La variable del tamaño en la defensa de la libertad nacional: pequeña crítica a Juan Ramón Rallo


el-estado-tamano-y-calidad-620x310Algunos libertarios de mi país sitúan al estado español en la misma repisa ideológica en la que colocan también al nacionalismo catalán o al abertzalismo vasco. Gustan de invocar un montón de cualidades afines a todos ellos para justificar de alguna manera la defensa de tamaña equiparación. Pero yerran a la hora de analizar un hecho diferencial de vital importancia: el tamaño. Así, por ejemplo, Juan Ramón Rallo, y muchos otros liberales de su misma cuerda, afirman que la égida nacional del estado español supone una amenaza a la libertad individual si cabe todavía mayor que la lucha separatista que han emprendido en las últimas décadas los nacionalistas catalanes o los vascos. La razón de ese mayor peligro estaría, según ellos, en el mayor tamaño del Estado, que atribuyen sin dudar a la nación española, como si la dimensión territorial y la magnitud de las instituciones políticas fueran una y la misma cosa. De este modo, como los liberales repudiamos por término general los Estados grandes, muchos caen en las garras del nacionalismo de corte más separatista, abducidos por esa creencia romántica que mitifica las causas de las minorías y los nacionalismos ultramontanos. Por el contrario, mi defensa va exactamente en la línea contraria, la de reivindicar las bondades de una nación con una historia y un territorio más grandes. Esto no significa que defienda un país en particular solo por su mayor tamaño. Soy consciente de que existen muchas otras variables que entran en juego a la hora de valorar el grado de libertad que disfrutan los ciudadanos de un determinado territorio, variables que pueden hacer que una nación grande se convierta en una tiranía mucho más peligrosa que otras más pequeñas. No obstante, aquí me limito a analizar únicamente esa variable dimensional, y por tanto no entro a juzgar las demás magnitudes. Entonces, manteniendo constantes todos los demás factores, lo que digo es que, a la hora de defender las libertades individuales, el incremento del tamaño del país sería más una ventaja que un inconveniente.

Coincido con Rallo a la hora de valorar los derechos individuales por encima de cualquier sentimiento nacional particularista y subjetivo. Pero es esto mismo, la defensa objetiva del individuo, lo que me lleva a disentir de Rallo a la hora de equiparar completamente un terruño pequeñito con una nación mucho más grande. Precisamente, la reivindicación que proclama el derecho a la segregación, y el chovinismo localista que ello conlleva, insisten mucho más en esa misma subjetividad y arbitrariedad nacionalista de la que Rallo huye, y de la que yo también reniego. A igualdad de condiciones, el nacionalismo es más nacionalismo y se hunde más en sus propios errores y falacias cuanto más hace por defender la separación y el aislamiento de terrenos cada vez más pequeños y pueblerinos. A igualdad de condiciones, esto es, para dos naciones más o menos iguales, con el mismo grado de intervencionismo, lo que debemos defender es la unidad en torno a los principios universales de la libertad. La objetividad camina siempre en el sentido de la generalización y no en el de la atomización de ideas, y por tanto cuando hablamos de principios sociales y marcos esenciales de convivencia, lo correcto es defender la nación que sea más grande en términos geográficos y humanos. Por supuesto, siempre hablo desde la comparación de dos países más o menos iguales en todos los demás factores, esto es, cuando la variable solo es el tamaño. Un país pequeño tiene legitimidad para segregarse e independizarse solo cuando intenta huir de una nación opresora más grande y solo cuando quiere fundar un sistema más libre. Pero si no existe esa diferencia con respecto a la nación madre, lo mejor siempre es defender su unidad, y con ella la posibilidad de disminuir el rozamiento interno y extender los preceptos del liberalismo a un mayor número de personas. Nuestros principios serán más fuertes y verdaderos si conseguimos aplicarlos con éxito a un mayor número de situaciones, igual que pasa con cualquier hipótesis científica.

El nacionalismo es contrario al liberalismo, y lo es por los mismos motivos que llevan también a oponerse, consciente o inconscientemente, a los valores más sagrados de la ciencia y la verdad. Y puesto que dichos valores tienen mucho que ver con el tamaño de la empresa, con la capacidad de generalizar, y con la posibilidad de extender las ideas y la teoría para que abarquen y expliquen un mayor número de fenómenos naturales, el liberalismo tiene que aspirar, como cualquier otra ciencia, a tratar los mismos aspectos generales que competen en su caso a la economía y la política.

Por todo ello, el nacionalismo y el liberalismo disienten claramente a la hora de escoger los valores que guían sus distintas reivindicaciones y que caracterizan sus principios. El nacionalismo escoge valores relativos. Por su parte, la seña de identidad del liberalismo auténtico (verdadero) atiende exclusivamente a principios objetivos. Su aplicación debe por tanto aspirar a la generalidad, y es por eso que el mayor tamaño del Estado (en términos geográficos) es muchas veces sinónimo de una mayor apertura de ideas y una defensa más sólida de la libertad y la igualdad ante la ley:

1. El nacionalismo es un movimiento relativista, que prioriza las características particulares del propio terruño por encima de las verdades universales. Para el nacionalista las cosas no son buenas en función de sus características objetivas, sino porque son cosas que pertenecen a su pequeño núcleo de población. Esto, aparte de despertar un sentimiento tribal y primitivo muy peligroso en el hombre, que en el pasado se ha cobrado millones de muertes, constituye la antítesis del proyecto científico y los valores cosmopolitas y abiertos de una sociedad moderna y avanzada.

2. El nacionalismo es un movimiento colectivista y por tanto niega una verdad fundamental: la libertad del individuo, la individualidad, el elemento básico de cualquier conjunto de cosas. De este modo, hace exactamente lo contrario de lo que hace la ciencia, que siempre va en busca de elementos más esenciales y atómicos, y siempre mira los fenómenos por debajo de su superficie, sacándose de encima el velo de irrealidad que suele cegar la mirada de aquellos que no se preocupan por conocer otra realidad que no sea la suya propia, las meras apariencias.

3. El nacionalismo crea fronteras y rivalidades, impide el progreso global, la integración y comunicación entre los humanos, y la libre competencia entre un número cada vez más amplio de personas cívicas y responsables. El nacionalismo promueve la autarquía y el mercantilismo y se cierra al avance de la libertad y el mercado libre en todas las regiones del mundo. Por el contrario, la ciencia siempre busca abrirse al razonamiento y la contrastación, integrando cada vez un mayor número de pruebas y ensayos, uniendo a los distintos grupos de investigación en una competencia sana y fértil, y sentando las bases de una sociedad más abierta.

Imaginemos que tenemos que lidiar con un Estado socialdemócrata. Ciertamente, cuanto mayor sea éste peores van a ser las ingerencias de sus gobernantes en la vida privada de los ciudadanos. Lo que piensa una parte de los liberales es que la fracturación de ese Estado en otros más pequeños fomentaría la competencia nacional y terminaría por mejorar la situación general. Yo dudo mucho de que esto fuera asi. Para empezar todo proceso de nacionalización implica a unas fuerzas políticas y apela a un sentimiento patriótico y un movimiento antiglobalización que va casi siempre unido al afan por gobernar e intervenir más la economía. No obstante si la carta constitucional del nuevo Estado aboga claramente por instaurar una nación fundada en los principios liberales, yo podría apoyar esa nacionalización (sin embargo esto no es lo que ocurre hoy en día en ningun país del mundo, si exceptuamos a las antiguas repúblicas soviéticas).

Por otro lado, la competencia se debe fomentar sólo en aquellos casos que no incumban a los principios básicos. Yo sería partidario de un estado federal en el que los distintos gobiernos compitieran por los recursos y se quedaran el beneficio de sus esfuerzos. Pero sometidos todos a una misma constitución básica de reglamentos sencillos y universales.

Finalmente, lo ideal siempre es extender la libertad a un mayor número de personas, y eso se cumple en menor medida cuando se dividen los países para crear distintas constituciones con distintos reglamentos.

Todo esto me lleva a pensar que la segregación nacional es por lo general una mala opción y un camino erróneo.

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Una respuesta a La variable del tamaño en la defensa de la libertad nacional: pequeña crítica a Juan Ramón Rallo

  1. drosophyllum dijo:

    Antes de nada, no sabía yo que Juan Ramón Rallo fuera herrero.

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