El materialismo dialéctico: la mayor mentira jamás contada


Existen algunas estupideces en las que nadie cree. Otras tienen una serie de seguidores considerable. Algunas se convierten en mitos establecidos y pasan a formar parte del imaginario colectivo. Pero solo existe una manera de conseguir que una estupidez se convierta, por arte de birlibirloque, en un principio de obligado cumplimiento para todo el mundo. Y esa forma de estulticia no es otra que el materialismo dialéctico.

Concretamente, la estupidez que alienta el marxismo consiste en afirmar que todas las personas tienen que ir uniformadas y parecer más o menos iguales, según el grado de bobería que estemos dispuestos a asumir. El objetivo último aspira a convertir la sociedad en una suerte de escenario igualitario, una parusía redentora que habrá de llegar cuando todos los individuos colmen sus necesidades y se vuelvan eternos ganadores. Pero, siendo que la naturaleza es por definición diversa, y puesto que la evolución y el progreso natural se basan sobre todo en esa variabilidad intrínseca, los comunistas terminan procurando un estancamiento y una hambruna generalizados, precisamente lo contrario de lo que en principio afirman propiciar.

Todo en el materialismo dialéctico está pensado para hacer que una característica muy particular, propia de determinados individuos: su condición de obreros, se convierta en una suerte de cualidad general, y sea aceptada por la mayoría conversa, si es que no quiere acabar en el fondo de una fosa común.

Los ignorantes no entienden de principios. Nunca se guían por razones científicas. Les es ajena la sabiduría. En cambio, fundan sus ideas en aquellas reclamaciones hueras o aquellas características particulares que mas a mano tienen: sus gustos sexuales, sus modos de trabajo, su lengua natal, su amor a los animales, su modo de transporte, etc… La revolución del proletariado fue la primera de todas estas reivindicaciones. Pero le siguen muchas otras, todas las que pueden concebirse atendiendo exclusivamente a las distintas mediocridades con las que el hombre inculto colmata el vacío de su vida y rehuye la depresión que suscita su pobreza intelectual.

La dialéctica marxista está pensada para enfrentar a unos grupos con otros, con la esperanza de que todos los hombres sean parecidos. Es entonces cuando las proclamas se vuelven edictos, las sugerencias se convierten en imposiciones, y los gustos se transmutan en prohibiciones. El resultado no puede ser otro. Al elevar a la categoría de principio una banalidad humana cualquiera, todos quieren imponer su particular visión del mundo. Todos quieren la igualdad, pero al mismo tiempo todos quieren que los demás sean igual que ellos. El desenlace está claro. La sociedad se fragmenta en mil organizaciones distintas, cada una lucha por acaparar todo el poder, y todas caminan en línea recta hacia un arrumbamiento inevitable. La gente asume esa ignorancia imberbe como si fuera una ley de la naturaleza, y al hacerlo no solo obvian las verdaderas razones del mundo, también sustentan sus principios en un basamento ridículo, parangonando toda suerte de creencias infundadas, y aplicando sus trivialidades a todo el mundo. El totalitarismo sólo tiene una cara, por mucho que ahora algunos se la quieran lavar. Cuando pretendes convertir una banalidad personal (por ejemplo, tu gusto por los animales o las bicicletas, tus apetencias sexuales, o tu condición de trabajador) en una suerte de precepto absoluto impuesto por el Estado, el resultado no puede ser muy distinto. El marxismo cultural es la única deriva posible.

Podemos reunir todas las reivindicaciones que hacen estos nuevos grupos comunistas y agruparlas bajo una única estrategia de control social. Todos ellos apelan a los sentimientos de los demás, y todos quieren despertar la sensibilidad del poder, desconociendo por completo que ese tipo de demagogias constituye la semilla del único totalitarismo posible: aquel que aspira a convertir una cualidad particular en un principio de carácter universal.

Lo contrario consiste en defender que la afirmación del único principio verdadero pasa por reconocer la propiedad más ecuménica que existe: la individualidad de cada persona, sin pretender en ningún momento que esas particularidades propias de cada uno se conviertan en ariete y disculpa para ejercer la fuerza sobre el resto de ciudadanos. Todos somos poseedores de un sentimiento de pertenencia más o menos desarrollado. El problema aparece cuando queremos imponer de manera general ese sentimiento de identidad.

Las envidias y los rencores siempre han alimentado un afán de dominación muy extendido. La muchedumbre ha velado las armas a los peores tiranos; en realidad todos somos pequeños sátrapas en potencia, protegidos por nuestro anonimato y nuestra insignificancia, pero armados con una patética visión del mundo que deseamos imponer por la fuerza. Y así van naciendo los distintos grupos de presión, y así surge el marxismo cultural, dorado con la píldora de un sinfín de becerros y sacrificios, y alimentado con el vacío intelectual que caracteriza la vida de la mayoría de la gente.

Y el populismo es el otro lado de la moneda. Los líderes de las distintas facciones saben que hay muchas personas dispuestas a defender sus ideas con uñas y dientes, muriendo y matando. Por lo tanto, les ofrecen el oro y el moro, alimentan su rencor, propician las divisiones internas, y utilizan la demagogia en su propio beneficio. Y a poco van consiguiendo que el marxismo cultural agite todavía más la bandera de sus reivindicaciones.

Muchos viven en el mundo de planilandia, por lo que sólo conciben dos dimensiones (o facciones) espaciales, la derecha y la izquierda. Otros redactan tesis enteras hablando sobre el tamaño del clítoris masculino o la forma femenina del pene. Los hay que quieren fundirse con la naturaleza, pero solo consiguen que se funda su cerebro. Algunos aman tanto a los animales que acaban convirtiéndose en uno de tales. En el pasado los marxistas querían que todos fuéramos obreros modélicos. Pero, como se asumió que eso era imposible, los mismos que antes deseaban ver muertos a todos lo burgueses, ahora se afanan por conseguir que todos tengamos el mismo sexo, la misma raza, la misma especie, o incluso el mismo pelo. El comunismo se ha convertido en una hidra con muchas cabezas, pero sigue faltando el cerebro. No se dice nada falso si se añade que la mayoría de movimientos actuales son vástagos que nacen del mismo tronco; un tronco seco que intenta renovarse utilizando la misma savia de siempre, una ideología refrita, el enemigo sempiterno, el padre del comunismo, la más peligrosa de todas las pseudociencias.

Hay movimientos que luchan por un principio correcto y que buscan hacerlo extensible al mayor número posible de ciudadanos (por ejemplo, el liberalismo aspira a defender la individualidad y la acción libre de todas las personas). Otros en cambio elevan a la categoría de principio universal una causa particular suya, un falso principio, que carece de la suficiente importancia (por ejemplo, los defensores de los animales). Y los más peligrosos quieren imponernos esa banalidad absurda a través de la política (por ejemplo, los marxistas culturales).

De todas las clases de movimientos sociales que existen, el único realmente peligroso es aquel que hace suya la defensa de una cualidad particular, al tiempo que pretende imponerla de forma absoluta, convirtiendo la sociedad en una suerte de campo de concentración y exterminio donde solo sea posible existir si eres un acólito del tirano o un obrero harapiento. El mayor ejemplo de este tipo de movimientos lo tenemos en el marxismo. La ideología de Marx se basaba en una cualidad personal realmente particular: su posición de asalariado, que quería extender a todos los seres humanos. El peligro viene precisamente con esa doble intención.

El análisis o descomposición terminológica de la locución con la que se quiere vestir de seriedad académica al marxismo, esto es, el materialismo dialéctico, nos permite descubrir algunas verdades escondidas sobre esta antigua ideología. El materialismo dialéctico se arroga el descubrimiento de América varios siglos después de que lo haya hecho la ciencia, la cual ya había asumido mucho antes que el mundo está hecho de materia que cambia y se transforma continuamente. Para ese viaje no hacían falta alforjas. No obstante, los marxistas creen haber hecho un descubrimiento revolucionario. Si a esto añadimos que su teoría sobre la materia y el cambio es completamente falaz, ya tenemos los dos ingredientes necesarios para cocinar una tiranía cristalina: arrogancia e ignorancia.

Marx creyó remover los cimientos de la ciencia cuando sentenció que todas las cosas se mueven hacia alguna parte y que los contrarios siempre se oponen. Pero la dialéctica de Marx no se limita a decir que las cosas se mueven de un lado para otro. Ante todo, es una teoría que se aplica a la sociedad y a la historia. Afirma que la sociedad camina irremisiblemente en una única dirección, hacia un enfrentamiento de clases cuyo resultado solo puede ser la victoria de una tribu en concreto. Y como Marx atribuía a los obreros una dignidad superior a todas las demás clases, son éstos los elegidos por Dios para ocupar el reino de los cielos.

Si por algo se caracterizan los marxistas, es por creer que tienen la verdad absoluta de su lado. De ahí que hayan sido muchos los intentos de asentar sus ideas en una axiomática auténtica. Esto les ha llevado incluso a negar el principio más fundamental de todos: el axioma aristotélico de la identidad o individuación, con lo cual también han venido a cargarse la libertad individual que ostenta el ser humano como miembro destacado de la realidad (no en vano, la existencia de una única clase o casta de individuos es la manifestación más palmaria de esa negación).

Como todo cambia, los marxistas interpretan que no existe ninguna cualidad de la materia que permanezca inmutable (habría que preguntarles por qué creen entonces en una ley absoluta y un destino irrevocable). Esto les lleva a negar también el principio de identidad.

Politzer, uno de los acólitos del régimen soviético más “eruditos”, habla del método dialéctico y expone su propia axiomática en uno de sus libros: “Si hablamos pues del método metafísico nos referimos a un método que ignora o desconoce la realidad del movimiento y el cambio… La metafísica ignora el movimiento en favor del reposo, el cambio en favor de lo idéntico. Nada hay nuevo bajo el sol, afirma. Así, es razonar en plan metafísico creer que el capitalismo es eterno, que los males y los vicios (corrupción, egoísmo,crueldad,etc…) engendrados por los hombres existirán siempre”

Me pregunto si el comunista Politzer no se paró alguna vez a pensar que su modelo de sociedad propone un sistema eterno que es exactamente igual a ese que él trataba de recriminar en los demás.

Para Politzer, la defensa del principio de identidad, que él atribuye a la burguesía, lleva a considerar al universo como una entidad siempre fija, inmutable. Y toma esta reflexión del propio Engels. Politzer cree que, si alguien defiende que una cosa es idéntica a sí misma, eso significa que también está afirmando que esa cosa no podrá cambiar jamás. Igualmente, piensa que, si una cosa no puede ser su contraria, tampoco existen contrarios. Parece imposible que alguien sea capaz de trastocar el significado de la identidad más de lo que lo ha hecho el propio Politzer. Es necesario que pongamos algo de sensatez en todo esto. Por tal concepto no podemos entender que los cambios o los contrarios no existen, sino que no existe ambigüedad con respecto a la identidad de una cosa. Es indudable que los existentes tienen unas particularidades propias que siempre permanecen fijas, todo el tiempo que se mantienen existiendo. Pero eso no significa que esa identidad sea eterna (lo que es eterno es la necesidad de que todas las cosas que existen tengan una propiedad identitaria), y tampoco significa que esa identidad no se transforme en otra, o que no provoque cambios significativos en su entorno más próximo. Precisamente, la defensa del principio de identidad nos lleva a proponer un mundo lleno de identidades distintas, donde cada cual actúa a su manera para cambiar las cosas. El cambio real sólo es posible si existe variedad, y la variedad solo proviene de aceptar un mundo repleto de identidades y formas distintas de organizarse. Por el contrario, el mundo que proponen los marxistas es el que en verdad acaba matando los cambios y la evolución de las cosas, pues lo que quieren es anular las identidades y convertir la sociedad en una parusía igualitaria. La ciencia sabe desde hace mucho que la diferencia de gradientes, la variabilidad genética y la asimetría de fuerzas es lo único que al final produce todos los movimientos y cambios de la naturaleza. Resulta paradójico que el marxismo se erija en defensor de la ciencia, de los cambios y del progreso, y sin embargo proponga la mayor homogeneidad social que cabe concebir.

Los marxistas pretendían que todos acabáramos siendo obreros de sus fábricas, a tiempo completo. Y en parte lo consiguieron. No obstante, la realidad actual es exactamente la contraria. Al final todos acabamos siendo capitalistas. El capitalismo es el gran triunfador. Las nuevas tecnologías permiten una mayor libertad e independencia; cada vez podemos actuar más como productores directos. Las aplicaciones tecnológicas facilitan y permiten que la gente se comunique, eliminan los intermediarios, y finalmente harán también que todos acabemos siendo capitalistas y productores. El futuro no tiene nada que ver con esa visión pacata que predicaba la secta comunista.

Nadie puede dudar que existen muchas dicotomías esenciales en la naturaleza. Pero, mientras el marxista quiere resolver esa dualidad a través de una lucha fratricida en la que al final solo quede una de las partes en liza, el capitalista se apoya en la misma dualidad para crear una armonía y una cooperación mayores, favoreciendo las relaciones voluntarias (contractuales) entre consumidores y productores, o entre burgueses y obreros, comprendiendo el importante papel que todos juegan, y entendiendo también sus necesidades y su necesidad. La verdadera dialéctica consiste en asegurar esa relación u oposición  natural a través del respeto a todas las partes.

Aparte de la dialéctica, el otro vocablo que utilizan los marxistas para enfatizar sus posturas es el del materialismo. Con este segundo nombre, los comunistas siguen pagados de sí mismos, pensando que no hay científicos más reputados que ellos.  Creen que el individualismo es sinónimo de subjetivismo, y que el colectivismo es el equivalente lógico de la objetividad. Así, de nuevo es Politzer el que nos dice que el individualista: “vive replegado en sí mismo, el mundo exterior no existe más que para él mismo… se cierra ante el mundo exterior, ante la realidad”. Pero no puede estar más equivocado. El individualismo hace referencia al hecho más objetivo de todos, el cual queda de manifiesto al afirmar que las cosas existen sólo como individuos particulares, y que la identidad es condición sine qua non para que la naturaleza adquiera algún tipo de presencia. Además, la única manera de mostrarse al mundo y abrirse a la realidad es actuando como un individuo. Nada está más alejado del solipsismo que achaca Politzer al capitalista que las acciones que parten del propio individuo (del empresario) y que buscan conservar esa posición y esa independencia a través del conocimiento objetivo de la realidad que acontece en el mercado, el libre intercambio entre las personas, y la consolidación de todas aquellas relaciones fructíferas que satisfacen necesidades reales. El colectivismo en cambio es un holismo superficial, inconsciente de los elementos más básicos de las cosas: sus constituyentes individuales, y contrario al método reduccionista que utiliza por término general la ciencia, en todas sus investigaciones, para conocer las causas de los fenómenos. De nuevo, resulta paradójico que el marxismo se atribuya unas facultades que por otro lado se empeña en pisotear cada vez que tiene oportunidad.

Alrededor del materialismo y la dialéctica de Hegel se fraguan a su vez todo un elenco de tonterías económicas, como ese rechazo a la plusvalía del burgués, o la teoría del valor trabajo que busca exaltar la figura de los obreros convirtiéndolos en decisores únicos de toda la producción. Con razón dice la sabiduría popular que cuando uno empieza a mentir ya no puede dejar de hacerlo, y que una mentira necesita mil más para poder mantenerse en el tiempo. Las mentiras tienen las patas muy cortas pero las explicaciones muy largas.

Negar la plusvalía es negar la producción. Es negar el beneficio obtenido por hacer algo que tiene un valor concreto para los demás. El empresario actúa según sus propias características, levanta de la nada una empresa fructífera, reúne los capitales necesarios, y acumula todo el ahorro del que es capaz. Nadie puede suplantarle en eso. Sus acciones son necesarias para dar trabajo a miles de personas y generar bienes abundantes. Pero el marxista le quita la posibilidad de beneficio (plusvalía), persigue todo aquello que pone en marcha el proceso de producción y que despierta la iniciativa del empresario, genera un trasvase de beneficios hacia la política, desligando completamente la producción real de los rendimientos obtenidos, favorece el gasto público y demoniza el ahorro privado, cortando de raíz cualquier nueva inversión capitalista, y seca finalmente todas las fuentes del bienestar y el progreso humano, dejando que se ahoguen en el fango todas aquellas expectativas y ganas de invertir que seguro habrían traído consigo las nuevas generaciones.

Por su parte, la teoría del valor trabajo hace algo parecido con respecto al consumo. Para los marxistas las cosas solo tienen el valor que deciden darle los productores. Curiosamente, ahora el comunista se pone del lado del arrendador, pero no lo hace para manifestar su aprecio por la producción y la iniciativa privada, sino para obligar a todos los consumidores a comprar aquellos bienes que decide fabricar el productor añadiendo más horas de trabajo. De este modo, el marxista insiste una vez más en implantar un sistema homogéneo, abusivo, y tiránico. Una mentira lleva a la otra, y al final la bola de nieve arrasa toda la colina y se precipita sobre las aldeas y las gentes del valle. A fuer de engañar a las masas una y otra vez, el socialismo consigue aniquilar para siempre cualquier rastro de civilización.

Si existe alguna teoría que apoye el fijismo y el inmovilismo, esa es la teoría de Engels y Marx. No hay nada más disparatado bajo el cielo que esa creencia espuria que pasa por tomar a un marxista por un científico, toda vez que el primero abraza una superchería de libro, que pone el acento en la inexistencia o anulación de los individuos, negando también las identidades de las distintas clases, la especialización del trabajo o la diversidad de la vida, mientras que el segundo está obligado a observar todas esas cualidades particulares si es que también desea identificar las causas originales que están detrás de los fenómenos naturales. La ciencia es depositaria de un conocimiento diverso, reflejo de un mundo que se muestra igualmente heterogéneo. Por el contrario, toda la enjundia del comunista consiste en decir que la perfección social se logra solo si todos los seres humanos acaban adoptando la misma condición, esto es, si todos ellos pasan a trabajar de obreros al servicio del mismo partido. Digámoslo de una vez por todas: el marxismo va en contra de la mayor verdad que existe, y por tanto también es la mayor mentira jamás contada. Y el socialismo moderno le va a la zaga. Tras asumir de mala gana que el mundo no puede estar habitado exclusivamente por obreros, los nuevos marxistas (el marxismo cultural) se han dividido en mil facciones y han trocado esas antiguas reivindicaciones por otras iguales, cuando no mucho peores: ahora quieren que solo haya gays, ciclistas o feministas. Y tras entender que es imposible segar la cabeza de todos los empresarios, ahora se dedican a escupirles en la cara, e intentan exprimirles todo lo que pueden, con la anuencia de las élites extractivas del Estado de turno, utilizando indiscriminadamente eso que llaman impuesto, y sacrificando algún que otro chivo expiatorio cada vez que fracasan.

 

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