Taxonomía marxista


Los liberales son los únicos ideólogos que creen en la igualdad. Todos los demás son socialistas que creen en algún tipo de privilegio arbitrario. Solo se puede sostener la igualdad de todos los ciudadanos si antes nos aseguramos de respetar la variedad y las diferencias que surgen en la naturaleza de manera espontánea. Por eso, la única igualdad posible (viable) es aquella que queda establecida con la ley, en virtud de la cual todos los seres humanos tienen los mismos derechos y libertades básicos. La igualdad ante la ley es la única forma de igualdad que respeta nuestras libertades y permite la manifestación de todas las diferencias y habilidades que caracterizan a los individuos. Si intentamos llevar mas allá esa igualdad, esto es, si pretendemos extender la igualdad a otras áreas distintas de la justicia, y a otras manifestaciones que no sean las que cada cual emprende libre y voluntariamente, como es obvio que somos diferentes y que estas diferencias determinan todas nuestras habilidades y motivaciones, no solo no vamos a lograr esa pretendida igualdad, sino que además conseguiremos acentuar aquellas diferencias y privilegios perjudiciales (arbitrarios) que distorsionan las decisiones sanas que toman los individuos al cabo del día.

Las diferencias que caracterizan a las personas son importantes en la medida en que lo son también las propiedades metafísicas (necesarias) que identifican a todas las estructuras físicas. Las cosas existen debido a que tienen dos cualidades básicas. Por un lado son individuos concretos, y por el otro actúan para conservar esa individualidad el máximo de tiempo. En este sentido, toda diferencia no es otra cosa que la manifestación tangible que resulta de tales cualidades. Por tanto, la diferencia también es lo único que permite determinar el movimiento y la actuación particular, y, por extensión, la evolución permanente de cualquier sistema físico. Las diferencias sirven para identificar a las cosas, y se manifiestan con las acciones que cada una de ellas lleva a cabo. Y el ser humano no es ninguna excepción. Las diferencias son la fuente primaria del valor más importante que tiene la vida. Las diferencias abren las puertas a multitud de posibilidades y logros personales, y, en consecuencia, estimulan el esfuerzo de la gente, e instan a buscar nuevos objetivos. Por el contrario, la igualdad se traduce en un marasmo y un agotamiento inmediatos. Cualquier físico amateur sabe que el movimiento se detiene siempre que aparece un equilibrio térmico o una igualdad de concentraciones. La evolución solo encuentra un motor válido si los individuos pueden competir y diferenciarse (o distinguirse) al objeto de adaptarse a un hábitat concreto. Por eso el igualitarista tiende a rechazar siempre cualquier manifestación que tenga algo que ver con el progreso o el desarrollo, y sus medidas devienen siempre en atraso.

El igualitarismo es una idea antiquísima. No se le ocurrió a Marx una noche de verano. El igualitarismo es la manifestación última del deseo sempiterno de dominación que invade al hombre cuando compite para sobrevivir; es la excusa perfecta para igualar y someter a todo un pueblo. Y también es la base que está detrás de esa creencia, tan extendida y poco meditada, que gusta de equiparar la justicia con la igualdad. El igualitarismo, por tanto, se alimenta de dos deseos muy fuertes y mutuamente necesarios: un afán perverso por someter al prójimo, y un carácter mayoritario, pusilánime, ovejuno, ingenuo e ignorante. Ambos pertenecen a una tradición antediluviana, y están arraigados en el instinto que nace en la noche de los tiempos. Por tanto, no es extraño que se manifiesten a la vez y de todas las maneras posibles, en un acorde de repeticiones históricas que nunca tiene fin. En la actualidad, a medida que la sociedad se diversifica, aparecen también muchas otras formas de socialismo. La taxonomía colectivista evidencia constantemente una fuerte predisposición a quedarse. El colectivismo aprovecha todas las diferencias que se dan en una sociedad, aquellas que son debidas a categorías biológicas (especie, raza, sexo) y aquellas otras que tienen que ver con habilidades sociales (clase). Y se apoya en ellas para justificar sus demandas y pregonar sus promesas. Empezó usando solo las diferencias de carácter social (de clase), con las que disculpaba todas las barbaridades cometidas durante la revolución proletaria. Los obreristas que heredaron esa forma de pensar niegan hoy día las diferencias que se dan entre ricos y pobres, y continúan enfrentando a trabajadores con empresarios como antaño lo hicieran los coetáneos de Marx. Pero también se han diversificado mucho a medida que se desarrollaba el mundo. Hoy utilizan otras categorías distintas, de tipo biológico, una estrategia que les ha permitido copar diversas esferas de la sociedad, dando lugar a lo que se ha venido a conocer como marxismo cultural. De este modo, cobran fuerza nuevos y peligrosos movimientos:

  • Algunos grupos usan la categoría del sexo, niegan las diferencias sexuales y enfrentan a hombres y mujeres. Se llaman feministas.
  • Otros usan la categoría de raza: niegan las diferencias raciales, y dan la espalda a toda la riqueza genética que ha permitido el éxito evolutivo que disfruta nuestra especie.
  • Finalmente, los hay que usan la categoría de especie: niegan las diferencias entre humanos y animales, otorgan a todas las bestias los mismos derechos, y enfrentan a unos hombres con otros. Son los animalistas.

Pero las diferencias también se pueden usar para negar la propia identidad del colectivo, lo cual nos lleva a contemplar un abanico de ideologías todavía más amplio. Se pueden negar las diferencias de clase (marxismo), las razas humanas (nazismo), las civilizaciones históricas (relativismo cultural), los sexos (feminismo), las especies (animalismo). Pero paradójicamente también se pueden negar las diferencias que determinan la propia consideración de conjunto, obviando en este caso todas aquellas disconformidades que distinguen, identifican y agrupan a algunos colectivos importantes. Esto hace que algunos libertarios incurran en los mismos errores que cometen los socialistas. Confunden la lucha individualista con el rechazo absoluto de cualquier forma de colectivo, niegan la existencia del Estado, o afirman, como hacen los igualitaristas, que las razas no tienen existencia real.

En cualquier caso, el pecado original siempre consistirá en buscar un tipo de igualdad distinta de aquella que viene marcada en las leyes. La isonomía, que así se denomina a ese tipo de igualdad, permite que los ciudadanos nos agrupemos o nos segreguemos de la manera que queramos, pero siempre unidos dentro del único colectivo obligatorio que puede defenderse por la vía de la fuerza: el de los hombres libres.

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