Los errores de interpretación del evolucionismo en el ámbito de la escuela austriaca


La evolución biológica es un proceso de variación basado en el cambio continuo y la adaptación paulatina a un entorno que también está en permanente transformación. Por consiguiente, solo puede operar a través de un mecanismo basado en la prueba y el error. Pero eso no quiere decir que todo en ella sea cambio. Las condiciones básicas de existencia que son necesarias para poner en marcha todo ese proceso de prueba y error no pueden estar a su vez sometidas a tales alteraciones. La obligación de cualquier investigador es determinar cómo y por qué se modifican los organismos con el paso del tiempo. Pero también debe saber cuáles son los cimientos que sostienen todo el proceso de cambio. Por ejemplo, un prerrequisito fundamental para que la evolución biológica se ponga en marcha es que los individuos sean capaces de sufrir esos cambios, conservarlos en su acervo genético, y transmitirlos a la siguiente generación. Y esto solo se consigue si las formaciones físicas en cuestión tienen la capacidad de replicarse o reproducirse, manteniendo la información de la que son depositarios en las diversas copias que surgen de dicha multiplicación, y permitiendo a la vez cierto margen para el cambio y las nuevas pruebas (a través de las mutaciones puntuales). Es decir, cualquier tipo de evolución compleja en la que podamos pensar (biológica o cultural) exige la aparición de unas estructuras con capacidad para replicarse. De esta manera, si acudimos a tales condiciones, podemos extraer o describir algunas cualidades del proceso que nos permiten postular y defender ciertos principios seguros, sin los cuales no podríamos hablar de ningún proceso evolutivo, ni éste se llegaría a ejecutar en ningún caso. Por tanto, también resulta absurdo pensar que dichos condicionantes van a cambiar como consecuencia de ese mismo proceso. Las bases esenciales del mecanismo de cambio no pueden alterarse ni someterse a cuestionamiento alguno. Cualquier intento en ese sentido resulta completamente absurdo.

Los axiomas son principios existenciales, absolutos y seguros, y lo son precisamente porque condicionan y determinan toda la existencia (en este caso la replicación condiciona toda la existencia mínimamente compleja). Cualquier cualidad que sea necesaria para que existan las cosas, deberá ser tomada como segura y elevada a la categoría de principio irrefutable. Y no podrá ser puesto en duda en ningún caso, ni pretender que solo vamos a poder afirmarlo cuando usemos la empírea para demostrarlo o cuando el propio sistema de prueba y error lo ponga de manifiesto. Muy al contrario, debemos tomarlo como principio seguro, apriorístico, e invariable.

Algunos economistas de la escuela austriaca (como César Martínez Meseguer) desean enfatizar tanto el mecanismo de prueba y error que llegan a decir que no podemos realizar ninguna afirmación segura, confundiendo el hecho importante de los cambios físicos con los condicionantes últimos que determinan todas esas variaciones. Resulta paradójico que sean los propios evolucionistas austriacos los que menos entienden la esencia de la evolución. Quieren creer tanto en la variación y el cambio, que se olvidan de que ésta se basa a su vez en algunos principios o condiciones de posibilidad completamente necesarios, invariables, observables y conocibles.

Algunos también afirman que el hombre no debe intervenir en esa evolución, como si los resultados de la misma ya fueran suficiente demostración de verosimilitud. Le arrebatan al hombre la posibilidad de participar en esas transformaciones a través de su regulación, como si esto no fuera necesario para mejorar la vida (para eso ya ésta la evolución). Este tipo de evolucionismo conduce a ciertos austriacos a abrazar el anarquismo de mercado, en la esperanza de que las reglas naturales de la selección (el orden espontáneo) les llevarán siempre y en todo momento por el mejor camino posible.

Estas dos apreciaciones del evolucionismo (el evolucionismo hayekiano radical , y el anarquismo rothbardiano) son dos posturas ciertamente sesgadas. Ambas se niegan a apreciar una parte importante de la realidad. En unos casos, los hayekianos, obvian lo que los griegos llamaban el Cosmos (las leyes naturales absolutas). En otros, los rothbardianos, ningunean la capacidad humana para ordenar la sociedad en base a esos mismos principios (la Taxis). Así las cosas, para remediar estas fallas, es vital que entendamos la naturaleza como un sistema determinado siempre por algunos condicionantes de necesario cumplimiento, que son además fácilmente observables y entendibles (axiomatizados), y que también se pueden articular a través de una normativa sencilla de fácil aplicación (Estado mínimo). Los evolucionistas hayekianos radicales y los anarquistas rothbardianos no tienen razón sencillamente porque no quieren entender todos los aspectos de la realidad (objetivos y subjetivos). No consideran en su ecuación todas las vertientes o dimensiones de la epistemología y la naturaleza. Con ello, dan la espalda a una parte fundamental del conocimiento, se niegan a admitir ciertas verdades seguras, obvian los elementos básicos de todo proceso natural (evolucionistas hayekianos). Y también obvian la capacidad humana para articular un sistema artificial de leyes generales que garanticen tales fundamentos (anarquistas rothbardianos).

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