo siguiente:

“Recuerdo muy bien la época en que me cautivó la idea del saber unificado […] Era yo un biólogo en ciernes, inflamado por el entusiasmo de la adolescencia, pero de teoría y visión cortas… De repente vi el mundo de una manera totalmente nueva… estaba subyugado, no podía dejar de pensar en las implicaciones que la evolución tenía para la clasificación y para el resto de la biología. Y para la filosofía. Y para todo… Me di cuenta de que podía subir los peldaños de la organización biológica, desde las partículas microscópicas de las células hasta los bosques que cubren las laderas de las montañas. Un nuevo entusiasmo se agitaba en mi interior. Los animales y las plantas que yo amaba tan profundamente volvían a entrar en el escenario como actores principales de un gran drama. La historia natural quedaba validada como una ciencia real. Había experimentado el hechizo jónico. Tomo esta expresión del físico e historiador Gerald Holton, quien la acuñó recientemente. Significa la creencia en la unidad de las ciencias, una convicción mucho más profunda que una simple proposición de trabajo, que el mundo es ordenado y puede ser explicado por un pequeño número de leyes naturales. Sus raíces se remontan a Tales de Mileto, en Jonia, en el siglo VI a.C. Dos siglos más tarde Aristóteles consideraba al legendario filósofo como el fundador de las ciencias físicas. Desde luego se le recuerda más concretamente por su convencimiento de que toda la materia está constituida en último término por agua. Aunque esta idea se suele citar como ejemplo de lo muy equivocadas que las especulaciones de los primitivos griegos podían llegar  a ser, su significado real es la metafísica que expresó acerca de la base material del mundo y de la unidad de la naturaleza. El hechizo, que se ha hecho cada vez más refinado, ha dominado el pensamiento científico desde entonces. En la física moderna, su punto central ha sido la unificación de todas las fuerzas físicas (la electrodebil, la fuerte, y la de la gravitación) […] Pero el conjunto del hechizo se extiende asimismo a otros campos de la ciencia, y para algunos va mas allá, alcanzando las ciencias sociales, y todavía más lejos, como explicaré más adelante, hasta tocar las humanidades”  (Eduard O. Wilson, 2009, p.9).

No comparto en absoluto la manera en la que Wilson aspira a unificar las ciencias naturales y las ciencias sociales. Pero sí me identifico plenamente con el espíritu que le impulsa a llevar adelante ese proyecto. Comparto la admiración que siente por la idea del saber unificado, y me siento cautivado ante esa forja, igual que él. Pero admito que Wilson es un científico positivista. Su idea de unificación pasa por conseguir que las ciencias sociales adopten el método y el diseño que prevalece en el estudio de las ciencias naturales. Como dice Mises «La gente tiene ideas equivocadas sobre una ciencia unificada, que debería estudiar el comportamiento de los seres humanos según los métodos empleados por la física de Newton, en el estudio de la masa y movimiento» (Mises, 2013, p.13). Los positivistas creen que solo existe un método de investigación (el suyo), y tachan a los filósofos de ignorantes y de hechiceros. Esta forma de entender la unificación es bastante ridícula, y enormemente simplista. Es preciso que insistamos una y otra vez en la necesidad de proponer una agrupación distinta, que también incluya a la filosofía. Y la mejor forma de conseguir esto es uniendo las ciencias naturales y las ciencias sociales a través del concepto más básico que existe: la libertad individual. La exactitud e irreductibilidad de este concepto, así como su ecumenicidad y su generalización, acreditan el método deductivo que emplea la filosofía, lo equiparan con el científico, y en consecuencia proponen una visión integral de la gnoseología, dualista (científica y filosófica, inductiva y deductiva).

Los apologistas del positivismo y el monismo metodológico solo conciben un método de estudio, el método científico. Es preciso que les hagamos ver que la noción de individuo constituye un hecho irrefutable, que no es preciso investigar, y que solo cabe afirmar o intuir de manera filosófica, exponiendo a continuación todas las implicaciones lógicas que podamos derivar. La individualidad (la existencia y la acción libre del individuo) es una cualidad que está inserta en todas las cosas que existen. Nada puede existir si no dispone de una entidad propia. Y nada surge si no es como individuo. Por tanto, podemos tomar esta cualidad y proponerla como principio básico, sin necesidad de comprobarla, pues todo lo que existe tiene que tenerla. Y a continuación podemos derivar algunas conclusiones importantes, por ejemplo, que la individualidad y la libertad de acción del ser humano constituyen también cualidades fundamentales, necesarias para el buen funcionamiento y el progreso firme de cualquier sociedad avanzada. Si las acciones que benefician a un agente en particular son siempre un requisito necesario para que éste exista, con más motivo lo serán todas aquellas que permiten que los seres se desarrollen y proliferen de manera conjunta.

Como vemos, aparte del método inductivo que emplea la ciencia, existiría otro método complementario: el método deductivo, que nos permitiría llegar también a conclusiones ciertamente razonables (y racionales). Es más, con ese método alcanzamos unas conclusiones determinantes, indiscutibles, absolutamente universales, y de un grado de generalización superior al de cualquier teoría científica.

La unificación no debe consistir en utilizar un único método de estudio, porque entonces estamos obviando un amplio abanico de investigaciones. La unificación no significa unificar las herramientas, y que al final solo tengamos un martillo. La unificación consiste en hallar un fenómeno único, que determine la naturaleza de todos los objetos de estudio y de todos los objetivos científicos, y en conseguir que todas las herramientas que tenemos a nuestra disposición se pongan al servicio de este hallazgo. Precisamente, es la división epistemológica que contempla dos métodos racionales, el llamado dualismo metodológico, lo que nos estaría permitiendo utilizar uno de esos caminos para analizar mediante deducción el fenómeno que nos interesa, el más importante de todos.

La libertad individual es el fenómeno que buscamos. Si nos ajustamos a la idea de Wilson, según la cual es necesario establecer una unificación real de todas las ciencias, y si tomamos prestada la definición de Rothbard, que dice que la libertad individual constituye un presupuesto elemental de carácter indiscutible, podemos abordar un estudio integral de la naturaleza, y elaborar de ese modo un plan de acción suficientemente amplio y ambicioso.

En las ciencias naturales existe un consenso y un progreso que no se observa en el mundo de la economía y las ciencias humanas, donde todos parecen defender ideas contrarias. Este trabajo se propone eliminar esas diferencias. Para ello, es necesario elaborar una síntesis general que establezca los principios de acuerdo básicos que habrán de determinar el marco común de una verdadera teoría natural de la libertad. El liberalismo no puede tener otro objetivo distinto de ese. La importancia que aquí asignamos a la Escuela Austriaca de Economía se debe precisamente a que dicha escuela es la única corriente de pensamiento que ha sido capaz de identificar correctamente ese problema, y avanzar en las soluciones.


II. METODOLOGÍA

La metodología que defiendo en este trabajo es la misma que viene aplicando la Escuela Austriaca de Economía desde su origen, en todas las investigaciones en las que ha participado. La Escuela Austriaca, o escuela de Viena, es una corriente de pensamiento económico y político que se sustenta sobre dos pilares metodológicos básicos: el dualismo metodológico y el individualismo metodológico. Estos principios constituyen también la base doctrinal que soporta y que da consistencia a los argumentos que se exponen y defienden en este opúsculo.

  1. La importancia trascendental de los principios de la escuela austriaca: causas metodológicas

Sin ánimo de ser exhaustivos, podemos afirmar que la clasificación es casi la única actividad intelectual que llevan a cabo los filósofos y los pensadores. La taxonomía es una ciencia fundamental, que está presente en todas las operaciones intelectuales que realiza el ser humano. Toda definición aspira a encuadrar el objeto que describe dentro de un orden determinado, junto con todos los demás objetos que comparten las mismas características. Cualquier proposición teorética pretende ordenar los diversos fenómenos que se observan en la naturaleza haciendo que estos queden incluidos en un conjunto más general y preciso. No hay duda que la clasificación ejerce en todas estas aspiraciones intelectuales un papel de primera magnitud. Ahora bien, de todas las clasificaciones posibles, la más importante y perentoria es aquella que trata de ordenar las distintas clases de conocimiento que existen, pues gracias a esta podemos conocer la función que desempeña el investigador, y también cómo se clasifican el resto de cosas.

En términos generales, dicha clasificación podría quedar de la siguiente manera. Solo existen tres disciplinas o herramientas de conocimiento fundamentales. En primer lugar, está la gnoseología, que trata de los métodos y la naturaleza del conocimiento. Luego vendría la metafísica, que abarca todo el conocimiento que se consigue gracias a la utilización de la deducción y la filosofía. Y finalmente tendríamos la física (según la definición aristotélica), dentro de la cual se ubican todas las ramas experimentales vinculadas al estatuto de la ciencia y el conocimiento fáctico (la física propiamente dicha, la química, la biología, etc…). Sin embargo, de las tres herramientas que acabamos de nombrar, solo las dos primeras serían realmente esenciales. La ciencia no lo es. La ciencia utiliza métodos indirectos, a través de los cuales llega a conocer la realidad solo después de una dura indagación. Por tanto, es incapaz de establecer principios realmente fundamentales, de manera inmediata; sus teorías siempre están cambiando y perfeccionándose, y siempre son provisionales. No ocurre lo mismo con la gnoseología y la metafísica. Estas disciplinas se constituyen a priori. En el momento de iniciarse la investigación ya deben tener claro qué principios básicos son verdaderos.

La gnoseología y la metafísica son disciplinas elementales. Lo son en la medida en que están obligadas a establecer unos principios apriorísticos. Dichos principios deben ser independientes de la experiencia, es decir, no pueden proponerse con posterioridad, como resultado del proceso fáctico. Tienen que basarse, por el contrario, en alguna necesidad general incuestionable, que garantice su carácter universal y su utilidad inmediata.

Cualquier búsqueda de conocimientos debe iniciar su travesía resolviendo una cuestión cardinal. Tiene que identificar el método gnoseológico que le va a permitir atravesar la parte del océano desconocida en la que decida adentrarse. Antes de echarnos a la mar, tenemos que revisar el contenido de nuestras mochilas, la solidez de la quilla sobre la que recae todo el peso del barco, las herramientas que se encuentran almacenadas en las bodegas del mismo, y las condiciones del piélago al que queremos llegar. Por tanto, la gnoseología es la primera disciplina que tenemos que contemplar, la primera en proponer unos principios fundamentales, que tendrán que establecerse incluso antes de haber iniciado cualquier búsqueda (de hecho, es la que permite dicha búsqueda); por eso decimos que es una ciencia apriorística. Y el dualismo metodológico es el único principio que nos puede indicar el camino correcto, desde el primer instante, ya que es el único que defiende la validez de esas verdades apriorísticas, el único que admite la filosofía como herramienta, y el único que se basa en una realidad incuestionable, universal e inmediata.

El universo está compuesto por dos tipos de fenómenos o cualidades. Todos los objetos constan de propiedades particulares y propiedades generales. El análisis de esos tipos requiere por tanto que contemplemos dos vías de conocimiento alternativas, que atiendan respectivamente a cada uno de ellos. De este modo, surgen y se desarrollan por separado la ciencia y la filosofía. La ciencia investiga los hechos concretos, y extrae posteriormente teorías generales. Por su parte, la filosofía se inspira en primer lugar en todos aquellos conceptos y fenómenos que se refieren a cualidades que son evidentes (absolutamente generales), y solo después deduce toda la serie de implicaciones lógicas particulares que se derivan de dichos conceptos. De la aceptación gnoseológica de esa doble posibilidad, de esa alternativa de caminos que comienza fijando su atención, ora en las propiedades generales, ora en las propiedades particulares, surgen también dos disciplinas básicas: la metafísica y la física. La metafísica es la disciplina que compete a la filosofía, la que emplea conceptos abstractos para producir una cosmovisión general del mundo. Por su parte, la física se corresponde con el estatuto de la ciencia. En su caso, los investigadores analizan primero los hechos físicos concretos, y posteriormente extraen conceptos y teorías más generales. La integración de la ciencia con la filosofía da lugar al método de conocimiento más exitoso y completo de todos: el dualismo metodológico.

El dualismo metodológico se deduce de manera inmediata, a partir de una realidad fundamental, de una dicotomía primordial: la existencia de dos tipos de fenómenos, generales y particulares. Dicha metodología utiliza dos vías distintas para alcanzar el conocimiento, la vía filosófica y la vía científica. La vía filosófica parte de fundamentos metafísicos, atinentes a fenómenos muy generales, y los intenta aplicar luego a los casos concretos. Por su parte, la vía científica usa un camino inverso, parte de hechos concretos, que posteriormente intenta relacionar con el objeto de construir teorías más generales. Por tanto, la metafísica y la física abarcan con sus estudios todos los ámbitos y todas las posibilidades de conocimiento que existen. Tanto la vía filosófica como la científica proponen sendas teorías generales. Sin embargo, una las propone al principio, y otra las elabora con posterioridad. De esta manera, solo la vía filosófica da cuenta de una realidad eidética, apriorística, y completamente general, pues es la única que está obligada a establecer una teoría inicial realmente universal.

Aparte de la gnoseología, la otra disciplina fundamental que es necesario apreciar es la metafísica. El dualismo metodológico es la herramienta que acredita a la filosofía, y ésta establece a su vez un presupuesto categórico universal, de carácter metafísico. La vía científica parte de presupuestos particulares, y efectúa afirmaciones relativas del tipo: “esta cebra es rayada”, o “aquella flor se pone mustia con el calor”. En cambio, la vía filosófica comienza diciendo: “el universo es…”  Evidentemente, los dos tipos de afirmación exigen el uso de una metodología concreta, y dan por hecho que podemos describir algunos fenómenos fundamentales. Pero sus investigaciones toman en consideración objetos completamente distintos, y se desarrollan de manera independiente. La vía filosófica intenta llegar a conclusiones lógicas derivándolas a partir de realidades absolutamente generales. La vía científica intenta reunir muchos fenómenos particulares y derivar luego teorías más generales. En ambos casos se describen los mismos fenómenos. Las ideas generales tienen muchas implicaciones a nivel particular, y los hechos particulares quedan mejor agrupados y definidos dentro de una teoría genérica, que aluda a procesos globales. Ahora bien, el modo que tienen estas dos vías de abordar el problema es bien distinto.

La filosofía, como quiera que se ve obligada a partir de presupuestos universales, debe asegurarse de que esos presupuestos sean absolutamente verdaderos. Deduce con ellos todas las conclusiones y las teorías que elabora, y lo hace de manera intuitiva, basándose en esas necesidades eidéticas que habrá identificado previamente en los hechos ecuménicos. En cambio, la ciencia, como está obligada a partir de hechos particulares contingentes, no tiene una referencia tan amplia. En su caso, cobra especial importancia la experimentación y la prueba. El proceso que utiliza la ciencia es inductivo, y presenta una incertidumbre intrínseca. La filosofía debe comenzar siempre con una certeza universal (nótese que no afirmamos que tenemos un conocimiento absoluto de todo, sino que conocemos absolutamente un fenómeno o cualidad determinada). Por su parte, la ciencia atribuye al hombre un desconocimiento inicial absoluto, observa hechos puntuales, detalles concretos, pero no sabe cómo se producen, ni cuáles son las causas últimas que los provocan. La ciencia trabaja con hechos posibles, que siempre pueden acabar siendo de otra manera, y que deben investigarse de forma fiable. De ahí que la demostración adquiera en ella un papel central, y que no se alcance nunca un conocimiento completo, seguro y definitivo. El investigador debe pertrecharse con un aparato técnico que le asegure y le confirme que está describiendo algo cierto, entre todas las posibilidades que existen, y también debe estar dispuesto a modificar en el futuro sus conclusiones, si así lo requieren los datos que va recabando. Sin embargo, la metafísica y la gnoseología atribuyen al hombre un conocimiento inicial absoluto. Como parten de hechos generales, están obligadas a contemplar principios que son absolutamente ciertos. La evidencia no se extrae, en este caso, de las experiencias fácticas, como hace la ciencia con sus objetos de estudio, se obtiene en cambio al utilizar una evidencia inmediata, que se extrae a partir del conocimiento de un fenómeno necesario, que no puede ser de otra manera, que se conoce y se reconoce con solo pensarlo, y que por tanto no necesita comprobación. En este sentido, el individualismo metodológico, que designa aquello que condiciona y posibilita la individualidad (y la existencia), es el único principio filosófico que tiene la capacidad de responder a estas necesidades. Las únicas cualidades del universo que son realmente generales, las únicas que están presentes en todos los objetos del mundo, son la cualidad individual, que identifica al objeto, y la acción de supervivencia, que emana del mismo y que posibilita su permanencia. Cualquier cosa, si quiere existir, tiene que mostrarse como un individuo, tiene que tener unos límites reconocibles, tiene que aparecer en tanto que Ser, y tiene que actuar para conseguir permanecer tal cual. El principio de individuación y el principio de acción, que son base fundamental de este trabajo, deben ser considerados por todos como los principios más elementales que existen, los únicos que realmente suponen una condición sine qua non, y los únicos que acreditan y posibilitan la vía filosófica.

Recapitulemos. El dualismo metodológico sería entonces el principio más básico de la gnoseología o epistemología general. Y lo mismo se podría decir del individualismo metodológico en relación con la metafísica. Estos dos principios son incuestionables, sustancian las dos disciplinas más fundamentales que existen, constituyen abstracciones inmediatas, legitiman la libertad individual que defienden todos los liberales, y se comportan como pilares básicos del conocimiento (como verdaderos principios). Resulta por tanto muy significativo que hayan sido también los pilares que ha elegido la Escuela Austriaca de Economía para levantar el edificio que alberga los postulados de sus teorías. Esta adopción vendría a confirmar, una vez más, la superioridad y la grandeza que distingue a esta escuela de pensamiento.

En este sentido, la escuela austriaca es la única corriente que ha conseguido entablar una relación completa con la realidad, tendente a establecer los principios que instituyen esas disciplinas fundamentales (el dualismo metodológico en el ámbito de la gnoseología y el individualismo metodológico en el ámbito de la metafísica). Se entenderá por tanto que defienda la importancia crucial que ha tenido ésta escuela de pensamiento en el contexto general de la historia humana. No existe parangón con ninguna otra. Ninguna ha conseguido describir los fundamentos de la realidad como lo ha hecho la escuela austriaca. Resulta paradójico que haya sido al mismo tiempo la escuela más ninguneada de todas las que han existido. Este hecho no puede dejar de sorprendernos. Es preciso que encontremos también una explicación para este rechazo general.

Existe, por tanto, una clara relación entre los problemas más trascendentales que siempre han preocupado a los filósofos, y aquellos otros que ha venido tratando la escuela austriaca durante su corta y precaria existencia. Es fundamental sacar a la luz esas conexiones, ya que esto nos va a permitir obtener una perspectiva más amplia, que realce el prestigio de la Escuela Austriaca de Economía, y que conciba la misma como parte de una trayectoria y una tradición filosófica milenarias. La escuela austriaca representa una de las etapas finales de dicho recorrido. Este peregrinaje nos habría llevado desde los primeros filósofos griegos hasta los pensadores modernos, y desde las primeras preguntas de los socráticos hasta las cotas de conocimiento más elevadas, donde se observa finalmente un paisaje de una univocidad magnífica, trazado en torno a una única verdad universal: el principio de individuación, la sacralización del individuo y de la libertad individual.

  1. La importancia trascendental de los principios de la escuela austriaca: causas sociológicas

Ahora bien, una vez demostrada la trascendencia de los principios que consagran y avalan la trayectoria intelectual de la Escuela Austriaca de Economía, tenemos que dirigir nuestra atención hacia otros dos aspectos de la misma idea. Debemos comprender las causas que han llevado a que dicha escuela haya sido la única en darse cuenta de la conveniencia de dichos principios, y también la única que ha sufrido el ostracismo de las demás corrientes y el desprecio de muchos pensadores ajenos a esas ideas, que se niegan a aceptarlas. Lo que más sorprende es el contraste que existe entre la importancia del pensamiento austriaco y el ninguneo al que se han visto sometidos aquellos que se han declarado partidarios y defensores de estas ideas.

Por tanto, tenemos que responder a dos cuestiones importantes. En primer lugar, es necesario saber cuáles son las razones que han hecho que la escuela austriaca se haya convertido en la única escuela de pensamiento preocupada por resolver los problemas más importantes de la filosofía, a pesar de ser una escuela de economistas. Y en segundo lugar tenemos que saber también qué razones llevan al resto de escuelas a rechazar el legado que han dejado los economistas austriacos, a pesar de la importancia que éste tiene. Cada una de estas cuestiones encuentra asimismo dos respuestas o motivos principales, atinentes a las dos disciplinas elementales que configuran todo el pensamiento de la escuela austriaca: la gnoseología y la metafísica.

El éxito que ha cosechado la escuela austriaca, a la hora de aplicar los principios axiomáticos al ámbito de las sociedades, atiende básicamente a dos motivos principales, uno gnoseológico y otro metafísico. Con respecto a la gnoseología, es preciso que entendamos que el estudio de las sociedades humanas exige a veces el uso de herramientas filosóficas, y el abandono de los métodos que se empeñan en prescribirnos los científicos. Un sistema complejo, lleno de datos y de informaciones, y compuesto por seres humanos impredecibles, no se deja analizar del mismo modo que se deja una muestra del laboratorio. La escuela austriaca tiene por objeto el estudio de esas sociedades complejas, y ha sido consciente desde el primer momento de la existencia de estos impedimentos gnoseológicos, que hacen necesario que partamos de algunos conceptos generales simples, intuitivos, que no requieran un probatorio experimental, y que puedan implementarse fácilmente en el análisis de esos sistemas tan complejos. Ese es el motivo gnoseológico que lleva a la escuela austriaca a interesarse por los problemas filosóficos y por los principios verdaderos que rigen dentro de la filosofía. Por eso adopta el dualismo metodológico, único sistema que admite la posibilidad de utilizar dos vías de conocimiento distintas, con lo cual también se legitima la filosofía y se devuelve al ámbito académico más serio, lugar del que nunca debería haber salido. La escuela austriaca utiliza un método muy antiguo, que es el mismo que aplicaban los primeros pensadores griegos, pero que hoy en día se encuentra bastante desprestigiado por culpa de esas investigaciones mediáticas que los científicos han convertido prácticamente en una religión. Es necesario que revirtamos esta situación, que recuperemos el arjé de los helenos; es necesario que enfaticemos los valores filosóficos de la Escuela Austriaca de Economía.

En el campo de la metafísica, la escuela austriaca también nos ha proporcionado otro principio fundamental: el individualismo metodológico. Este principio hace hincapié en el papel que juega el individuo humano dentro de las sociedades por él creadas. La economía y el bienestar de los hombres tienen mucho que ver con la libertad de estos, con su carácter de individuos, y con sus necesidades subjetivas,  todo lo cual lleva a pensar que el individuo es el único soberano y el principal motor de todos los sucesos que ocurren en una sociedad. Pero el individuo no es solo un elemento fundamental de la sociedad, es más bien un elemento fundamental del universo. Todas las cosas son individuos, entes concretos. Por consiguiente, la escuela austriaca estaría describiendo también aquí un hecho verdaderamente universal, nuevamente relacionado con el estatuto supremo de la filosofía.

  1. La importancia trascendental de los principios de la escuela austriaca: causas ideológicas

Hasta aquí, las razones metodológicas y sociológicas que estarían avalando el prestigio de la Escuela Austriaca de Economía, su interés por las verdades más esenciales y su merecida elevación a la categoría de escuela filosófica. Pasemos a ver ahora cuáles son los motivos de su defenestración, las causas ideológicas que ponen a esta escuela en la picota. Sin duda, el análisis de estas causas también servirá para realzar la trascendencia que tienen las ideas que defienden los economistas austriacos (como se suele decir, la adversidad siempre nos hace fuertes).

La crítica que se suele hacer a la escuela austriaca tiene igualmente dos razones principales, una gnoseológica y otra metafísica. Cada una de ellas encuentra eco en el rechazo que suele existir por parte de la comunidad científica hacia los principios que configuran esas dos disciplinas. Se critica el dualismo metodológico, y también se critica el individualismo metodológico (en general, se critica toda la filosofía).

La crítica más habitual está relacionada con el dualismo metodológico y tiene una raigambre antigua. Se basa en esa idea cientista que afirma que el único método racional es el método científico de la experimentación. Esta es la actitud que toman los monistas metodológicos y la mayoría de científicos expertos. Como la escuela austriaca utiliza una metodología distinta, dualista, que admite la posibilidad de partir también de principios filosóficos irrefutables, que no necesitan ser demostrados, algunos creen que esta escuela pertenece a la misma categoría a la que pertenecen todas las religiones del mundo, que tampoco admiten ninguna contrastación, que se aferran igualmente a una revelación incuestionable, y que se muestran igual de tajantes y seguras de sí mismas. No obstante, esta comparación es totalmente falsa. Debemos esforzarnos en distinguir dos tipos de verdades fundamentales (apriorísticas), las que se basan en una creencia arbitraria, de carácter divino, y las que se basan en un hecho natural, evidente e incontrovertible. Los conceptos y realidades que describe la escuela austriaca son tan esenciales que no requieren ningún tipo de probatorio, pero también son tan pedáneos y verdaderos que no necesitan apelar a ninguna clase de religión o creencia infundada. El ideario de los economistas austriacos no es un ideario medieval o esotérico, que adore a una figura incorpórea, antes bien, constituye una teoría racional completamente moderna, de carácter material. Los austriacos asumen de forma natural la utilización de la filosofía, y se basan para ello en una noción incuestionable, ubicua, presente en toda la materia y en todas las cosas: la individualidad.

El concepto de dualismo metodológico que acredita a la filosofía ha sido desarrollado sobre todo en el último siglo, y seguramente por eso todavía no tiene la aceptación que podría tener. Por tanto, contrariamente a lo que se suele pensar, son las demás ideologías las que acusan una actitud obsoleta, basada en una necedad cientista de amplia tradición académica, que solo admite un método de investigación.

En relación con la segunda acusación, la que se dirige, ya no contra el método, sino contra los principios que se derivan del uso del mismo, contra la metafísica y el individualismo metodológico, podemos aducir exactamente lo mismo. Las imputaciones más importantes provienen de nuevo de aquellos que quieren convertir el mundo en una organización dirigida y dominada por ellos, en un campo de experimentación científica, donde poder tener controladas todas las variables que se afanan en medir. El colectivismo y el totalitarismo son organizaciones de este tipo. En su caso, el control se efectúa sobre las personas, y las medidas originan Estados primitivos y atrasados, enemigos acérrimos del individualismo y de las sociedades abiertas. No obstante, dichos Estados se han visto beneficiados también por esa arrogancia moderna que ha prendido en la sociedad a rebufo del desarrollo de la ciencia experimental. Sus idearios abogan porque los individuos carezcan completamente de libertad, y porque todo se decida a través de un órgano dictatorial compuesto por un comité de sabios y profesionales científicos (o políticos), entre los cuales figuren por supuesto los propios interesados. De este modo, se escudan en esa supuesta profesionalidad científica, y justifican sin ambages cualquier acción de control y de inspección que se dirija a conseguir lo que ellos entienden que es más beneficioso. Por tanto, aunque la negación de la realidad individual y del derecho de libertad genere retraso y suponga un lastre importante, la sociedad al final acaba por encontrar alguna manera de progresar (la vida siempre se abre paso), y los negacionistas siempre se pueden subir al carro de la modernidad y gritar desde ahí arriba consignas y arengas en contra de la libertad del individuo.

Puesto que los cientistas y los monistas son, la mayoría de las veces, fervientes defensores del colectivismo y del constructivismo social, y puesto que todos ellos han sido relanzados y aclamados en los últimos siglos, cuando se ha confundido el éxito de la ciencia con el culto ciego a la diosa razón, unos y otros han venido a unirse y apoderarse de las instituciones académicas y universitarias, y del resultado de todo ello ha nacido una civilización moderna excesivamente arrogante, que en muchos casos desprecia cualquier idea que no se atenga a la deontología profesional que asumen como propia los científicos experimentales (los nuevos sabios). No es extraño, por tanto, que la Escuela Austriaca de Economía, de naturaleza interdisciplinar, que aboga por el establecimiento de un dualismo metodológico en el que quepan tanto la ciencia como la filosofía, y de clara tradición individualista, que necesariamente pasa por desacreditar a los colectivistas y a los políticos, haya sido siempre el blanco fácil de todas las burlas, y se la haya intentado encuadrar en la misma categoría en la que se suele encuadrar a los charlatanes y a los fanáticos religiosos.

Sin embargo, paradójicamente, son las demás ideologías las que pecan de primitivas, las únicas que pueden catalogarse de pseudociencias y designarse con ese estigma. Cuando uno comprende y acepta el ideario de la escuela austriaca, se traslada a una época anterior a la revolución industrial, cercana a la edad media. De repente, las otras corrientes aparecen como un conjunto esotérico de adivinaciones, malamente defendidas por una masa de ignorantes y analfabetos. Uno casi siente cómo crepita el fuego de la pira que arde bajo sus pies, avivado con los soplidos del rebuzno que emiten todos esos ignaros. La gente aun cree en ese desiderátum marxista que anuncia la llegada inexorable del socialismo científico, y que exige la inmediata abolición del sistema capitalista de libre competencia y de las leyes que establecen la libertad de comercio y de intercambio. Esa es la verdadera religión de nuestro tiempo, y no la que se suele achacar a la escuela austriaca. Esa es la única forma de subyugar a los creyentes y los beatos: prometiéndoles un futuro igualitario, un paraíso obligatorio diseñado por el sacerdote (o sabio) de forma milimétrica, en el que siempre va a ser necesario que alguien te diga qué tienes que hacer, o qué cosas te deben gustar, para ir a la par con los demás, en clara comunión. Como dice Rothbard: “En los movimientos religiosos mesiánicos, el milenio es invariablemente instaurado por una gran convulsión violenta, un Harmaguedón, un gran combate apocalíptico entre el bien y el mal. Tras este conflicto titánico se instauraría sobre la tierra un milenio, una nueva era de paz y armonía, un reino de justicia. […] En la versión de Marx, el instrumento que conduciría al advenimiento de su milenio, del comunismo, sería una violenta revolución mundial llevada a cabo por el proletariado oprimido. […] En efecto, al igual que los milenaristas, Marx llegó a sostener que el reino del mal sobre la Tierra alcanzaría su punto álgido justo antes de la Apocalipsis” (Rothbard, 2013, p. 917). Rothbard utiliza las palabras de Tuveson para recordarnos también otra cosa: “el milenarista [del socialismo] cree que la historia opera de tal forma que, cuando el mal haya alcanzado su punto máximo, la situación desesperada se invertirá. Se restablecerá el estado original, el estado verdaderamente armonioso de la sociedad, en la forma de algún género de orden igualitario” (Tuveson, 1984, pp 326-7). Sin embargo, dicho estado es contrario al orden natural que se establece con el mercado bajo el capitalismo, el cual solo se puede basar en las libertades individuales y en las diferencias que esa individualidad supone (como ya hemos dicho, la realidad más fundamental y la mayor verdad de todas no resulta del igualitarismo, resulta del hecho individual, de la identificación diferenciadora y de la capacidad del individuo para actuar, sobreponerse y subsistir; el mundo está hecho con estos seres). Por eso los comunistas siempre han odiado este sistema y siempre han vaticinado su muerte. Ante esta negativa, lo único que cabe hacer es utilizar de nuevo esa famosa frase que se atribuye a Galileo y que, al parecer, fue murmurada por éste después de ser obligado a retractarse en público. Muchos son los que afirman que el capitalismo está destinado a desaparecer… y sin embargo se mueve (la realidad y la verdad siempre acaban emergiendo).

Algún día la Escuela Austriaca de Economía será reconocida como lo que realmente es: una corriente interdisciplinar, una amalgama de ideas y pensamientos coherentes, reunidos sobre un tamiz general que abarca todas las disciplinas existentes; una cosmovisión filosófica con una aplicación social clara; una estructura de pensamiento enraizada en los clásicos griegos y arbolada por pensadores de todas las épocas. Algún día la escuela austriaca ocupará una posición preponderante en el estudio general de la naturaleza. Ese día aun tiene que llegar. Hasta entonces tendremos que soportar la división y la miopía que imperan en todos los ámbitos del conocimiento. Entablar una conversación con un economista austriaco, y descubrir que en realidad es un biólogo, un físico, o un psiquiatra, dice mucho del carácter omnicomprensivo y del motivo trascendental que guía a esta escuela de pensamiento, la escuela austriaca de economía (y filosofía). Al menos, esas charlas contribuyen a rebajar un poco la fiebre que uno padece cuando contempla el rechazo general que suscitan las ideas austriacas, y el desprecio que muestra el mundo académico hacia los maestros y los epígonos de dicha escuela, y hacia todos aquellos que se esfuerzan por pensar radicalmente. Este trabajo aspira a dignificar todo lo posible esos esfuerzos y a esos maestros. Considero que no hay mejor manera de hacer esto que la de resaltar la importancia de la que goza la metodología que auspicia todos esos empeños, metodología que es también el baluarte más importante que tiene cualquier estudioso de la ciencia o la filosofía.


III. CONCLUSIONES

La razón que ha llevado al autor de este trabajo a escoger el concepto rothbardiano de la libertad individual, al objeto de usarlo como gozne fundamental y simiente del mismo, encierra un motivo que, visto en perspectiva, nos da la clave para entender el verdadero propósito que estaría detrás de todo el estudio. La libertad individual es una noción económica, jurídica y política que mide el grado de responsabilidad y autonomía que detentan los ciudadanos de una determinada comunidad. Pero, al mismo tiempo, dicho concepto se puede descomponer en dos términos esenciales, que se refieren respectivamente a dos atributos del Ser absolutamente necesarios, afines a la propia existencia. La individualidad es definida entonces como la característica que aporta una concreción espacial a la cosa. La finitud espacial, a saber, la ubicación, es lo único que da sentido y presencia al individuo: nada existe si no es como un ente concreto; una entidad. Por su parte, la libertad alude directamente a la capacidad de acción del Ser, que no es otra cosa que su concreción temporal, esto es, su capacidad para sobrevivir y seguir existiendo. De esta manera, el concepto de la libertad individual permite ligar dos disciplinas tradicionalmente aisladas, que son las que están más alejadas entre sí (la economía y la ontología). Al hacer esto, acordamos los elementos metafísicos más simples y fundamentales de la realidad con aquellos otros que se aplican a la sociedad y los sistemas más evolucionados y complejos de todos, las comunidades humanas. Esta ligadura no es en absoluto arbitraria. Por el contrario, atiende a una relación importantísima. Si conseguimos integrar aquellas disciplinas que están más alejadas, podremos responder al deseo ultimísimo de elaborar una unificación gnoseológica general (en nuestro caso, una teoría sintética de la libertad individual), deseo que también tuvieron algunos de los filósofos más ilustres de la historia, Aristóteles o Descartes. A este respecto, Ortega y Gasset nos dice: “Téngase presente que para Descartes, como para Aristóteles y para nosotros en este estudio, ciencia es exclusivamente la teoría o teorías deductivas… todas las teorías deductivas forman un cuerpo continuo, se derivan las unas de las otras o mutuamente se implican, y los nombres de las distintas disciplinas designan meramente miembros de un unitario organismo. Esa ciencia única empieza con la metafísica y termina con la meteorología y con la fisiología” (Ortega y Gasset, 1958, p. 279).

De esta aceptación unitiva de la gnoseología, que Ortega no duda en referir a los clásicos (de la comunicabilidad de los géneros de Descartes), surge también una aceptación metafísica (la teoría aristotélica del Ente, o la teoría cartesiana del ente ensimismado, pensante y existente). El dualismo metodológico atribuye una importancia semejante a la ciencia y la filosofía, y abre de ese modo la puerta para que aceptemos una teoría deductiva basada en principios apriorísticos y absolutos, que es la misma que refiere Aristóteles cuando elabora su teoría del Ente finito, donde defiende que dichas entidades son siempre concretas (individuales). Como bien apostillará más tarde Suárez, el principio de no contradicción del estagirita viene a decir que no es posible que una misma cosa sea y no sea al mismo tiempo, de lo cual se deriva que «todo ente es uno, pues una cosa no puede ser y no ser al mismo tiempo, por el hecho de que solo puede ser una cosa determinada [un ente concreto].» (Suárez, 2011, p. 95). Sobre los lomos de ésta teoría ontológica se construye el edificio intelectual que cobija bajo sus muros el pensamiento que brota de las ilustres cabezas de los filósofos y los metafísicos, pero que también alberga las estancias donde habitan todos aquellos economistas y pensadores que a lo largo de la historia han reivindicado la libertad individual del hombre como fundamento principal de sus ideas. Entre estos últimos, aparecen de forma destacada los epígonos de la Escuela Austriaca de Economía, empezando por Menger y terminando por Rothbard. El individualismo que defienden estos economistas hodiernos apela directamente a las propiedades más características y necesarias del Ente, cualidades que ya fueron puestas de manifiesto en los papiros que escribieron los clásicos griegos. La revolución marginalista y subjetivista que Menger inicia en el siglo XIX integra de forma magistral la defensa del dualismo y el individualismo metodológicos, y apela sin duda a la importancia que tiene el carácter individual del ente humano, importancia que se deriva directamente de esa otra que ostenta el ente en general –el hecho individual-. No puede haber otro principio de individuación –nos dice Suárez- más que la misma entidad de cada cosa, «que de suyo es tal y por si misma se distingue de las otras» (Suárez, 2011, p. 124). Con posterioridad, Hayek se encargará de desarrollar el concepto de la individualidad en entornos complejos, donde emerge un orden espontáneo como resultado de permitir que millones de seres manifiesten su individualidad y actúen en relación con ella. Por su parte, Mises, casi al mismo tiempo, labora también sobre los mismos atributos del Ente, resaltando la importancia que tiene la acción individual del hombre, y utilizando ésta como principio para fundar la ciencia económica. Por último, Rothbard afirmará por fin, a las claras, ya sin tapujos, que la libertad individual es un presupuesto universal, propio de una ciencia que está obligada a regirse y gobernarse por un apriorismo radical.

En realidad, las ideas y los principios que han defendido todos los epígonos de la escuela austriaca no son sino sucedáneos de la teoría del Ente que nace y se desarrolla con Aristóteles. No en vano, el ente humano es una parte indiscutible del ente general. Por tanto, es necesario que contemplemos estos esfuerzos de los austriacos como si se tratasen de uno solo. Todos aspiran a encontrar y consolidar un principio económico y social que, como ha quedado demostrado en este trabajo, es a la vez un hecho eidético y metafísico, capaz de contraponerse a ese otro principio que brega también por imponerse en todas las sociedades: el colectivismo y el socialismo. Este esfuerzo austriaco no es en absoluto baladí, antes bien, es el más importante de todos. Si conseguimos demostrar que el concepto de la libertad individual, y el individualismo que enarbolan con orgullo los economistas austriacos, se basa a su vez en un principio ontológico absolutamente cierto, estaremos en disposición de probar también que su concepto antagónico, la negación del individuo (el colectivismo, el comunismo, el estatismo), es la mayor mentira que jamás nos han contado, el error intelectual más grave de todos y el que peores consecuencias ha traído para la humanidad. En definitiva, estaremos preparados para asumir sin ambages las consecuencias naturales que depara la aceptación de una libertad auténtica (de un individuo real), y podremos instigar por fin una prosperidad y una bonanza sanas y duraderas. Ha llegado el momento de trasladar la lucha por la libertad del plano económico al plano filosófico, pues ese será el único terreno en el que se pueda preparar la batalla final. Este trabajo obedece y atiende al mismo propósito.


Referencias bibliográficas

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Aristóteles (2011). Metafísica, Libro VIII, p.259. Alianza Editorial, bolsillo.

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