Máximo Sandín: máximo exponente del evolucionismo colectivista


Máximo Sandín, profesor emérito de la Universidad Autónoma de Madrid, es la única persona que conozco capaz de decir dos palabras e incurrir en tres errores. La tergiversación a la que somete a la teoría evolutiva de Darwin sólo tiene parangón en el ámbito del creacionismo más casposo y antediluviano. Cada frase que utiliza es peor que las anteriores. Su discurso está plagado de sesgos y rumbos equivocados, que emplea a diestro y siniestro para arrimar el ascua a su sardina ideológica, impúdico frente a los hechos de la realidad, impreciso con la historia de la ciencia. La teoría evolutiva es una construcción intelectual enorme, que no merece las simplezas que le dedica este señor.

En esencia, la tergiversación de marras consiste en decir que la teoría darwiniana, así como el capitalismo, sistema social que se trata de equiparar a la primera, describe un mundo de competencia salvaje en el que no hay cabida para la colaboración y la cooperación naturales. En este escenario, Darwin aparece como un burgués irrestricto de hábitos excéntricos que vive de explotar a la gente en el interior de la campiña inglesa.

Pero vayamos a los hechos. Darwin tiene un tratado delicioso donde aborda la vida natural de las lombrices de tierra, unas criaturas de lo más insignificantes pero con un papel biológico nada desdeñable. En ese libro se repasan todos los beneficios que los susodichos anélidos estarían procurando al ecosistema. Casi tan desconocidas como las propias páginas que dan cuenta de ellas, estas diminutas criaturas se dedican día y noche a horadar en la tierra, movidas única y exclusivamente por su voluntad de sobrevivir, atendiendo a sus necesidades vitales, y mirando solo por su beneficio. Pero generando al mismo tiempo un provecho difícil de cuantificar, que llega a tener dimensiones planetarias. Y es que al autor del Origen de las especies jamás se le pasó por la cabeza que la competencia salvaje (y el impacto negativo) fuera la única fuerza evolutiva que opera en la naturaleza. Sería absurdo pensar que nadie coopera y que todos se aniquilan a la menor oportunidad.

El problema básico de Máximo Sandín viene determinado por su ideología política, y por la ceguera sobrevenida que ésta ideología le provoca. Su idea de sociedad, vinculada con la izquierda, le lleva a exagerar el papel que tiene el colectivo como entidad organizadora, al tiempo que ningunea el interés egoísta y privado de los individuos y de todas las formas de supervivencia. Y como quiera que todos los organismos sin excepción buscan su éxito reproductivo impelidos primero por el interés particular que despierta la competencia con otros especímenes, lo que acaba defendiendo Máximo es una caricatura de la evolución, una exégesis falsa.

Claro que los individuos compiten entre ellos: a veces se matan. La lucha de vencedores y vencidos forma parte del espectáculo de la vida, para algunos significa el éxito, y eso es lo único que hace falta para transmitir los genes a las siguientes generaciones, y existir como tales, aunque sea a costa del resto de seres vivos. Pero esto no es óbice para constatar que la vida es mucho más que una competición a muerte. La mayoría de las veces los organismos siguen una segunda estrategia de supervivencia que no está reñida con la primera, pues ambas tienen como objetivo la prevalencia de determinados fenotipos y genotipos. Hay dos maneras de obtener beneficio, compitiendo a muerte o cooperando. Y es esta segunda forma de persistencia la que más extendida está en todos los órdenes y reinos de la naturaleza. No en vano, nunca se podrían haber creado estructuras más complejas si los genes, las células y los organismos no hubieran establecido vínculos estrechos para convertirse en genomas, tejidos y poblaciones. Decir que la teoría de Darwin solo describe una competencia aniquiladora es desconocer por completo las bases históricas y racionales que enhebran dicha teoría. Justificar además la crítica al capitalismo, bajo esta absurda admonición del darwinismo, supone un acto de ignorancia sin precedentes. No se puede obviar la idea central que dirige toda la producción, la oferta y la demanda de bienes, y la evolución humana, y al mismo tiempo erigirse en defensores del progreso social.

La mano invisible de Adam Smith representa la búsqueda particular de beneficios, expresada no como una fuerza exterminadora y agresiva, sino como una fuente continua de cooperaciones y de todo tipo de simbiosis colectivas, las mismas que actúan en la biología favoreciendo a aquellas especies o individuos que han aprendido a colaborar y sacar partido de ello. Solo es necesario entender qué es lo que quiso decir el economista con esa expresión. Cualquier beneficio comunitario tiene su origen en el interés egoísta que mira solo por el beneficio propio, pero que se ve obligado a satisfacer también un interés ajeno al suyo. Los comunistas, los socialistas, y los evolucionistas como Máximo Sandín, se saltan ese primer requisito, basado en el individuo, y conciben el colectivo como una suerte de emergencia mágica que surge por arte de birlibirloque (que curiosamente hay que forzar), con unos deseos igualitarios y unos objetivos comunes. Incapaces de explicar las razones atómicas que llevan a la creación de los sistemas complejos, denigran los intereses particulares, por mor de la masa, y con ello terminan secando la fuente de toda cooperación, que no es otra que la intención particular de cada individuo por salir adelante y sobrevivir, el eje vertebrador de cualquier éxito reproductivo, y la razón última también de que todos tengamos pan encima de la mesa, cualquier día del año, como decía Adam Smith. No es mi interés lo que hace que pueda comer una barra de pan, sino el interés del panadero por salir adelante vendiendo barras. No es el interés de una planta lo que la lleva a disponer de un terreno oxigenado y removido, apto para enraizar, sino el interés de un anélido insignificante por sobrevivir y granjearse un futuro mejor comiendo y procesando la tierra. La supervivencia del más apto no implica necesariamente la muerte de todos sus competidores, antes bien, es la causa principal que hace aflorar la cooperación entre muchos de ellos. Sin interés particular no hay cooperación, pues no existe colaboración posible si no hay un beneficio mutuo, y no habrá un beneficio mutuo si no existe un interés egoísta que impulse a los participantes a colaborar al objeto de obtener alguna ventaja para sí mismos. No es difícil de comprender: el beneficio personal asegura la existencia de los individuos, los cuales a su vez garantizan la existencia del colectivo. El problema sempiterno de socialistas y comunistas es que siempre han buscado una colectivización en ausencia de egoísmo, sin entender que la auténtica cooperación nace de la ambición personal y el intercambio voluntario, de la misma manera que las moléculas surgen a partir de átomos individuales que intercambian fuerzas.

Máximo Sandín es otro colectivista más. En este caso lo que hace es crear una caricatura de Darwin para, a continuación, defender una sociedad alejada del capitalismo y el poder económico, una sociedad que coopera sin atender a la demanda, el egoísmo, y los deseos subjetivos de cada uno de sus componentes, una sociedad infundada. Darwin supo, ya desde el primer momento de su vida como naturalista, que nada puede existir si no se procura un beneficio particular. El axioma no tiene ninguna brecha. Simplemente, las cosas dejan de existir cuando dejan de obtener beneficios que permiten que permanezcan más tiempo. Y esta afirmación se aplica sobre todo a los ladrillos más fundamentales de la estructura compleja, aquellos que constituyen sus partes individuales. Todos los individuos son egoístas; es obligatorio que lo sean. Su existencia depende siempre de un beneficio particular incuestionable. Ahora bien, en muchas ocasiones ese beneficio elemental viene procurado por la colaboración con otros organismos, y solo se alcanza a través del beneficio y el equilibrio general del que son partícipes todas las criaturas implicadas.

El capitalismo, así como la biología, se basa en múltiples relaciones voluntarias (personales o animales), aquellas que se establecen con total libertad, aquellas que se mueven bajo la seguridad de la propiedad privada, porque se sabe que nadie va a venir a deshacer lo que se ha acordado y logrado, que nadie robará el fruto del trabajo de un tercero, que nadie minará la moral y la motivación personal (egoísta) de quienes buscan mejorar sus vidas a través de la colaboración que surge del hecho de producir, vender y comprar bienes en el mercado libre. Todo lo demás es una burda falsificación. Sandín utiliza el concepto de competencia para construir un espantajo del capitalismo y la evolución, con la intención de infundir temor a sus alumnos, un muñeco de paja inmóvil que poder sacudir mientras se ríe de todo a mandíbula batiente. Se suele decir que la facultad de ciencias políticas es un nido de zurdos y comunistas. Pero no se diferencia mucho de las facultades de ciencias ambientales: aquí también se aparece el fantasma de Stalin. Y a veces se puede ver recorriendo los pasillos una figurilla muy parecida a aquella que representó el ala oficial de la biología dentro del aparato comunista ruso: la escuela de Lysenko. Resulta bastante bochornoso pensar que puede haber profesores de universidad que claman, todavía hoy, en contra del darwinismo. 

En definitiva, lo que Máximo Sandín no entiende (o no quiere entender) es que la auténtica cooperación nace siempre del egoísmo interesado. Y no comprende tampoco que la sociedad se funda en el mismo principio. Darwin, a pesar de pertenecer a una clase acomodada, o tal vez por ello (disponía de suficientes recursos y de mucho tiempo libre para pensar), supo inspirarse en los mejores economistas y describir la realidad que le rodeaba mejor que nadie, sin los sesgos ideológicos que el propio Sandín acusa en cada una de sus frases.

La apelación al colectivo es el recurso más manido de comunistas y socialistas. Su obsesión por la igualdad y la justicia social les lleva a fundar sus ideas en una visión de conjunto (holística) que les impide apreciar la constitución elemental y la argamasa de la que está hecho cualquier sistema complejo. Este acto es una violación flagrante del principio epistemológico más importante en la ciencia: el método reduccionista. Cuando esa violación es cometida por sociólogos y políticos con escasa formación, tenemos afines al régimen comunista. Si, además, los paladines del régimen son biólogos de carrera, aparecen individuos tan tétricos como Lysenko, que en tiempos del pogromo soviético se dedicaron a ensalzar a Stalin al tiempo que negaban la genética mendeliana, o personajes tan pintorescos como Máximo Sandín, que todavía hoy se atreven a contradecir los postulados básicos de la teoría de la evolución de Darwin, por mor de un colectivismo inane incapaz de explicar nada.

Es importante señalar que el eje vertebrador sobre el cual pivotan todas las ideas de Sandín es la destrucción del concepto de individuo y su suplantación por la idea de colectivo o comuna. Esta pretensión tiene un rancio abolengo en la política y la economía, donde se ha usado para defender todo tipo de posturas cercanas al comunismo. La utopía totalitaria que conocemos como marxismo no tiene otro objetivo que el de hacer que las personas pierdan su estatus de individuos, dejen de ser sujetos, abandonen el interés por emprender, se integren en la masa, y pasen a formar parte del comité de marionetas que reciben al régimen movidas todas al mismo tiempo, sostenidas por los hilos del Estado. El programa de igualación puede variar en intensidad dependiendo del régimen del que estemos hablando, pero siempre es un intento burdo de equiparar las rentas y los resultados de todos los ciudadanos, al objeto, según nos dicen sus acólitos, de eliminar la pobreza y las injusticias del mundo. El análisis en cuestión es bastante deleznable (utilizo deleznable en sus dos acepciones: despreciable e inconsistente). Quienes así piensan suelen Identificar la pobreza con la desigualdad, y la desigualdad con la inmoralidad, el favoritismo y el abuso. Para ellos, toda forma de desigualdad es de por sí un caso grave de atropello a las libertades de las personas. Pero hete aquí que la desigualdad es la única manera que tiene la naturaleza de gestionar los recursos y ordenar sus cosas. Sin desigualdad no existirían intereses, ni motivación, ni división de trabajo. Todos los sistemas están formados por elementos disímiles, cada uno con sus propias funciones, características y demandas, las cuales, si no se cumplen, conducen inevitablemente al desmoronamiento de toda la estructura. Los elementos que componen cualquier conjunto de cosas contribuyen, cada uno a su manera, a crear la organización compleja, y no se pueden obviar sus diferencias elementales sin poner en riesgo las valiosas contribuciones que acaban dando lugar al sistema en el nivel superior. El problema de Máximo Sandín, así como el de otros tantos holistas y colectivistas, es precisamente el de incurrir, una y otra vez, en esa grave omisión. No se puede explicar ningún sistema complejo si antes no entendemos sus partes, y no se pueden entender sus partes si no somos capaces de aceptar la inerradicable diferencia que define y caracteriza a cada una de ellas. No es extraño por tanto que los colectivistas sientan un rechazo acerbo hacia el método reduccionista de la ciencia, que pretende describir el mundo acudiendo primero a las partes que constituyen una determinada estructura. Y de ahí viene también su rechazo del capitalismo y el libre mercado, y su apego a todas aquellas ideologías totalitarias y uniformistas que, de una u otra manera, niegan y laminan las diferencias, las discrepancias, y las libertades individuales (y con ellas también la propiedad privada, el libre emprendimiento, la riqueza, la excelencia, los deseos de mejora y los acicates de la vida) en favor de una suerte de estado colectivo monitorizado, inaceptable desde todo punto de vista, infundado, insostenible, asfixiante, entumecido, mágico, e ineficaz.

Máximo Sandín tiene el aspecto externo de un sindicalista de Comisiones Obreras, barbudo, gordinflón, rollizo. Habla de poderes económicos, de fuerzas fácticas, se pelea con las farmacéuticas: no quiere manipular la naturaleza, solo respetarla. Defiende la redistribución de las rentas. Denuncia que la ciencia también participa del sistema de poderes que acumula el capital. Afirma que el método científico tiene la obligación de estar abierto a la duda permanente, y lo dice para denunciar el ostracismo que sufre dentro de la academia, como si eso ya fuese suficiente prueba para avalar sus cuestionamientos. Sus conferencias están imbuidas de una humildad casi insoportable, impostada. Dice que solo viene a aportar datos, que no quiere hacer juicios de valor, pero luego se pasa toda la charla hablando mal de la persona de Darwin, haciendo juicios ad hominem, resaltando su fama de eugenista y su formación de clérigo. Porque a Sandín también se le nota la vena anticlerical que tienen todos los creyentes en el materialismo dialéctico. Como si la suya no fuera también una religión. Sandín ha cursado estudios en la universidad de la Habana. Es amigo acérrimo de Joseph Pamies, un pseudocientífico que apoya las medicinas alternativas sólo cuando él no está enfermo. Sandín es zoólogo de formación. Aterrizó en la genética de forma tardía. Esto puede explicar algunas cosas. En realidad, todos estos detalles de su vida no tendrían ninguna relevancia si no fuera por el contexto en el que son expuestos: una vida dedicada a defender en cuerpo y alma el evolucionismo colectivista, la versión biológica del comunismo político. En este contexto, las anécdotas más insignificantes son claros indicios que marcan una tendencia como la suya (heterodoxa), y ayudan a entender mejor de qué pie cojea nuestro amigo. También es conveniente situar a Darwin en su contexto histórico, para no caer en la trampa que nos tiende Sandín, distrayendo nuestra atención con comentarios que hablan del racismo y la xenofobia que al parecer deja traslucir Darwin en alguna ocasión, con la intención manifiesta de que rechacemos toda su obra. Darwin era un hombre de su época, hay que entender eso también. Pero la verdad es la verdad, dígala Agamenón o su porquero. Newton era un prolífico alquimista y no por eso se nos ocurre decir que la ley de la gravitación es un completo fiasco. 

Otra característica de la mentalidad colectivista, que limita también el discernimiento de Sandín, es aquella que lleva a pensar que la afirmación de las razas, o la descripción de algunas características superiores en unas y otras, es un primer paso para defender la eugenesia y el perfeccionamiento de la especie humana, como si la mera descripción de una debilidad ya fuera motivo suficiente para justificar el exterminio de los más débiles. Esta disonancia cognitiva lleva a Sandín a relacionar el nazismo con la figura de Darwin, cuando este todavía no había aparecido en Alemania. Los colectivistas no soportan ninguna superioridad, lo cual conduce a que muchos de ellos no entiendan ni respeten aquellas superioridades beneficiosas (y merecidas) que son fruto de la excelencia, el trabajo bien hecho, el servicio a los demás, la especulación mercantil, el descubrimiento de una oportunidad de negocio, la cobertura de una necesidad humana, el intercambio voluntario, y todas las relaciones que llevan a que las personas salgan de la pobreza y sean cada vez más ricas sin necesidad de usar la violencia. Como no admiten ninguna superioridad, es que tampoco permiten que la sociedad en su conjunto camine hacia un estado superior de evolución.

El batiburrillo de ideas inconexas, críticas ad hoc, y citas desordenadas que acompañan a Máximo Sandín, en todas sus conferencias, es difícil de asimilar si uno no tiene algunos conceptos claros. Desde luego, no se entendería si no apreciasemos una unidad básica: su discurso está marcado por una obsesión patológica, un rechazo beligerante de la figura de Darwin. Al mismo tiempo se observa una predilección, rayana en la idolatría, por la teoría de Lamarck, la alternativa que por aquella época se barajaba como una de las mejor posicionadas para describir la fuente principal del cambio evolutivo por selección natural. A Sandín ni siquiera le llega la cabeza para entender que, aunque la evolución lamarckiana puede estar actuando en algunos casos concretos, no por ello debemos abandonar la idea de que la teoría darwiniana explica la gran mayoría de fenómenos biológicos. Es una realidad incuestionable que las especies no evolucionan por cambios en su parte somática (como afirmaba Lamarck). Lo hacen solo cuando las mutaciones afectan a la línea germinal y tienen la oportunidad de propagarse a la siguiente generación, lo cual no es impedimento para que, en algunas ocasiones excepcionales, algún mecanismo desconocido pueda estar trasladando un cambio somático a los gametos de las gónadas. A medida que conocemos al personaje nos vamos dando cuenta que Sandín es incapaz de distinguir grises, y solo admite una de las varias posibilidades, aquella que le viene bien para ratificar sus creencias.

Pero vayamos caso por caso, viendo las contribuciones que ha hecho el bueno de Máximo a la ciencia de su tiempo (ponemos sus afirmaciones en cursiva):

  • La evolución no está motivada por cambios puntuales en los genes, sino que depende de grandes reordenaciones materiales mediadas por algún factor ambiental. Una de las constantes en Sandín es esa permanente apelación a los factores ambientales como motores del cambio. Por un lado se esmera en recordarnos la enorme complejidad que entraña la biología molecular, los genes HOX, los transposones, el splicing alternativo, la transcriptasa inversa, los virus, etc… y por otro delega cualquier responsabilidad de cambio en el ambiente externo. Hasta tal punto esto es así, que se le puede ver defendiendo la idea de que las enfermedades no se deben en ningún caso a factores endógenos (todas son fruto de infecciones provenientes del exterior). Pero, ¿acaso los genes no se reordenan por recombinación?, ¿no es cierto que existen mutaciones debidas a una lectura errónea de la enzima que duplica el ADN? Sandín pretende negar el papel que juegan algunos condicionantes evolutivos, o bien hace que sean incompatibles. Pero uno no alcanza a entender cómo es posible que alguien supuestamente inteligente, no vea que el cambio azaroso de algunas secuencias genéticas es un ingrediente más en el mecanismo evolutivo, no el único por supuesto, pero sí uno muy importante. No se entiende dónde puede residir la incompatibilidad entre un cambio provocado por el propio mecanismo interno de la estructura biológica y otro propiciado por agentes externos a ella (los dos son posibles). Uno no lo entiende hasta que repara en el hecho de que Máximo Sandín, como todo colectivista que se precie, sólo acierta a ver una parte de la realidad, aquella que le viene bien a sus sistema de convicciones basado en el marxismo. Un cambio interno apela, en cualquier caso, al elemento individual del cual está formado el conjunto, y esto es un agravio a la inteligencia de un comunista. Un lacayo del comunismo no acepta que existan partes independientes que actúen y cambien por su cuenta, puesto que todo tiene que girar en torno a la comuna. Un cambio azaroso también es una ofensa al régimen. Hay que tener toda la situación bajo control. Los prejuicios colectivistas de Máximo Sandín atienden a un sistema de clasificación que ordena las cosas según sea su grado de compromiso con la causa igualitarista. Y esto es algo que Máximo trasplanta sin solución de continuidad al ámbito de la biología, donde defiende posturas maximalistas que terminan negando la existencia más básica, las partes individuales, las unidades discretas de información: los genes.
  • La selección artificial de los animales domésticos, aberrantes, no puede convertirse en base para demostrar la selección natural de las especies normales. ¿Qué son para Sandin los animales aberrantes? Acaso no entiende que ese concepto, utilizado aquí, resulta totalmente absurdo. Un ser vivo no tiene necesidad de ajustarse a la media para ser apto y poder sobrevivir. En la naturaleza salvaje no existe ningún herbívoro que se parezca a una vaca. Pero es que tampoco existe ningún nicho ecológico que sea como una cuadra. En cualquier caso, podemos decir que un organismo es aberrante si adquiere alguna inadaptación. Sin embargo, las vacas son seres vivos perfectamente adaptados a su medio, que no es otro que el entorno que ha creado el hombre para su beneficio. 
  • La evolución no es gradual, opera a grandes saltos. Tampoco soy capaz de entender por qué motivo una cosa no es compatible con la otra. Los cambios pequeños tienen más probabilidad de ser beneficiosos, y en principio debemos suponer que son estos los que determinan la evolución en todas las criaturas. Pero no hay motivo para negar que a veces pueden darse grandes reordenaciones, apareciendo en un breve espacio de tiempo muchos más organismos de los que existían antes. De nuevo la postura maniquea que adopta Sandín a este respecto sólo tiene sentido si la interpretamos desde la óptica de su ideología. Los grandes cambios sugieren la imagen de un sistema biológico sin partes diferenciables, actuando al unísono, en un todo integrado, como lo hace el conjunto de ciudadanos amedrentados que sufren un régimen totalitario.
  • La vida no apareció en la tierra a partir de moléculas orgánicas, sino que vino del espacio sideral. El universo es eterno y la vida es un estado más de la materia. Aquí Sandín sigue acusando los mismos sesgos que le llevaron a abrazar el saltacionismo y el lamarckismo. La vida forma parte del todo. Es la típica visión de un panteísta, acompañada por esa sensación de pertenencia que nos une al cosmos y que a muchas personas les sirve como sucedáneo de la religión. El comunismo no es otra cosa que un panteísmo telúrico, materialista, una religión al fin y al cabo, con sus mártires y sus dioses-hombre.
  • Las especies tampoco pueden aparecer a partir de mutaciones puntuales. De nuevo, Máximo se niega a aceptar que existan elementos discordantes dentro de su visión de conjunto. En este caso manifiesta además un grave desconocimiento en materia de biología (o al menos lo oculta: no puedo creer que un doctorado en ciencias biológicas sea tan ignorante en su campo). Afirma que es imposible que una mutación puntual, en un individuo de la población, que le incapacita para reproducirse con sus congéneres, acabe extendiéndose por esa misma población y dando lugar a dos especies distintas. Habría que explicarle a Máximo cómo se forman las especies. Primero ocurren cambios en las líneas somáticas, que no afectan a la línea germinal, pero que van comprometiendo la anatomía de las distintas poblaciones hasta el punto de impedir que se reproduzcan entre ellas. Esos cambios pueden estar provocados por una barrera física, pero también por cambios genéticos en el ambiente celular (esos que no le gustan a Sandín). Y puede ser que, llegado el caso, estos cambios se acumulen solo en determinados grupos de la población, bien porque se especialicen en explotar algún recurso, bien porque queden aislados. Entonces, una simple mutación puntual (una de tantas), que afecte a la línea germinal de una de tales agrupaciones, será suficiente para impedir que los gametos de dos poblaciones se fusionen, apareciendo una nueva especie. 
  • El dogma central de la biología, a saber, que cada gen es responsable de la expresión de una única proteína y que la información fluye siempre desde el ADN, ha quedado refutado y, en consecuencia, todo el edificio darwinista se ha venido abajo. De nuevo, Sandín es incapaz de disociar dos cosas distintas: las teorías y las leyes. Mientras que una teoría hace referencia a un hecho general demostrado, una ley es un apartado teórico y, por tanto, puede tener ciertas variaciones a medida que ajustamos la teoría. Por supuesto, hoy sabemos que un gen puede dar lugar a varias proteínas (por splicing alternativo), sabemos también que existe ADN saltarín (transposones), ADN no codificante, que el ARN puede retrotranscribirse e insertarse en el genoma para convertirse de nuevo en ADN. Hoy sabemos muchas cosas que ayer desconociamos. Pero solo son detalles que en nada afectan al carácter general de la teoría evolutiva por selección natural. Solo están describiendo el mecanismo concreto por el cual se expresan los genes, mucho más complejo de lo que pensábamos, pero no pone en duda sus fundamentos esenciales: las unidades genéticas siguen siendo objeto de selección tal y como predijo el darwinismo. Igualmente, Darwin no sabía de la existencia de los genes (él los llamaba gémulas), y su descubrimiento posterior no alteró en nada sus teorías. Todo lo contrario, la existencia de unidades de transmisión hereditaria vino a confirmar las ideas de Darwin. Hay que ser muy cortos de entendederas para pensar que un detalle operativo (en el mecanismo de funcionamiento) puede poner en duda toda una teoría completa, basada en fundamentos profundos.
  • La teoría neodarwiniana es un intento desesperado de reparar los desaguisados y las incoherencias que habrían hecho de la teoría darwiniana una construcción intelectual en claro declive. Esta afirmación es para echarse a reír y no parar. Máximo Sandín es incapaz de diferenciar (como siempre) entre distintos niveles de jerarquía. No lo hace en el plano ontológico, cuando rechaza o ningunea el nivel del individuo para exaltar al colectivo, como si las cosas no estuvieran hechas de partes más elementales. Y no lo hace tampoco en el plano gnoseológico, cuando afirma que la teoría sintética es un remedo de la teoría darwiniana que solo busca paliar sus numerosos errores. La genética compleja se creó para dar respuesta a todos aquellos casos de herencia que no podían ser explicados con la teoría mendeliana, pero en ningún caso viene a refutar (o intenta corregir) al padre Gregorio. Mendel demostró la existencia de los genes en las variedades de Pisum sativum, y lo hizo utilizando los casos más sencillos, sin tener en cuenta que a veces los genes pueden tener más de dos alelos, que otras veces esos alelos no mantienen una relación de dominancia simple, o que otras muchas sufren interferencias epistáticas o cromosómicas. Esto le sirvió a Mendel para sentar las bases de la genética molecular en una época en la que no se sabía nada de la existencia de los alelos y los cromosomas. Pero en ningún caso se puede decir que estuviera equivocado. Antes bien, todas las ciencias proceden siempre desde los supuestos más sencillos (reales), y van añadiendo luego nueva información a medida que esta se va obteniendo. No se puede decir que una teoría es errónea sólo porque observe los casos más simples que aparecen en la naturaleza. Los principios se establecen siempre a partir de una generalidad, antes de entender otras situaciones más complejas. Ese es el proceder habitual de toda investigación. Los colectivistas como Máximo Sandín intentan saltarse estos pasos previos, y lo hacen seguramente porque quieren llegar cuanto antes a la panacea utópica que anhelan alcanzar. En su mente hay un diablo que les grita al oído y les dice que la solución es sencilla, consiste simplemente en igualar a todos los humanos por la fuerza (independientemente de sus habilidades o sus méritos), para que no existan diferencias hirientes entre unos y otros. No saben que ese diablillo es la vis cómica de un genocida totalitario, y que su programa de igualación es la muerte del individuo, y por tanto de la sociedad, la misma sociedad que ellos enaltecen como conjunto. No hay moléculas sin átomos. No existen conjuntos sin partes diferenciadas. Ni seres vivos sin desigualdades. Ni cooperación sin competencia. La mente hemipléjica de todos estos colectivistas es incapaz de apreciar las compatibilidades que dan sentido a todas estas dicotomías. Su enfermedad tiene un etiología clara: solo conciben el sistema acabado, cuando todos los elementos se han integrado por completo y solo alcanzamos a ver la superficie especiosa y la emergencia fenoménica. Y sólo conciben así la realidad porque confunden el deseo de que todos mejoremos (legítimo) con el hecho de que todos debamos ser iguales en todos los aspectos (si todos somos iguales es imposible que seamos mejores). Al fin y al cabo, su problema no es distinto del que afecta a cualquier otra religión. Todos ellos confunden los deseos con la realidad y enajenan una teoría que, a todas luces, se parece más a una prédica divina que a una construcción intelectual.

Por fin me he desquitado. Le he dicho a Máximo todo lo que pienso de él. El personaje es una mala copia de Lysenko. Profesor de universidad, parece sin embargo un sindicalista de Comisiones Obreras. Bajo la apariencia de biólogo serio, hay un comunista de libro incapaz de distinguir la importancia que tienen las mutaciones puntuales en el proceso de adaptación. Anticapitalista acérrimo, utiliza a Darwin como espantajo para criticar el libre mercado y atemorizar a los neófitos que acuden desprevenidos a sus clases de evolución humana. Resulta triste pensar que toda una generación de estudiantes se haya echado a perder por culpa de este señor, después de pasar por los talleres de creacionismo que el profesor impartía en la Universidad Autónoma. Sandín niega que su visión tenga algo que ver con el creacionismo religioso. Si no lo es, se parece mucho. En cualquier caso, sus ideas hacen un flaco favor a todos los que, con esfuerzo denodado, han conseguido poco a poco que la gente deje de creer en Adán y Eva.

Acerca de Eladio

Licenciado en biología. Profesor de instituto. Doctorando en economía.
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Una respuesta a Máximo Sandín: máximo exponente del evolucionismo colectivista

  1. Ernesto dijo:

    Para hablar de ciencia hay que leer y estudiar la ciencia al profesor Sandin se le podran reprochar las formas pero no las evidencias de los hechos que relata y su afirmación de que el darwinismo es una teoría obsoleta. Le aconsejo la lectura de las investigaciones realizadas por Jay Gould, Lynn Margulis, Mae Wan Ho, Brian Goodwin, Frans de Waal, Herbert Gintis, James A Shapiro y el propio Maximo Sandin y si al final todavía encuentra algún ladrillo del darwinismo en pie le agradecería que me lo hiciera saber.

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