Ludismo alimentario: el veneno de la leche de vaca


g19-26921Me encocora que existan tantos mitos relacionados con la comida. Uno de los más absurdos tiene relación con la leche de vaca. La ingesta de leche por parte de nuestra especie es producto de una adaptación favorable. Durante el paleolítico la gente se moría de hambre porque dependía de las condiciones climatológicas y las estaciones del año. La leche es un aporte fundamental y continuo de grasas y otros nutrientes. Mas recientemente, en los países nórdicos la gente se moría porque no había la suficiente luz para sintetizar la vitamina D, que a su vez participa en la producción de calcio. La leche vino a solucionar eso. Estos son dos ejemplos de progresos sociales basados en la leche. Pero hay más.

En cualquier caso, lo que tenemos que entender es que la leche es resultado de una de las revoluciones mas grandiosas que han acontecido a lo largo de nuestra evolución como especie, casi comparable a la aparición y desarrollo del neocórtex y las circunvoluciones cerebrales. Somos hijos del neolítico. La leche es un producto más de esta fabulosa revolución. Es fruto de la domesticación de plantas y animales, y del control de la naturaleza. Nunca antes otra especie había modificado tanto el entorno para ajustarlo a sus propias necesidades. Las otras dos transformaciones importantes son la revolución industrial, que inicia su andadura a finales del siglo XVIII, y la revolución robótica en ciernes, a la que asistimos hoy en día. Pues bien, la leche de vaca es fruto de la revolución neolítica, como las fábricas lo son de la revolución industrial o los ordenadores de la revolución informática. Ir en contra de la leche es como ir en contra del telar, la jornada laboral, la máquina de vapor o el carbón. Es una especie de ludismo alimentario. Los vegetarianos y los animalistas son los luditas de la dieta. Igual que hubo luditas en la revolución industrial que querían destruir las fábricas, e igual que empiezan a aparecer luditas de la revolución robótica que pronostican que las máquinas nos van a dejar sin trabajo (señal de que estamos asistiendo a un verdadero cambio), también hay luditas de la revolución neolítica que se oponen a todo lo que tenga que ver con la domesticación de animales o con el consumo de alimentos que deriven de estos.

Hay mucho oráculo de Delfos y falso profeta en este mundillo de las dietas. Y como todo ludita que se precie, estos también aspiran a devolver al hombre a su estado de naturaleza. Pero ni siquiera ellos se creen lo que dicen. Son hijos del progreso tanto como lo somos los demás, y no van a renunciar a esos éxitos. Son Hipócritas. Y ya se sabe que los embusteros siempre suelen estar rodeados de una camarilla de estúpidos que se alimentan de sus ideas como si no tuvieran nada más que comer. 

Yo lo que defiendo es la ingesta moderada de todo tipo de alimentos. Por eso se me escapa una carcajada cada vez que sale un nuevo estudio hablando mal sobre algún tipo de comida. Al poco vendrá otro que dirá exactamente lo contrario. Y es normal. Los alimentos están compuestos por muchas sustancias, y cada uno de ellos actúa sobre el organismo de diferente manera. Además, las enfermedades también tienen muchas causas. Hablar de un solo alimento, y demonizarlo hasta el punto de considerar que es preciso eliminarlo por completo de la dieta, es cuanto menos ridículo.

La paranoia de los dietistas hodiernos no tiene límites. La gente acude a sus consultas buscando un remedio mágico que les devuelva la salud o la vitalidad. Por eso, como lo más normal es una dieta rica en todo tipo de alimentos, ellos intentan encontrar una combinación distinta (mágica) que deseche algunas comidas y prepondere otras. En realidad es otro chivo expiatorio, de tantos como hay. Le echamos la culpa a determinados alimentos porque no queremos afrontar los problemas de salud que se derivan de nuestra vida sedentaria o nuestros excesos nocturnos o diarios. Nos sentimos avergonzados y arrepentidos por comer demasiado, y vamos corriendo al médico para que nos recete la dieta perfecta, la dieta de la piña. Así, pensamos, purificaremos el cuerpo y eliminaremos los tóxicos que se acumulan en la sangre. Pero deberíamos haber acudido antes al psiquiatra. Los tóxicos no los tenemos en el torrente sanguíneo, los tenemos diluidos en el líquido cefalorraquídeo, y es eso lo que nos impide pensar con claridad.

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