Reducción del Estado: tres objetivos claves


Llamadme simple, llamadme como queráis, pero yo solo alcanzo a ver dos posturas enfrentadas, la que defiende principios esenciales basados exclusivamente en la libertad individual y el respeto hacia los proyectos de vida de los demás (liberalismo clásico, minarquismo), y por tanto está dispuesta a intervenir en cualquier momento y en cualquier frente (privado y público), y la que no los defiende, bien porque niegue esos principios, bien porque se olvide de proteger alguno de sus flancos (anarcocapitalistas, anarquistas, socialistas, populistas, comunistas, talibanes).

Hoy en día vivimos en medio de un océano de ideologías casi infinito. Invadidos por los neologismos, vamos a la deriva. Apenas nos hemos suscrito a una corriente de pensamiento concreta, cuando ya nos gritan al oído consignas que no alcanzamos a comprender muy bien,  y que nos instan a subirnos al carro de algún otro movimiento. La gente necesita nuevos juguetes que calmen su desánimo y su aburrimiento: socialismo del siglo XXI, nueva izquierda, derecha alternativa, teología de la liberación… Unos son mejores que otros; se escacharran más tarde. Pero en el fondo todos son refritos ideológicos que abundan en lo mismo. Y muchas veces contribuyen poco a aclarar las medidas prácticas reales que podrían implementarse al objeto de mejorar algo la sociedad.

Esta moda colectiva por afiliarse a nuevos movimientos ha afectado incluso a los propios liberales, que ahora ya no se contentan con renegar del comunismo decimonónico, sino que también rechazan su pasado más inmediato. Muchos de ellos, llegan al extremo de comparar el liberalismo clásico con el socialismo de toda la vida, e incluso dicen que es mucho peor, en la medida en que se parece más a lo que ellos defienden. Muchas veces da la impresión de que, en vez de debatir, estuviesen jugando un derbi. ¿Qué me dirían si Einstein hubiese despotricado en contra de Newton? Pues exactamente eso es lo que hacen muchos liberales hodiernos cuando critican con tanto fervor la tradición que les ha dado de mamar, amparados a veces en el respaldo y la anuencia de sus popes intelectuales, ávidos por fundar un movimiento rompedor. Ya no hacen ciencia; siguen modas, convocan sensaciones, practican aquelarres. Se creen muy originales. Pero los sentimientos desiderativos de los que hacen gala son en realidad más antiguos que la humanidad.

Nunca me cansaré de repetir que la verdadera lucha de los liberales tiene un horizonte efectivo mucho más pequeño del que algunos imaginan. Las únicas estrategias legítimas, las únicas que hacen verdadero honor a su nombre, son aquellas que encaminan sus pasos hacia un fin accesible, y que en el transcurso del viaje aportan todas las claves que se necesitan para lograr ese objetivo. De lo contrario, no serían estrategias. En este sentido, la construcción de una sociedad más libre pasa necesariamente por asumir la realidad que nos rodea, bajar a la arena política, buscar el consenso social, y proponer una batería de medidas claras. No digo que no se deba discutir sobre los requisitos de una sociedad más radical, asentada sobre un estado reducido a la mínima expresión o incluso ausente. Pero hay que tener claro cuáles son las diferencias que existen entre una y otra cuestión. El ámbito no puede ser el mismo. El debate sobre la existencia o no del Estado tiene que limitarse al campo académico, y debe consistir en un mero juego intelectual, un análisis de fronteras, en el borde, como la teoría de cuerdas. Sin embargo, la acción y la praxis del liberal deben estar representadas por unas propuestas más acordes con las circunstancias políticas del momento y las posibilidades reales que tenemos, las cuales no son ni de lejos las que nos llevarían a poder establecer un sistema sin Estado. La buena noticia es que disponemos de unas recetas claras para llevar a buen término esa acción liberal. Son pocas, y, además, son también las que más importan a la hora de mejorar las condiciones de vida de la gente. Calculo que su implementación, esto es, el paso de la socialdemocracia a la democracia liberal, arrojaría unos beneficios netos infinitamente mayores que aquellos que devendrían con el paso de la democracia liberal a la sociedad minarquista o anarquista. Por tanto, la lucha del liberal clásico (realista) no solo es una lucha legítima por cuanto que es viable, también es legítima porque constituye la égida más efectiva y beneficiosa de todas. Estas son las únicas medidas que debemos tomar:  

  1. Renovación fiscal del Estado: límites a la entrada de capitales en el sistema de gobierno. Establecimiento de un único impuesto al consumo que simplifique los trámites administrativos y que grave entre un 10 y un 20 por ciento de la renta anual de una persona.
  2. Renovación financiera del Estado: límites a la salida de capitales en el sistema de gobierno. Establecimiento de una normativa que prohíba incurrir en gastos excesivos y que elimine el déficit y la deuda nacionales.
  3. Renovación estructural del Estado: límites a la estructura interna del sistema de gobierno. Establecimiento de un programa que abogue por reducir el tamaño del Estado y por eliminar su intervención en el ámbito privado, a todos los niveles, quedando sus funciones reducidas a garantizar el cumplimiento de las leyes, la defensa nacional, una sanidad y una educación básicas (no universales), y un nivel de infraestructuras públicas acorde con las necesidades colectivas que requiere de antemano cualquier proyecto civil en común.                                   
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