La ley y las circunstancias: sobre la legitimidad del nacionalismo liberal


Ni la historia, ni las mayorías, ni el tamaño territorial, un liberal solo debería fijarse en el aspecto de la ley. Cuando la historia respalda los derechos sagrados del individuo, cuando las mayorías votan a un partido que legitima la libertad individual, cuando el área de ocupación de una nación cambia de tamaño para favorecer los derechos del hombre libre, un liberal debería defender la tradición histórica, el plebiscito democrático, la colonización de nuevos territorios, o la fragmentación de una nación entera en regiones más pequeñas. Cualquier defensa debe cambiar en virtud de las circunstancias concretas. Solo la égida de la libertad individual tiene que permanecer inalterable. Y para que esto sea así, para que la libertad individual pueda permanecer inalterable, todo lo demás debe quedar sometido a cambio, las costumbres, las mayorías, las fronteras, el tamaño de los países, etc..  Por eso no es contradictorio defender al mismo tiempo la conservación de las tradiciones y la llegada de la modernidad, la democracia y la dictadura, la libre circulación de personas y el control de fronteras, la expansión del imperio y el independentismo regional.

Las trifulcas que se vienen dando entre liberales conservadores, iusnaturalistas, democráticos, unionistas o nacionalistas, no tienen ningún sentido: ninguno alcanza a entender cuál es el objetivo prioritario de un liberal. Solo la defensa de una ley correcta da de lleno en la diana.

Ningún liberal que se precie puede defender siempre y en todo lugar, ora el independentismo, ora la unión del Estado. Lo único que el auténtico liberal defiende siempre es la libertad, que en unos casos aumenta con la fragmentación y en otros con la unión. Ahora bien, a igualdad de condiciones, o cuando existe una situación relativamente parecida, es más preferible apoyar un proyecto unitario que uno rupturista, por el simple hecho también de que sólo hay una verdadera libertad y una única forma de defenderla (la ley tiene un carácter universal). La separación queda por tanto para los casos más graves, cuando se trata de romper un Estado totalitario.

No tengo ningún reparo en decir que yo creo en un bien colectivo (nacional) que se limita a los principios de libertad que todos los individuos libres tienen que respetar para mantener dicha condición. Por tanto, tampoco existe contradicción alguna en el hecho de defender algunos bienes colectivos desde el liberalismo individualista. Antes bien, la libertad exige un marco institucional global, público, estatal, minarquista. Por contra, el liberal anarquista se aleja de sus postulados cuando ni siquiera contempla la inviolabilidad de unas leyes generales, necesarias para abanderar algún tipo de proyecto.

En definitiva, recomiendo que el debate se plantee en estos términos, analizando qué situación favorece más los derechos del individuo, en vez de centrar todo el foco de atención en el aderezo que debe llevar cada tipo de plato. Existen diversas formas de alcanzar la libertad, pero solo una manera de respetarla. Lo único que importa aquí es el tipo de ley que se consigue implementar en un momento dado; interesa saber si ésta ley es o no correcta. Si es adecuada, habrá que apoyar las tradiciones, la democracia, la expansión territorial… Si no lo es, habrá que destruir las tradiciones, anular la democracia, y detener la expansión. Esto es tan cierto que incluso se dan casos extremos en los que la dictadura o el nacionalismo pueden llevar razón, pero solo si anteponemos la ley correcta a todo lo demás. Como dijo Montesquieu: “La ley debe ser como la muerte, que no exceptúa a nadie”. También hay muchas formas de morir, pero al final solo está la muerte. Defendamos la libertad, así como las múltiples maneras de alcanzarla. O mejor dicho, solo defenderemos de verdad la libertad cuando aunemos todos los esfuerzos y consideremos todos los caminos para llegar a ella, sin dejar de recorrer ninguno.

Postdata: el artículo no defiende ningún tipo de relativismo, como me han recriminado algunos críticos. Antes bien, afirma un principio sagrado y absoluto: la libertad individual. Lo que es relativo es la clase de organización gubernamental que se puede aplicar para alcanzar tal principio. Pero tampoco digo que todas las organizaciones sean iguales, sino que, dependiendo del caso, unas sirven más que otras. Así, cuando se quiere imponer por la vía democrática un sistema totalitario (véase la Alemania nazi o la España republicana), solo cabe la alternativa de una dictadura transitoria. Es decir, precisamente porque la libertad se asienta en unos presupuestos absolutos, todo lo demás resulta relativo. Eso no es relativismo, como bien se podrá entender.

 

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