Mis amigos los conservadores: carta de un liberal


Ya es hora de que los liberales empecemos a preguntarnos por qué congeniamos más con el conservador tradicional que con el revolucionario sedicioso, y por qué tendemos a asociar a la izquierda con las revoluciones y las convulsiones sociales más que con las tradiciones antiguas. Las leyes no son correctas porque sean vetustas, y tampoco porque sean modernas. Hasta ahí estamos de acuerdo. Las ideologías sólo son buenas porque, quienes las proclaman y las imparten, se atienen escrupulosamente a la verdad de los hechos. Sin embargo, esta afirmación no es del todo simétrica. Hay en las cosas antiguas una cualidad que supone una ventaja sobre las modernas, y que hace que la balanza se incline hacia estas últimas, haciendo también que los liberales se acerquen a los postulados que defienden los conservadores y que rechazan los revolucionarios. Las cosas antiguas, las que aún perduran hoy en día, han sido probadas a lo largo de millones de años de evolución, y han demostrado que pueden sobrevivir en las condiciones más adversas. Nadie puede decir lo mismo de una propuesta revolucionaria. Estamos de acuerdo en que los cambios son siempre necesarios, pero estos solo se podrán llevar a cabo sobre sistemas antiguos y robustos, de una solidez demostrada. Al fin y al cabo, las cosas antiguas están formadas también por miles de pequeños cambios y revoluciones pasadas, que en este caso ya han demostrado su utilidad práctica.

Por eso es que, de todas las revoluciones que puedan imaginarse, las más peligrosas son aquellas que quieren cargarse todo el pasado. La evolución progresa a través de pequeñas mutaciones graduales. Los saltos puntuados son hechos excepcionales. Los organismos están ajustados para funcionar de una manera precisa, han sido calibrados a lo largo de los eones. Es casi imposible que un golpe dado con fuerza en un reloj de cuerda pueda conllevar algún beneficio adicional para éste. Lo mismo ocurre con la sociedad. Las revoluciones que emprende la izquierda mediática siempre suelen salir mal. No solo quieren cambiar la sociedad, sino que lo quieren modificar todo (también la naturaleza), y además lo quieren hacer en países medianamente avanzados, con una solidez demostrada.

Por todo lo anterior, los liberales no congeniamos tanto con la izquierda como con los conservadores. El liberal parte de un principio natural absolutamente cierto: la existencia del individuo y la protección de todos aquellos incentivos y garantías que le permiten sobrevivir: la seguridad, la propiedad y la vida. Si el liberal defiende la vida tal y como ha funcionado a lo largo de millones de años, no le debería extrañar verse frecuentando los mismos lugares a los que acuden sus amigos los conservadores.

Es normal que un liberal afee el comportamiento de un conservador que, en el devenir de su ceguera, solo acierta a ver correctas aquellas tradiciones en las que se ha criado de pequeño. También está bien que el liberal inste al conservador a ser más crítico con aquellas visiones que le inculcan los mayores sin apelar a la razón, por pura convención moral, cuando todavía tiene la mente susceptible. Pero no haría bien si, por mor de esta censura, quisiera diferenciarse tanto del tradicionalismo que, viéndose rodeado de conservadores por un lado y revolucionarios izquierdistas por el otro, no supiera decidir cuáles son sus mejores amigos y sus compañeros de viaje.

No es extraño que el socialista no quiera aliarse con los conservadores. Su ideología está muy lejos de describir la realidad. Una realidad que, sin la menor de las dudas, es la que ha venido seleccionando aquellas cosas que mejor se conservaban.

No todo lo que se conserva es bueno. Pero sí es verdad que casi todo lo bueno tiende a conservarse. Hagamos de esta sociedad algo bueno, asociémonos con aquellos seres más moderados que quieren conservar el mundo tal y como funciona, y no con aquellos rebeldes que quieren que funcione tal y como ellos esperarían.

La Ilustración nos enseñó que el universo no está hecho a la medida del hombre. Los socialistas aprendieron muy bien esta lección al objeto de utilizarla contra la religión, que afirmaba que todos los astros giraban alrededor del cristiano o el devoto. Pero, paradójicamente, se les olvidó luego cuando, tras matar al demiurgo, quisieron ellos hacer de dioses y crear un mundo nuevo alrededor del falansterio.

Los idealistas pretenden mejorar la sociedad como si fueran ellos los primeros creadores. En cambio los conservadores, más realistas, solo esperan implementar aquellos cambios puntuales que mejoran lo que la naturaleza ya ha perfeccionado con anterioridad. Yo no tengo ninguna duda sobre cuál de las dos posturas es la que al final permite el desarrollo permanente y sostenido de los países, si aquella que observa el mundo con mirada de científico, modificando levemente las teorías previas para ampliar su marco de aplicación, manteniendo una atención escrupulosa y aviniéndose a la historia tradicional, el legado intelectual y las normas de la naturaleza, o aquella otra que quiere cambiar completamente el orden de las cosas, y que viene a enmendar la plana a la Diosa Razón y la Madre Tierra.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en MIS NOTAS, Notas de política. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s