El evolucionismo austriaco y el fundamento intelectual de la escuela austriaca de economía: una refutación epistémica (contra la teoría de César Martínez Meseguer)


Resulta bastante desalentador comprobar cómo aumenta, año tras año, el número de economistas austriacos que se prestan al mismo equívoco que hace tropezar también a la mayoría de científicos e investigadores ajenos a la propia escuela. Es ciertamente triste advertir cómo se prostituyen una y otra vez aquellos principios metodológicos que dieron origen a la escuela austriaca de economía y que supusieron un avance considerable con respecto al resto de corrientes. Pero más triste todavía es constatar que ese prostíbulo de ideas está regentado por los propios economistas austriacos. Este fenómeno aparece sobre todo entre aquellos integrantes de la escuela que se adscriben a lo que ellos gustan en denominar epistemología evolutiva o evolucionismo austriaco, que no es otra cosa que el enésimo ejemplo de cientificismo (o abuso científico).

En 2015 presenté una comunicación para el congreso de economía austriaca (https://elreplicadorliberal.com/2014/08/18/los-idearios-de-la-escuela-austriaca-una-critica-desde-el-minarquismo-a-las-teorias-anarcocapitalistas-y-evolucionistas/) donde hablaba de las tres corrientes que caracterizan a esta escuela de pensamiento: los anarcocapitalistas, los evolucionistas y los minarquistas. Los primeros defienden unos principios absolutos (Cosmos) que no creen conveniente implementar a través de unas instituciones estatales mínimas (Taxis). Los segundos sí creen en esa implementación estatal exigua, pero afirman que no existe ningún principio que sea completamente absoluto, pues el conocimiento es en todo caso provisional. Y los terceros están convencidos de que existen algunos principios absolutos de necesario cumplimiento, y además opinan que su aplicación estatal sirve para mejorar el marco regulatorio de una sociedad moderna. En aquella ocasión me posicioné a favor de esta última alternativa. Y aún sigo convencido de que es la mejor opción; la más inclusiva y garantista de todas. En diversas ocasiones he criticado las fallas argumentales que llevan al anarquismo de mercado a ser un sistema hasta cierto punto inferior al minarquismo. En este artículo sin embargo voy a hablar de algunas debilidades que acusa también el planteamiento evolucionista.

La teoría de la evolución de Darwin ha supuesto en mi vida una fuente constante de placer intelectual. Llevo años estudiando todas sus implicaciones, y ahora puedo decir que no existe otra construcción teórica que haya despertado en mí una emoción mayor. Recuerdo su descubrimiento casi como un acontecimiento místico, una especie de aparición imprevista, una manifestación que me redimió de mi vida anterior y me hizo abrazar la ciencia objetiva como nunca antes habría podido imaginar, siendo hasta hoy que no he querido desprenderme de esa necesidad incansable que me ha llevado desde entonces a buscar nuevos conocimientos y nuevas formas de aprender.

No obstante, esto no me impidió admirar también, años después, la metodología en la que se basa la filosofía general, supuestamente opuesta a aquella otra que utiliza la ciencia tradicional. Cuando llegó el tiempo de leer a los grandes clásicos, lo hice de nuevo con una voracidad incansable. La filosofía y la axiomática deductiva vinieron a completar todo el paisaje del conocimiento, y en aquellos tiempos tenía la sensación de haber alcanzado la plenitud intelectual, una imagen completa del mundo.

Todo esto me preparó para el día que habría de conocer el pensamiento que abrigaba la escuela austriaca de economía. Dicha escuela combina a la perfección la epistemología científica y la gnoseología filosófica, al tiempo que las aplica al estudio de la sociedad y los sistemas complejos de orden superior; ninguna otra escuela ha conseguido jamás ese grado de unificación. Por eso, cuando por fin conocí esta corriente de pensamiento, se despertaron en mi todas las emociones que mi mente era capaz de experimentar. Daba la impresión de que me había estado preparando durante años para recibir en la cara ese lengüetazo fresco de nueva sabiduría. La satisfacción no podía ser mayor.

De repente me vi absorbido por una escuela que era capaz de apreciar con suficiente detalle todas las cualidades importantes que ennoblecen el método científico: su prudencia, su precaución, su provisionalidad, su escepticismo, pero que al mismo tiempo se servía también de la filosofía y la metodología deductiva para armar una estructura de pensamiento centrada en aquellos pocos principios seguros que, en opinión de Aristóteles, componen el armazón teórico de la metafísica o ciencia primera: el apriorismo de la individualidad (o identidad) y la acción de supervivencia.

Por un lado tenemos todo el conocimiento científico de la realidad que se aplica a la descripción de sistemas complejos en constante evolución y cambio, que constituyen órdenes extensos espontáneos (de los cuales el más elaborado de todos es la sociedad que ha creado el hombre) y que solo pueden aparecer o elucidarse por medio del mecanismo de la prueba y el error. Debemos la explicación de tales sistemas a la insigne figura y premio Nobel de economía Friedrich Hayek. Pero por otro lado también disponemos de un conocimiento intemporal que, partiendo de unos principios muy básicos, innegables, es capaz de ofrecer de nuevo una información alternativa muy interesante (tan importante como los principios de los que se deduce). En este segundo caso, atribuimos el uso de dicho método (deductivo y axiomático) a la teoría de la acción humana de Mises.

Hayek y Mises vienen a representar los dos caminos por los que puede transitar el investigador austriaco a la hora de conocer la realidad externa del mundo en el que vive. El primero analiza los detalles concretos de los sistemas complejos, como hace la ciencia, y llega a ciertas conclusiones provisionales que dan pie a ampliar el marco de aplicación de la teoría económica. Y el segundo usa algunos determinantes básicos de la realidad para deducir, a través siempre de inferencias lógicas, algunas implicaciones seguras. No existe una visión del conocimiento más completa que esta, máxime cuando el objetivo último de ambos autores y ambos sistemas es analizar los mecanismos más complejos de todo el universo, y aquellos que más importan a los propios investigadores: las sociedades humanas en las que éstos viven.

Pero hete aquí que llegan los evolucionistas austriacos y, sin ningún miramiento, empiezan a derribar una de las dos salas que componen el cuerpo arquitectónico de esta magnífica construcción intelectual. Algunos autores como César Martínez Meseguer, arrastrados como muchos otros por ese hado que suele tener la ciencia, acaban creyendo que solo existe una forma de alumbrar las ideas, aquella que recurre a los experimentos y los modelos fácticos para demostrar todos los hechos apreciables por el hombre, despreciando completamente el camino seguro y el carácter absoluto de aquellos otros principios apodícticos que se asumen con la teoría pura y la metodología deductiva basada en axiomas irrefutables. Aquello que más caracteriza a la escuela austriaca, su visión global del conocimiento y su aceptación del dualismo metodológico, viene a ser negado por una parte significativa de sus alumnos más incondicionales. Si me hubieran dicho hace un tiempo que esto iba a ocurrir, no me lo habría creído de ninguna manera. Para mí, resulta tan evidente que la escuela austriaca se basa en una visión gnoseológica doble, que me parece imposible que alguien pueda negar esto, y al mismo tiempo quiera seguir llamándose austriaco.

César Martínez Meseguer considera que la tradición de la escuela austriaca se sustenta exclusivamente en el subjetivismo, el empirismo y la metodología científica, olvidándose por completo del método seguido por Mises en la acción humana (aunque él diga que no lo hace) y obviando también las enseñanzas que nos legó el padre fundador de dicha escuela, Carl Menger.

La prostitución del pensamiento de Menger resulta especialmente significativa. En su libro El método de las ciencias sociales Menger establece los principios del subjetivismo y el individualismo, pero también los pilares del dualismo metodológico. Lamentablemente, los evolucionistas austriacos que hoy dicen ser sus herederos, obvian deliberadamente este segundo aporte. El dualismo metodológico es crucial para entender el nacimiento de la escuela austriaca y el desarrollo intelectual del propio Menger. De hecho, la única causa que motivó la aparición de su libro, y que dio lugar a un nuevo registro intelectual y a toda una rama económica, estuvo propiciada por la guerra ideológica que mantuvo Menger con los empiristas y los historicistas de la época, que insistían en afirmar que solo había un método para conocer la historia. Podemos considerar que estos historiadores pertenecen al grupo de empiristas estrictos (monistas metodológicos), pues es obvio que pensaban que el estudio de la sociedad solo puede estar respaldado por una investigación exhaustiva que analice con detalle todo el cúmulo de datos y fuentes históricas recabadas y contrastadas de manera experimental. No había por tanto espacio para la especulación y el pensamiento abstracto que deriva de axiomas irrefutables. Sin embargo, Menger les vino a decir que existía la posibilidad de partir de un análisis puramente teórico, asumiendo algunas verdades indemostrables, pero seguras de todas maneras. Y así es como surgió una nueva corriente, una tradición de pensamiento que llega hasta nuestros días y que cada vez tiene un mayor número de adeptos y una mejor salud, a pesar de todas las fuerzas internas (Meseguer) o externas (historicistas) que continuamente están intentando desvirtuar esos principios.

Es difícil entender por qué aquellos que aprecian el método científico, y asumen un escepticismo razonable tan necesario para conocer la enorme diversidad de fenómenos que existen en la naturaleza, no pueden al mismo tiempo aceptar también algunos condicionantes básicos igualmente necesarios para que exista toda la realidad, admitiendo por tanto que hay algunas leyes fundamentales y algunas propiedades elementales, sin las cuales nada podría existir, que pueden tomarse como seguras y analizarse de manera teórica sin recurrir a la comprobación empírica. Resulta muy triste constatar ese tipo de sesgos intelectuales, sobre todo en aquellos integrantes que pertenecen a una escuela que nació gracias a la superación de este maniqueísmo metodológico, que divide desde siempre a científicos y filósofos.

Desde el evolucionismo austriaco se viene tachando a los rotbardianos de ser excesivamente radicales y totalitarios, por decir que existen algunas verdades seguras (axiomas) que no cambian con el paso del tiempo. En mi opinión, los únicos grupos radicales que manchan el nombre de la escuela austriaca son todas aquellas posiciones maniqueas que, como la del evolucionismo austriaco, no son capaces de admirar el amplio campo de entendimiento y la riqueza intelectual que detentan las ideas de dicha escuela. Ceñidos por una estrechez de miras injustificable, acaban constituyendo pequeñas tribus locales (grupitos radicales), unos en torno a Hayek, otros alrededor de Mises, y algunos apegados exclusivamente a la figura de Ayn Rand. Yo creo que una visión más rica de la escuela austriaca debe beber de diversos autores, fuera y dentro de dicha escuela. Esa es la gran visión de la economía y el conocimiento en general. A mí me mueve un gran respeto por las figuras más encomiables del pensamiento universal. En todos aprecio algunas cosas interesantes. Soy capaz de entender las aportaciones de Rothbard aunque no me identifique con el anarcocapitalismo, o los conceptos de Rand aunque no congenie con todas sus ideas epistemológicas.

Cuando Rothbard habla de axiomas básicos se refiere a un plano de la realidad más abstracto, relativo a la propia noción de individuo, perfectamente compatible con los órdenes espontáneos de Hayek, que nos hablan de otro nivel de organización, el que conforman millones de unidades individuales en perpetua relación. Hasta que no se entienda eso, no se podrá contemplar la realidad económica en toda su extensión, y las teorías austriacas permanecerán huérfanas y cojas.

Algunos creen que la tradición canónica del pensamiento liberal toma sus teorías de un raquítico grupo de autores incondicionales perfectamente identificados. Así por ejemplo se dice que Ayn Rand solo debe arrodillarse delante del pensamiento de Aristóteles o Tomás de Aquino, o que la escuela austriaca tiene que guardar silencio al paso de Friedrich Hayek y de nadie más. Sin embargo, yo pienso que la herencia de la escuela austriaca es muchísimo más rica que todo eso. No en vano, creo que hunde sus raíces en la propia esencia de la filosofía, por lo que no es extraño que participe del pensamiento de diversos autores (también de Kant). De hecho, el dualismo metodológico en el que se basa esta corriente económica nace al aceptar una doble vía de acceso al conocimiento, que añade al empirismo científico (fáctico) el reduccionismo filosófico (axiomático), y que termina integrándolo en su sistema de pensamiento del mismo modo que Kant acepta la dicotomía apriorismo-aposteriorismo al inicio de su trabajo más famoso (ahí se acaban todas las coincidencias con Kant). Por eso es muy importante poner de manifiesto la grandiosidad del edificio que ha levantado la filosofía a lo largo de los siglos, y recorrer una a una todas sus salas y estancias, sin dejar por el camino a ningún autor (aunque algunos resulten más importantes que otros), y culminando con las obras que nos han legado los principales epígonos de la Escuela Austriaca.

Si por algo se caracteriza la filosofía es por intentar resolver dos problemas relacionados: el problema de los universales y el problema de los particulares. Para ello, todos los pensadores han abordado, de una u otra manera, el concepto de individualidad o identidad, la cosa en sí, el Ser en tanto que Ser (para Heidegger el Ser es la idea que centra toda la problemática de la filosofía). Y en algunos casos han venido a resolver que esta cualidad particular (la individualidad) es a su vez la condición más universal que existe. Y lo mismo ha hecho la escuela austriaca en el ámbito de la economía, al recordarnos que la libertad individual es de largo el principio más sagrado que tenemos, y el único cuya aplicación conlleva un resultado positivo para toda la humanidad. ¿Quién me puede negar ahora que la escuela austriaca no bebe de una multitud de filosofías? Sus problemas son los mismos. Y en muchos casos, sus soluciones también. No es extraño por tanto que encontremos paralelismos por todas partes, al analizar el trabajo de una mayoría considerable de filósofos.

Además, nadie podrá negar que la ciencia también se ha basado en una episteme parecida (equivalente). Es tan rematadamente ridículo acusar a Rothbard de radical y totalitario por plantear una serie de axiomas básicos del conocimiento en el ámbito de la economía, como acusar a Euclides por construir su geometría en base también a una serie de axiomas y principios matemáticos.

Yo soy un gran admirador de la obra de Hayek y de la evolución natural como construcción intelectual, pero eso no me nubla la vista ni me impide ver también unos principios generales de necesario cumplimiento (que no evolucionan), como los que defendía Rothbard o Mises. Como he dicho, constituyen dos planos de la realidad completamente diferentes.

Abrigar esa complementariedad no supone una “mezcolanza infumable”, como ha llegado a calificarla César Meseguer. La integración consiste en casar las piezas de un puzle que presenta distintos niveles de organización, entre los que se encuentran el más abstracto de los axiomas (la acción humana), y el más concreto de los órdenes complejos (los detalles de las acciones que realizan millones de seres a título individual).

Cuando Rothbard afirma que los fines a establecer en una sociedad están nimbados con unos principios absolutos objetivamente buenos, no dice esto porque quiera imponer una determinada moral a todo el pueblo (lo que sí sería un motivo para declararle totalitario), sino porque quiere enfatizar aquella ética particular que se basa en la libertad del individuo y que se debe a cierto requisito fundamental o premisa irrenunciable, la cual nunca puede cambiar por mucho que evolucionen las cosas. En eso el evolucionismo no tiene nada que decir. Cuando Rothbard habla de leyes positivas y de derechos universales, lo hace únicamente en este sentido, y cualquier lectura distinta constituye una completa tergiversación de sus palabras.

César me califica de objetivista y racionalista extremo, e intuyo que ello se debe a que es incapaz de entender cómo se estructura el pensamiento de la escuela austriaca, que no está hecho de compartimentos estanco. Yo leo a Ayn Rand, a Murray Rothbard y a decenas de filósofos ajenos a la escuela austriaca, e intento construir una visión general del conocimiento. Yo creía en la objetividad científica mucho antes de conocer a la señora Rand. Y creía en la evolución natural mucho antes de conocer a Hayek. Lo que me parece magnífico de sus obras es el modo en el que han logrado integrar éstas visiones científicas en el estudio de la economía y la sociología.

César Meseguer intenta encasillarme, me pone la etiqueta de “objetivista rothbardiano”, pero es él el que acaba encasillándose a sí mismo cuando decide admirar exclusivamente la figura de Hayek y el orden espontáneo. Mi postura (dualista) es más inclusiva que la suya. Yo no tomo a un autor y lo elevo a la enésima potencia. A mí me parece que existen distintos niveles de organización. Esas visiones de la Escuela Austriaca, que a Meseguer le parecen contrarias, para mí son totalmente complementarias. No obstante, esto no quiere decir que mi enfoque consista en mezclar lo primero que se me pasa por la cabeza, como dice Meseguer. Simplemente, analizo la realidad tomando en cuenta varios estratos: la complejidad de los órdenes espontáneos y la simplicidad de los principios de organización que constituyen las condiciones de posibilidad de esos órdenes más complejos. Y asumiendo a continuación una metodología doble: la complejidad y la simplicidad deben tener un tratamiento metodológico distinto. La complejidad (o contingencia) solo se puede analizar científicamente, por el método de prueba y error y a través del ensayo. En cambio, la simplicidad máxima puede ser abordada de un modo bastante distinto, partiendo de unos hechos seguros, que son así precisamente porque constituyen cualidades muy sencillas y generales. Siempre me gusta recordar aquí los tres niveles que forman el armazón de la teoría de la EA: la praxeología (acción humana), la cataláctica (intercambio económico) y los órdenes extensos espontáneos. Eso no es crear un refrito de teorías, sino entender la realidad en toda su extensión, ordenar cada uno de sus niveles, y consignar los métodos que mejor se adaptan al estudio de los mismos.

Meseguer nunca ha entendido a qué se refiere Rothbard cuando habla de principios objetivos y leyes positivas. Lo confunde con el positivismo constructivista, como si fuera lo mismo. No es igual defender la libertad individual como principio absoluto de aplicación general, que defender el constructivismo y el absolutismo de aquellos estados socialistas que buscan precisamente todo lo contrario, anular la libertad individual para imponer a los demás todo tipo de normas particulares (verdadero positivismo).

La Escuela Austriaca nace con Menger. Para interpretar mejor ese nacimiento hay que remitirse a su libro de metodología (que es de lo que estamos hablando aquí): El método de las ciencias sociales. Ahí nace el concepto moderno de dualismo metodológico, que es lo que define en última instancia a la EA. El dualismo metodológico dice que hay dos caminos para llegar a la verdad, el método empírico de los historicistas, que en la época de Menger eran mayoría, y el método racionalista basado en axiomas y teorías formales. Cuando Menger toma esta segunda vía, se da cuenta de que el principio absoluto (deductivo) del cual debe partir siempre es de carácter individual y subjetivo. Y ahí nace el subjetivismo que caracteriza a la EA. Un subjetivismo trascendental, es decir, un subjetivismo que toma como principio un presupuesto completamente objetivo: la individualidad o subjetividad humana. Esto permite complementar al máximo los conceptos de subjetividad y objetividad. Luego, lo único que hace Mises es coger ese subjetivismo y darle categoría de axioma. Posteriormente, Hayek utiliza de nuevo el subjetivismo para enfatizar el orden espontáneo que emerge como consecuencia de todas las acciones individuales que acontecen en una sociedad. Y Rothbard se encuadra dentro de la misma tradición al coger el principio axiomático de la libertad individual y la acción humana e insistir en su carácter de verdad absoluta y su condición incuestionable. Todos ellos pertenecen al mismo acervo intelectual. Esa es la esencia y la trascendencia de la EA, el dualismo y el individualismo metodológico expresados en toda su extensión, y aplicados a todos los órdenes de la sociedad, desde la mera acción de un individuo libre, irrefutable, convertida en principio absoluto (Rothbard), a los extensos órdenes espontáneos de Hayek, pasando por las premisas e implicaciones lógicas de Mises. Así ha quedado grabada para siempre en la historia humana la línea argumental del pensamiento de la Escuela Austriaca.

Suele existir un equívoco común que relaciona apriorismo con falta de experiencia y que busca ridiculizar ese método por medio del absurdo. Pero esto no tiene el más mínimo sentido. Ningún conocimiento carece de experiencia. De lo que prescinde el apriorismo es de la experimentación, no de la experiencia. Toda afirmación requiere un conocimiento previo del mundo que solo puede venir de la experiencia. De lo contrario, cualquier niño pequeño podría pensar de forma racional. No obstante, una vez adquirimos experiencia, podemos usar ese conocimiento para realizar experimentos controlados, o podemos usarlo para especular con principios básicos que no pueden rechazarse sin negar al mismo tiempo toda la realidad natural, y que por tanto no necesitan ningún tipo de pruebas empíricas.

Así, podemos decir sin ambages que la praxeología y el apriorismo están íntimamente relacionados con la evolución y los órdenes espontáneos. La evolución darwiniana se basa en el principio de supervivencia de todos los seres vivos, y éste a su vez se sustenta en las acciones que estos seres ejecutan en su entorno concreto y que tienen como propósito mantener la estructura del individuo en cuestión. Uno de los postulados de la praxeología dice que las personas buscan con sus acciones pasar de un estado menos satisfactorio a otro más satisfactorio. En términos evolutivos, esto significa que todos los seres pretenden un beneficio que les mantenga como estructuras existentes. La satisfacción no es otra cosa que el incentivo que estimula a todos esos individuos y que les mueve a actuar para garantizar su conservación.

Otro axioma de la praxeología dice que las personas tienen más preferencia por el presente que por el futuro. También la preferencia temporal o la utilidad marginal son leyes absolutas relacionadas con la evolución biológica y la supervivencia natural, ya que los seres vivos están obligados a buscar un beneficio inmediato que garantice al máximo su existencia como individuos (y su reproducción diferencial). Cuanto más inmediato sea el beneficio, más seguros estarán frente a cualquier posible imprevisto. A igualdad de circunstancias, aquellos individuos que obtienen más bienes que sus congéneres, y que los consiguen antes, sobreviven más tiempo y acaban constituyendo todo lo que vemos. Por tanto, podemos decir de antemano, apriorísticamente, que los seres vivos (y las personas) tienden a valorar más los bienes presentes, y tienden también a actuar para mejorar su vida. Y como esas son leyes de las cuales depende toda la existencia, no es necesario que busquemos probarlas mediante experimentos difíciles, o aplicarlas usando nuevas inferencias, pues es evidente que se deben cumplir siempre.

Vemos por tanto la fuerte relación que existe entre la evolución natural, el orden espontáneo, el apriorismo extremo y la escuela austriaca, y el error que supone desvincular alguno de estos aspectos del conocimiento, como hace claramente Meseguer al dejarlo todo en manos de la prueba y el error. Aquellos que quieran conocer de antemano la teoría de la evolución natural, deberán aceptar previamente el método deductivo y los apriorismos austriacos. No en vano, el algoritmo que utiliza la fórmula darwiniana procede siempre a través de principios que tienen una naturaleza claramente existencial (metafísicos), que explican por qué existen todos los seres y por qué han desaparecido los que no existen. El mecanismo de prueba y error basado en la mutación aleatoria, el cambio, y la posterior adaptación (necesaria) a un entorno concreto (principio de ordenación que utilizan los evolucionistas austriacos para enfatizar el único método de análisis científico que ellos conciben), está sin embargo sustentado por algunos determinantes o condicionantes básicos (que los propios evolucionistas se empeñan en ningunear todo el rato) que son de suyo irrefutables (y completamente necesarios), y que por tanto pueden ser empleados para partir de un razonamiento infalible (inexperimentable) y para ir obteniendo algunas conclusiones inequívocas.

César Martínez Meseguer tiene la costumbre de repasar en sus artículos muchas de las nociones básicas que alimentan las teorías de la evolución darwiniana y la aparición del hombre. Muchas de esas ideas son bastante obvias, y parecen más dirigidas a combatir el creacionismo que a enriquecer el pensamiento de aquellos que estamos familiarizados con la evolución y que no tenemos ningún problema en aceptar los rudimentos básicos de la teoría darwiniana.

Nunca viene mal hablar de evolución. Sin embargo, lo que Meseguer no entiende es que el dualismo metodológico, en el que se inspira la escuela austriaca, ha superado hace tiempo esa absurda disputa que enfrentaba a empiristas y teóricos. No comprende que los verdaderos evolucionistas no necesitamos despreciar los presupuestos seguros que constituyen las bases últimas de la evolución y existencia de todos los seres vivos. Tampoco entiende que la supervivencia de los más aptos, aunque sometida a la prueba y el error,  entraña también una definición que arraiga en principios ultimísimos, de necesario cumplimiento, existenciales, y por tanto metafísicos, deductivos, apriorísticos. Esa es la paradoja del evolucionismo austriaco actual que encabeza Meseguer, la de arrogarse la representación de unas ideas que no alcanza a entender con suficiente profundidad, pero que utiliza prolíficamente (como si fuera el único que las conoce) para refutar a aquellos que él piensa que son sus enemigos más acérrimos. La imagen que me sugiere esta actitud intelectual es la de un perro retorciéndose con frenesí, mientras intenta morder el extremo de su propia cola, sin saber que forma una parte indisociable de su cuerpo.

Es de esperar que el futuro haga justicia a Carl Menger, y se corrija por fin esa falsa interpretación de la escuela austriaca que hoy en día se extiende como un cáncer maligno dentro del propio cuerpo de intelectuales que dicen formar parte de dicha tradición. Confío en que se recobre el brillo antiguo de la filosofía clásica, unido esta vez a los éxitos más recientes de la ciencia moderna, y que muchos hombres puedan gozar de esa imagen completa del mundo, que se perfila en el horizonte cuando se concibe el conocimiento de manera integral.

El propio Meseguer recuerda que Hayek abría ostensiblemente el periódico cuando Rothbard hablaba en la Mont Pelerin, para dejar bien claro que consideraba erróneo su pensamiento epistemológico y su deriva hacia posturas irreconciliables con la EAE. Pero de lo que Hayek apostataba no era de la defensa incondicional (e intemporal) que realizaba Rothbard a cuenta del principio axiomático de la libertad individual. Como Popper, Hayek reconoció al final de su vida que existen algunas nociones infalsables que, sin embargo, pueden ser catalogadas como racionales. Hayek renegaba, no de los principios incuestionables de Rothbard, sino de algunas conclusiones suyas (anarquistas), a las que había llegado como consecuencia de su particular defensa de la libertad.

Para Meseguer, el axioma de Mises puede ser aceptable siempre y cuando no se considere como verdad absoluta. Pero si no es una verdad absoluta tampoco es un principio aceptable. Solo se puede partir de un axioma correcto si se toma a priori como una verdad segura. Y solo se puede entender como verdad segura si se acepta también su absoluta universalidad. Y solo se puede tomar como verdad absoluta cuando nos hemos asegurado de que estamos tratando con un principio cuyo incumplimiento implica a su vez una negación completa de toda la realidad. Precisamente porque el axioma hace referencia a una cualidad asidua a la existencia de todas las cosas, es por lo que puede ser tomado como seguro y utilizado para iniciar toda la cadena de razonamientos sin necesidad de demostrarlo a posteriori (experimentalmente). Esta simple apreciación pone sobre la mesa la legitimidad en el uso del método deductivo, así como también la importancia del dualismo metodológico que integra a la ciencia y la filosofía bajo un mismo cuerpo teórico, acallando aquellas voces que, como la de Meseguer, aseguran que solo existe una fuente genuina de conocimientos.

El cientismo ha sido tradicionalmente considerado como aquella forma de pensamiento que aspiraba a conocer toda la realidad del mundo, incluidos los detalles más nimios de cualquier sistema complejo. En este caso, la ciencia era tomada como una herramienta perfecta al servicio de la humanidad, y se anunciaba a bombo y platillo, augurando que en breve seríamos capaces de manipular la sociedad humana como hacemos ahora con una muestra de laboratorio. Ese fue un cientifismo de corte comtiano (totalitario), basado en la exageración, la ausencia completa de límites y la capacidad infinita del hombre y el Estado. A él se opuso con fuerza la escuela austriaca de economía, con Hayek a la cabeza.

Pero gracias a Meseguer, debemos combatir ahora una nueva clase de cientifismo, aquella que toma a la ciencia, no como una herramienta omnipotente (comtiana), sino como la única herramienta legítima que existe: omnipresente. Este es el cientismo de los escépticos, y también el de todos aquellos relativistas radicales que no creen en ninguna verdad segura, y que piensan que todo debe quedar sometido a refutación. Al alimón, también es el cientismo que decidieron apadrinar la mayoría de evolucionistas hayekianos, en su afán por defender un conocimiento provisional basado exclusivamente en el método de la prueba y el error, y en contra de aquellos ideólogos que defendían el apriorismo extremo de Rothbard o el dualismo metodológico de Menger.

Esperemos que en el futuro los economistas austriacos se den cuenta también de este nuevo error intelectual, y decidan combatir esa segunda forma irracional de cientismo, como hicieron con la otra. En el fondo, ambas se oponen, en algún aspecto importante, a la teoría subjetiva del valor que siempre ha caracterizado a la escuela austriaca de economía. El idealismo comtiano (de corte constructivista) lo hace cuando afirma que “la ciencia del Estado” ostenta un poder de manipulación ilimitado, capaz de asignar un valor a las cosas sin tener apenas en cuenta las preferencias subjetivas de los distintos individuos. Y el cientismo mesegueriano menosprecia también el subjetivismo cuando asegura que la ciencia constituye la única herramienta que tenemos a nuestra disposición para valorar la subjetividad, despreciando completamente ese método alternativo (apriorístico) que ha venido a demostrar que dicha subjetividad es una condición de suyo irrefutable, requisito imprescindible para que existan todos los individuos (y las cosas), y elemento fundamental del principio más importante y universal que cabe imaginar.

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