La propiedad intelectual no tiene sentido


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El concepto de plagio remite a una situación de denuncia de dudosa credibilidad. Porque, ¿qué es en realidad el plagio? Su definición se muestra bastante resbaladiza. A menudo las personas repiten las mismas cosas sin darse cuenta de que ya han dicho eso mismo en otras ocasiones: ¿se están plagiando a sí mismas? Una vez leí un artículo de un autor muerto y comprobé para mí asombro que había dicho exactamente lo mismo que yo también estaba pensando en algún otro momento de mi vida. Las ideas son como las olas en el mar, van y vienen, se multiplican, se escapan, se deshacen en espuma, se olvidan. Como consecuencia, la propiedad intelectual también es un derecho bastante difuso; no se puede precisar. Lo que me lleva a pensar que tampoco puede ser objeto de protección. 

Las ideas tienen como principal característica la de poder transmitirse y propagarse de manera indefinida. Y todo aquello que se reproduce hasta el infinito se convierte al instante en un bien libre, tal y como ocurre con el aire. A nadie se le ocurre patentar el oxígeno. La ciencia económica no presta demasiada atención a esos bienes. Son hechos dados que no es necesario introducir en la cadena de producción. 

No estoy defendiendo que alguien utilice el nombre de otra persona más célebre que ella para publicar un libro y asegurarse así mayores ventas. En ese caso estaría incurriendo en una mentira. Además, no estaría plagiando una idea carente de aplicación, a la que todavía hay que dar salida (o escalar). Estaría plagiando un producto totalmente acabado (el libro), con una demanda concreta y un número de ejemplares limitado. Una simple idea no es nada. Solo es una idea. No tiene todavía ningún olor, no tiene valor para nadie. Hay que convertirla en producto para que adquiera un código de barras y tenga una demanda real. Por ejemplo, si yo te robo una idea y la convierto antes que tú en un producto más barato, estoy contribuyendo al bienestar de una mayor cantidad de gente, y te estoy obligando a ti a competir conmigo y luchar para satisfacer a los clientes. Es decir, estoy promoviendo la apertura social, estoy generando mercados, y estoy animando la economía. Una idea aislada no es nada. Pero esa misma idea, reproducida en la cabeza de muchos individuos, lo es prácticamente todo. Es la fuente de la que bebe la competencia y el motor del éxito y la excelencia que deviene en un aumento de la oferta y una mayor satisfacción de la demanda. 

La propiedad privada no está hecha de ideas, como tampoco está hecha de cerebros. La propiedad es una apropiación del cuerpo, es el entorno que ha conseguido modificar el sujeto para beneficio propio o de los demás. Todos tenemos ideas de todo tipo que compartimos muchas veces casi sin darnos cuenta. La propiedad susceptible de ser protegida jurídicamente sólo está formada (o solo debería estarlo) por aquellos bienes que se ha demostrado que tienen algún valor y alguna demanda. Y esta demostración solo acontece cuando las ideas se convierten en un producto que reclama la gente o que aprecia el propietario. 

Así, lo mejor es que las ideas no se puedan proteger con patentes, pues no hay en ellas todavía ningún valor que podamos asegurar. Este valor deviene sólo cuando el inventor se esfuerza para transformar su idea en un artículo vendible. El ideólogo (el propietario de la idea) únicamente tiene derecho a ocultar sus intenciones el tiempo que pueda, para aventajar a sus posibles imitadores (para eso existen acuerdos de confidencialidad y secretos de empresa). Pero en ningún caso debería estar legitimado por el Estado para perseguir a sus imitadores hasta darles captura. La imitación es el fenómeno biológico y cultural más importante y ubicuo de todos. Sin imitación no existiría la vida. No habría genes, que son los mayores y los primeros  imitadores (replicadores) que conocemos. Y tampoco existiría la cultura, que no es más que otra forma de imitación (memética). Donde hay imitación hay vida. Perseguir la imitación es perseguir la herencia, las generaciones y el aprendizaje. Todos estos fenómenos requieren de alguna forma de imitación libre más o menos fidedigna. Su prohibición a todos los niveles (o en cualquier grado) no tiene ningún sentido y no deja de ser un problema para el avance del mundo.  

 

Acerca de Eladio

Licenciado en biología. Profesor de instituto. Doctorando en economía.
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