La lógica borrosa de la libertad individual: aplicabilidad y libertarianismo


descarga (5)A todos nos gustaría poder disponer de unos principios claros, suficientemente generales, con los que ser capaces de interpretar la realidad sin el menor atisbo de duda. Cogeríamos esos preceptos y explicaríamos todas las cosas de una manera sencilla y amena, y no habría nadie a nuestro alrededor que enarcara las cejas y levantara la mano para mostrar alguna incoherencia interna o algún fleco suelto. En cierta medida, todos los estudiosos aspiran a alcanzar esa situación idílica. Pero, aunque su intención sea en principio buena, aunque sus anhelos sirvan para instigar el progreso continuo y la tarea a la que todos ellos se encomiendan, aunque la visión en cuestión propenda al hombre a descubrir más enunciados, no podemos por ello creer que vamos acabar teniendo en nuestras manos una ecuación con todas las incógnitas despejadas. Eso nunca ocurrirá. No es que los principios no existan, o que no sean claros y contundentes, o que no deban aplicarse a todas las cosas. Lo que ocurre es que, aun aplicándose, nunca podrán solucionar todos los problemas que aparecen con el incremento de la dificultad y la complejidad de un sistema observado. Evidentemente, existen principios absolutamente generales, cuya manifestación queda patente al analizar cualquier objeto del orbe. Pero otra cosa es pretender que dichos principios constituyan de por sí una panacea, y vengan a solucionar cualquier tipo de contingencia o problema humano.

Esta pretensión venial, que podríamos llamar “ilusión del absoluto”, afecta especialmente a aquellos liberales que tratan de seguir fielmente los dictados de la escuela austriaca de economía, subyugados por la claridad expositiva de los argumentos y la contundencia científica con la que dicha escuela ha combatido siempre a las ideologías totalitarias. Muchos deseamos tener un principio realmente elegante que nos ofrezca todas las claves para saber en qué situaciones concretas podemos asegurar que se está violando la libertad individual, y en cuales otras no podemos.

Casi nadie pone en duda que la libertad individual es un presupuesto innegable; absoluto. Pero definir su modo y su grado de aplicación ya es harina de otro costal. Continuamente, surgen innumerables preguntas al respecto. Por ejemplo, ¿puede una comunidad favorecer la libre asociación de personas de manera que admita guetos donde se eduque a los menores en la violencia y las mañas delictivas? ¿Es libre una persona que elije encadenarse voluntariamente a un poste porque así se lo han enseñado sus padres? ¿Podemos influir en la sociedad hasta el punto de impedir que las familias abandonen una costumbre violenta sin que ello entorpezca la voluntad o las creencias de sus miembros? Está claro que la voluntad no es un concepto absoluto y no puede ser nunca una referencia para la libertad. Si así fuera, cualquier delincuente podría estar legitimado para hacer lo que le diese la gana. Pero si la voluntad no puede tomarse como medida de la libertad, ¿qué parámetro podemos usar? Tampoco podemos aplicar los principios del liberalismo en todas aquellas sociedades que, de forma masiva, opten por proteger y amparar la delincuencia. Al menos debe existir una masa crítica de ciudadanos que apadrine y sufrague los gastos derivados de la seguridad y la ejecución de las normas legales que rijan en determinado país.

Vemos por tanto que, aunque los principios sean verdaderos, puede darse el caso de que no sean aplicables, y, aunque sean aplicables, puede darse el caso de que no seamos capaces de establecer una delimitación clara para los mismos. La certitud y la aplicabilidad no tienen porque ir de la mano. Esto cobra más sentido cuando la implementación se realiza sobre entornos más o menos complejos. Y la situación se agrava todavía más cuando nos percatamos de que dichos entornos son el único campo de trabajo del investigador social. Puede darse el caso por tanto de que tengamos un principio absoluto irrebatible, podemos ser conscientes de su verosimilitud y su belleza, pero al mismo tiempo podemos ser incapaces de aplicarlo en la sociedad con todas sus consecuencias. ¿Qué debemos hacer en esos casos?, ¿tenemos que resignarnos? Sin duda, la aceptación de la realidad forma parte de la praxis elemental de cualquier investigador. Es tarea del científico ajustarse a la verdad que halla en las demostraciones fácticas, por muy desagradable que ésta pueda parecerle. Hay sociedades que son incurables a corto y medio plazo. Y los principios claros y diáfanos casi nunca tienen una aplicación igual en todos los territorios. ¿Debemos renunciar entonces a defender dichos principios? De ninguna manera. Os pondré un ejemplo. Imaginad una sociedad llena de muyahidines y repleta de fanáticos religiosos (en realidad no hay que imaginar mucho). Esta sociedad no se puede cambiar de la noche a la mañana; tal vez no consigamos darle la vuelta jamás. Pero no podemos dejar de intentarlo; no podemos renunciar a la lucha que nos enfrenta a la barbarie solo porque ésta no tenga visos de solucionarse a corto plazo. Está demostrado que algunas sociedades acaban evolucionando a mejor, y a eso debemos aferrarnos todos los días. Y en cualquier caso, debemos defender nuestras libertades básicas, no porque las podamos aplicar, que no podremos siempre, sino porque es lo único que garantiza el máximo grado de justicia, y la única forma que tenemos de preparar un futuro mejor; más abierto. Al fin y al cabo, como se suele decir, el precio de la libertad es su eterna vigilancia.

Ahora les pondré otro ejemplo más complicado. Imaginen que la sociedad ya ha evolucionado, y se respetan y aceptan por término general todas las normas cívicas que han florecido al socaire de esa normalización. Pero imaginen ahora que en esa sociedad existieran algunos clanes que no quieren seguir las mismas pautas que los demás. ¿Cómo podemos obligar a todas esas familias a cambiar sus costumbres sin atentar contra su libertad? En primer lugar, tal vez debamos empezar por asumir que no podemos, como tampoco podemos erradicar la delincuencia de forma completa. Pero esto no obsta para que sigamos luchando contra ella. Ahora bien, imagínese que esas familias siguen las normas cívicas cuando se trata de respetar a los demás, pero dentro de su comunidad llevan una vida completamente distinta. ¿Podemos intervenir en dichas comunidades para salvaguardar a todos aquellos menores inocentes que seguro nacerán en esas familias? ¿Podemos impedir que sean adoctrinados al objeto de convertirlos en futuros delincuentes, reduciendo su condición de personas libres y también la de todos aquellos otros que acaben teniendo a su cargo? En estos casos, muchos liberales afirman que no es posible. Ahora imaginen un caso similar. Hay mujeres que ejercen la prostitución de forma voluntaria. Pero la mayoría han sido captadas por mafias que comercian con sus cuerpos (desgraciadamente esto tampoco es difícil de imaginar). ¿Podemos prohibir cualquier tipo de lenocinio con objeto de garantizar la vida y la libertad de todas las mujeres que son obligadas? ¿Podemos prohibir toda forma de prostitución, aunque ello implique también la abolición del derecho que tiene cualquier persona al uso libre y consentido de su propio cuerpo?

Todos estos supuestos, y algunos más, ponen de manifiesto lo difícil que es convertir un principio real y necesario en un código de conducta que consiga aplicarse correctamente en todos los casos particulares. Por eso yo tiendo cada vez más a pensar que no debemos movernos por la vida como si ya tuviéramos todo resuelto, simplemente porque hayamos encontrado un principio general que se puede implementar en todas las cosas. Ahora bien, tampoco creo necesario que debamos negar ese principio, simplemente porque no lo podemos aplicar.

Ahora usemos estas reflexiones para dilucidar un caso particular realmente grave: las tradiciones que caracterizan a la religión islámica. El burka es hoy en día el signo más claro de la opresión masculina que se ejerce sobre las mujeres, y del estado de denigración que estas acaban padeciendo cuando amparan o se someten a ese tipo de costumbres. Cualquier persona en su sano juicio sabe que eso no debería ocurrir. Pero resulta imposible prohibir de la noche a la mañana una costumbre que presenta un arraigo tan fuerte. Tampoco podemos ejercer dicha prohibición sin afectar al mismo tiempo a la libertad de aquellas personas que han interiorizado esas costumbres tanto que ya no quieren enseñar el rostro, aunque no tengan obligación de llevarlo tapado. No podemos. Las mujeres son objeto de una situación lamentable, y su actitud favorece que el día de mañana sus hijas repitan el mismo comportamiento. Por lo tanto, en cierta medida las están condenando a una vida de esclavitud claramente injusta. Nuestros principios nos aseguran que la ley islámica juega en contra de las libertades más básicas de las personas. Pero no podemos imponerlos en aquellos países en los que un amplio sector de la población tiene el yugo metido en el tuétano. Su aplicación es realmente complicada. Pero, ¿vamos a desistir por ello de actuar?, ¿dejaremos que las mujeres se paseen por las calles de nuestras propias ciudades enfundadas en una mortaja que las convierte irremisiblemente en seres inferiores?, ¿permitiremos que todos los hombres se salgan con la suya con tal de no ir en contra de ese porcentaje de mujeres que acepta la condena de forma voluntaria? Tal vez no podamos prohibir completamente el burka, en todos los ámbitos y espacios de la vida, pero si podemos poner trabas a su utilización. Lo que no debemos hacer en ningún caso es reivindicar ese atuendo como si formara una parte incuestionable de la estatua de la libertad.

Todo principio parte de un enunciado sencillo, pero luego suele tener una difícil aplicación. No obstante, eso no quiere decir que tengamos que renunciar a dicho presupuesto, quedándonos de brazos cruzados. Si el hecho es muy grave, caso del burka, es posible correr el riesgo, y cercenar la voluntad de algunos individuos, si con ello impedimos la extensión de un mal mucho mayor. Es decir, me da igual que algunas mujeres que llevan el burka con absoluta libertad tengan que dejar de hacerlo, si con ello conseguimos liberar a todas aquellas que no lo llevarían si pudieran (que a mi entender son muchas más). Y esto no es ir en contra de nuestros principios, sino admitir que los mismos tienen una aplicación costosa, y que tendremos que sacrificar algunas libertades personales para poder administrar una mayor justicia. Como ninguna aplicación es perfecta, habrá situaciones concretas en las que se impida la acción libre y legítima de un sujeto en particular. Pero no queda alternativa. A veces hay que asumir algunos costes marginales para evolucionar como sociedad y mejorar la vida.

La insistencia en un progreso común puede hacer que algunos te acusen de practicar el colectivismo, o peor aún, que te digan que eres un marxista cultural. Pero existe una diferencia clara entre aquellos que defienden una colectivización absoluta y aquellos otros que defendemos la colectivización de los principios que pretenden extender la libertad para todos los hombres o para una mayoría de ellos. Existe un nivel social por encima del individuo, cuya organización requiere a veces que se sacrifique la libertad de algunos miembros, si con ello conseguimos el bien de todos los demás. Y no me refiero a la libertad básica e innegociable que todos tenemos por el mero hecho de existir. Me refiero a esa libertad que algunos utilizan para amparar un comportamiento que, en términos generales y objetivos, supone un menoscabo de la sociedad como conjunto.

El libertario tiende con frecuencia a excederse en su valoración del principio de la libertad individual, suele construir un sayo a medida de su cuerpo, piensa que solo existen individuos, que no existe ningún nivel superior, que siempre y en todo momento es el individuo el que debe decidir lo que quiere hacer con su vida, que solo la voluntad de éste debe determinar sus acciones o sus omisiones, y en definitiva, que los principios que regulan sus actos tienen un trasunto de aplicabilidad semejante, tan sencillo como las propias prerrogativas que componen el enunciado. Si acaso le dices que a veces hay que sacrificar a un individuo por el bien de la comunidad, enseguida te tachan de marxista. Pero existe una diferencia muy clara entre aquellos comunistas que buscan un bien superior basado en la idea de la eliminación de cualquier acto o decisión  individual, y aquellos otros que, comprendiendo lo complicado que es la implementación social de un principio dado, observan la necesidad de sacrificar algunas libertades individuales para que, en último lugar, todos podamos ser más libres.

No niego que existan algunos pocos casos en los que la mujer musulmana es completamente libre para hacer lo que quiera, sin unos padres y hermanos que la matarían si decidiese quitarse el velo y ponerse a bailar. Pero no voy a tomar la parte por el todo. Si para que la mayoría de mujeres y niñas (sobre todo niñas) sean liberadas de esa obligación abyecta, yo tengo que impedir que algunas mujeres lleven el burka de forma voluntaria, no voy a ahorrar esfuerzos en conseguir eso. Si algún día la religión musulmana se convierte en algo parecido a la religión católica, yo defenderé que las mujeres que quieran lleven el burka o el burkini los domingos y festivos, o el día que les dé la gana. Mientras eso no ocurra, se lo niego incluso a aquellas que estarían usándolo hoy de forma voluntaria. Y no ahorro calificativos para denunciar a aquellos que, por defender la libertad, condenan a un porcentaje de la población a una situación peor que la de cualquier animal.

Si acaso denuncias una tradición cualquiera que no sea la tuya, algunos te suelen acusar de conservador, en un alarde y una extrapolación absurdos. Que yo critique la cultura musulmana no implica que defienda la mía en todos los aspectos, o que lo haga por el simple hecho de que sea mía. También me acusan de ser colectivista y socialista. Hay incluso algunos que me han llamado republicano o marxista cultural (risas). Todas estas admoniciones acusan una falta de entendimiento completa. Yo critico el burka porque me parece una abyección que va contra los principios más esenciales de la libertad individual. Por tanto me estaría moviendo dentro de los límites de los derechos básicos que tienen todos los individuos. En absoluto quiero una colectivización al estilo del socialismo, que reclame la eliminación de todas las injusticias y diferencias sociales por la vía de la imposición. Yo no confundo la moral personal con la política y la legitimidad. Sé que son dos cosas bien distintas, que el hecho de que a mí no me guste algo, no me da derecho a imponérselo a nadie (esto es tan evidente que casi me da vergüenza tener que recordarlo). Lo que ocurre es que yo considero que las imposiciones a las que somete la cultura musulmana a la mujer no forman parte de la moral personal de nadie, sino que entran en conflicto con el código ético de valores universales que protegen nuestros derechos más esenciales.

También suelen decir que la prohibición del burka no es legítima en la medida que utiliza un código jurídico que castiga a las personas ante la previsión de que puedan cometer algún delito en el futuro. Pero esto no es verdad. La mujer que acepta y defiende su uso no es una maltratadora en potencia. Todo lo contrario, el burka es un acto delictivo en sí mismo, y es el resultado de siglos de dominación masculina. El problema de algunos liberales es que no incluyen la lucha contra el maltrato de la mujer musulmana dentro de los principios más inalienables del ser humano. Su principal problema es que solo ven el aquí y el ahora, y se basan únicamente en la voluntad momentánea de un individuo o un grupo en particular. Para ellos, casi vale cualquier cosa con tal de que alguien la defienda para sí, o la quiera para su familia.

Hay algunas cosas que me sorprenden sobre manera en la actitud que adopta el liberal de hoy en día. Si es el Estado el que condena a la sociedad a una vida de indignidad, entonces el Estado debe desaparecer. Pero si la iniciativa no proviene del Estado sino que son las familias o la propia sociedad la que abraza unas costumbres denigrantes para algunos de sus miembros, entonces el liberal se envaina la espada y sacude el estandarte de su bandera para salvaguardar esa supuesta libertad. Que la mayoría de gente adopte un comportamiento borreguil y asuma resignado el papel que juega el Estado en sus vidas, esto le parece al liberal muy malo. Pero si una persona acepta las coacciones que le vienen impuestas desde el ámbito privado, verbigracia la familia musulmana, entonces resulta que es un acto legítimo de absoluta voluntad.

También me resulta curioso que la mayoría de liberales no acepte que existen algunos principios simples absolutos, en aquellos casos en los que sí habría razones para admitirlos (por ejemplo, al hablar de filosofía y apreciar los hechos apodícticos que ratifican los axiomas) y luego pretendan aplicar sus ideas en un contexto sumamente complejo sin el menor atisbo de duda, basándose en un único principio sencillo y claro, y suponiendo una ejecución inmaculada (por ejemplo, cuando usan el principio de la propiedad privada para solucionar todos los dilemas sociales).

Propongo que analicemos el problema con más detalle. En virtud del condicionamiento al que se vean sometidas las personas y la extensión de los efectos que provoquen, las acciones de los individuos pueden ser de varios tipos distintos. A groso modo, diferenciamos dos clases. Las acciones individuales serán correctas en el caso de que se basen en la voluntad de los individuos que las acometen y siempre que no provoquen graves perjuicios a terceros. Y serán totalmente reprochables cuando no cuenten con el beneplácito y la aceptación de los demás, o cuando obliguen a alguien a realizar actos no consentidos, o cuando provoquen grandes daños a terceros. En estos dos casos, no existe problema a la hora de determinar qué actos se deben castigar y cuales permitir. Pero hay una zona gris que es motivo de continua disputa, incluso entre aquellos grupos más proclives a defender la libertad del individuo. Dichos casos se dan cuando una persona decide voluntariamente provocarse a sí misma un daño aparentemente inadecuado para ella, que le produce alguna incapacidad o desmedro de sus facultades como ser humano. Aquí ya no estamos hablando de una acción que busca satisfacer alguna necesidad palmaria, o procurar algún beneficio material objetivo (una acción evidentemente correcta). Tampoco hablamos de un acto claramente maligno, que someta la voluntad de terceras personas. En estos casos, se mezcla la decisión absolutamente libre del sujeto en cuestión con la promoción de un daño aparentemente innecesario e injusto. Por ejemplo, ¿es legítimo que alguien se quiera cortar un dedo? ¿Deberíamos permitírselo? Un caso así es lo suficientemente extraño como para que no nos importe demasiado. Ese supuesto no debería ser contemplado por ninguna legislación. Cabe únicamente que el individuo sea considerado enfermo mental y tratado en un psiquiátrico. En estos casos tampoco existe un debate político demasiado enconado. Ahora bien, las cosas se complican si el sujeto en cuestión se automutila bruscamente buscando alguna satisfacción oculta que pasa desapercibida para los demás. Pero este es otro motivo para no intervenir. Algunas veces no comprendemos cómo alguien puede encontrar placer en determinada acción que le perjudica. Sin embargo, el placer existe, y no deberíamos rasgarnos las vestiduras con este tipo de comportamientos. No lo entendemos, pero lo respetamos.

Pero ahora llega el caso más complicado de todos. Una persona se puede sentir bien bajo el yugo que le imponen otros individuos, y vivir feliz en el seno de órdenes extensos que la condenan a una vida de sumisión y aceptación absolutas. En esta situación, no vale que nos limitemos a decir que la persona actúa de forma voluntaria, si detrás de ella hay todo un aparato de coacción que actúa al mismo tiempo para lavar el cerebro de un amplio sector de la población. Aquí tenemos que pararnos a analizar el contexto social (el grupo), o la geopolítica del país, por más que esto les duela a los liberales que defienden al individuo a través de la negación absoluta del Estado y el colectivo.

La prostitución es un acto completamente voluntario. La persona cede su cuerpo a cambio de dinero. El bien que obtiene en dicha transacción es totalmente tangible. No existe violación de ningún acuerdo. Por tanto, no hay motivo para prohibirlo. Lo que no podemos permitir son las mafias que comercian con el sexo y que suelen desarrollarse al calor de las ganancias que reciben de la prostitución. En un plano completamente distinto, también puede haber devotos que desarrollen tanto su fe que decidan ceder voluntariamente parte de su libertad en previsión de un mundo espiritual más satisfactorio. Y también aquí han proliferado sectas y religiones de todo tipo, que se aprovechan de esa creencia para crear un aparato coactivo y obtener un beneficio abundante. Es el caso del islamismo. La pregunta que debemos hacernos aquí es la siguiente: ¿sería conveniente perseguir solo al delincuente, o también hay que obligar a las víctimas para que depongan su actitud? Si obligamos a todas las mujeres musulmanas a quitarse el burka, ¿también debemos impedir que todas las prostitutas trabajen del modo que lo hacen? Casi parece un caso irresoluble. Uno no quiere impedir que las mujeres ejerzan libremente la prostitución, sin proxenetas que las dirijan. Pero le subleva esa visión de algunas musulmanas paseándose por las calles de las ciudades occidentales, cubiertas hasta la coronilla, víctimas de unas costumbres religiosas absurdas y retrógradas. No obstante, hay que reconocer que, tanto las prostitutas como las musulmanas, pueden estar ejerciendo un acto que a priori parece completamente voluntario. En los dos casos hay una maquinaria detrás constituida por un amplio núcleo de población (las mafias y las escuelas islámicas) que está obligándolas a actuar de determinada manera. Pero también es cierto que, sin este núcleo coactivo, existirían algunas mujeres que optarían libremente por prostituirse o por enfundarse el burka, según fuera el caso. El problema es saber si es legítimo impedir de forma indiscriminada cualquier práctica relacionada con la prostitución o la religión, con objeto de perseguir las amplias maquinarias sociales que obligan a muchas mujeres a actuar en contra de su voluntad. Si es el Estado el que está detrás de estas vejaciones, la respuesta inmediata del liberal consiste en impedir que dicho Estado pueda ejercer como opresor. Pero cuando se trata de clanes y de costumbres privadas la cosa cambia. Ciertos libertarios tienden a pensar que toda acción individual es digna de ser respetada, aunque ello derive en un sometimiento voluntario general. Por tanto, acaban creyendo que tienen que defender su legitimidad.

Con todo, existen algunas diferencias importantes entre un grupo de mafiosos del sexo y un clan religioso. Para empezar, lo que se intenta perseguir en uno y otro caso no tiene nada que ver. Aunque las personas pueden querer de manera individual avanzar o retroceder, lo que la prostitución pone de manifiesto es un ejemplo de liberación y progreso de la mujer, mientras que lo que pone de manifiesto la práctica de la religión islámica es un claro caso de retroceso. En consecuencia, no es lo mismo impedir todo tipo de prostitución que impedir que todas las mujeres puedan llevar el burka. En segundo lugar, el burka oculta la cara y el cuerpo, y eso puede poner en peligro la vida de los demás. No en vano, los bandidos siempre se han disfrazado con una máscara que les tapaba el rostro. Otra diferencia es que el sexo se practica en la intimidad, mientras que el burka supone una evidente ostentación, convierte la práctica en una apología pública constante, y es un ejemplo nefasto para los demás, y una manera sencilla de adoctrinar a los niños y condenar a las siguientes generaciones. En cuarto lugar, también deberíamos considerar el peligro real. La sociedad de hoy en día no está tan amenazada por las mafias explotadoras y los proxenetas como por aquellas religiones que buscan infiltrarse en la sociedad al objeto de cambiar por completo las costumbres de la civilización occidental.

Como he dicho al principio del artículo, conviene no quedarse en el mero acto voluntario, como hacen muchos liberales que justifican cualquier acción individual, y analizar también el contexto en el que nos movemos (el colectivo). Pues bien, el análisis del mismo nos lleva a determinar algunas diferencias claras. Los proxenetas y los muyahidines no forman grupos equivalentes, y por tanto no cabe considerarlos por igual. Esto me lleva a pensar que la prohibición o penalización del burka en los espacios públicos es una medida más legítima y necesaria que la proscripción de la prostitución. Analizar su armonización y aplicación no es un acto punible, es en todo caso un deber moral.

No hay duda de que la práctica de la prostitución y el uso del burka coinciden en el hecho de que existen algunas mujeres que seguro decidirían practicar uno y otro aun en el supuesto de que no existiese un aparato de coacción detrás, lo cual hace conveniente que consideremos su posible aprobación. También coinciden en el hecho de que hoy en día ambas prácticas tienen detrás un potente sistema de represión. Pero el burka conlleva una serie de consideraciones que no tienen cabida en el caso de las mafias de la prostitución. Las masas que jalean a Alá no son ni tan siquiera parecidas a aquellas otras que se dedican a extorsionar a las meretrices y comerciar con su sexo. Tenemos que exprimir al máximo nuestro análisis de los colectivos y los contextos sociales para poder aportar algunas soluciones a esas zonas grises de las que hablábamos más arriba, con las que se intenta definir el ámbito de actuación de la libertad individual. Es decir, si afirmamos que no podemos quedarnos en el plano del individuo, y que tenemos que estudiar su realidad contextual, decimos también que nuestro análisis debe ser suficientemente exhaustivo, y que tenemos que describir las diferencias que separan y clasifican a los distintos colectivos. Por eso tiendo a pensar que no es lo mismo suprimir la prostitución que eliminar el uso público o privado del burka.

En Estados Unidos se ha prohibido el lanzamiento de enanos porque eso denigra al individuo, y nadie ha salido a criticar esa medida. Pero el burka no se considera que denigre a nadie, y muchos son los grupos que quieren aprobar su uso. El individualismo metodológico, en el contexto del hombre, afirma que el individuo humano, así como todas sus acciones, deseos o iniciativas, son la base de la estructura de una sociedad. Pero esto no quiere decir que todas las acciones estén legitimadas. Hay acciones que promueven la libertad ajena. Estas constituyen la esencia más radical del individualismo metodológico. Pero algunas otras violan ese respeto a la libertad del prójimo y atentan contra la naturaleza del propio principio, en cuyo caso no se pueden permitir.

También existe un tercer tipo de acción, más sutil, que no trata de limitar la libertad ajena, sino que se ensaña con la propia. En principio, esas acciones deben estar permitidas siempre que no atenten contra la voluntad individual ni colectiva de nadie: cuando estén totalmente consentidas por la propia persona y cuando no signifiquen un peligro real para la sociedad en general, presente o futura. A veces una persona adulta puede limitar voluntariamente su libertad sin que esto suponga riesgo alguno para la libertad de los demás. Por ejemplo, unas monjas de clausura que se encierran a rezar y hacer pasteles en un monasterio de la sierra. Pero en otras ocasiones la autoimposición conlleva también la difusión de una doctrina comunitaria altamente organizada, en cuyo seno se practican y se imponen todo tipo de vejaciones. Por ejemplo, una secta dañina no puede estar permitida, aunque todos los miembros de la comunidad sigan sus preceptos de común acuerdo. Considero que la religión musulmana, tal y como hoy en día está planteada, puede catalogarse como secta dañina. Habitualmente, consideramos que una organización es sectaria cuando coinciden dos requisitos. En primer lugar, debe estar compuesta por un número más o menos reducido de miembros, y además debe ejercer un efecto dañino sobre los mismos. Pero, de las dos, solo la segunda condición me parece realmente relevante. En realidad, el tamaño es lo de menos. Todo lo contrario, cuanto más grande sea la secta, más peligro entrañará.

Una persona puede ser libre a título personal o como parte integral en un colectivo social. Y a veces estas dos formas de libertad entran en conflicto. Por ejemplo, cuando la persona actúa libremente pero la resultante de sus acciones daña a terceros. En ese caso se pone en riesgo la libertad de la sociedad como colectivo. Y ese daño no tiene porque llevarse a cabo de forma directa, a través de una acción producida en el presente contra alguien en concreto. Se puede ejecutar por medio del adoctrinamiento continuo de menores, por medio de la apología que supone la propia práctica, o con motivo de alguna reivindicación espuria. La defensa de una tradición o una religión arraigadas en la sociedad puede hacer que parezca legítima cualquier acción individual. Y es aquí donde se aferran todas aquellas actitudes o leyes que, en los países occidentales, quieren pasar por liberales.

El burka no se usa con ocasión de un motivo especial, ni tampoco es una prenda que libere a la mujer en términos objetivos. Puede parecer que su prohibición atenta contra la libertad de algunas personas, y que por tanto debería permitirse su uso. Quienes así opinan, obvian que esa libertad de vestimenta ya viene laminada de antemano, con el uso general que se hace del burka. La libertad no consiste en respetar toda acción individual, y tampoco consiste en respetar cualquier acción presente que no atente de manera directa contra nadie. Estamos de acuerdo en que esta regla nos sumerge en un ámbito de tinieblas y de tierras movedizas, donde puede resultar complejo definir qué acciones atentan contra otros individuos. Será conveniente que apliquemos entonces una lógica difusa o borrosa, la cual no siempre garantizará la libertad de todas las personas (a veces es necesario restringir la privacidad para incrementar la seguridad y para hacer posible la convivencia). Y habrá algunos casos especialmente graves y excepcionales, en los que no nos puede temblar la mano a la hora de aplicar dichas medidas. Huelga decir que el Islamismo me parece uno de tales.

Una de las formas más ladinas de conseguir la anulación del otro, y la dominación de un gran número de personas, consiste en defender las costumbres y las tradiciones, esto es, todos los comportamientos que adopta un adulto como resultado del adoctrinamiento infantil al que ha sido sometido en el pasado. En este caso, se usa a los niños para afirmar que no se está atentando contra la libertad de nadie, ya que el menor no goza de los mismos derechos y responsabilidades que un mayor, y pareciera que se le puede inculcar cualquier costumbre que defiendan sus padres. También se usa la libertad de credo para justificar cualquier barbaridad. Y por último, también se utiliza la libertad en sentido lato, la escusa de que el comportamiento en cuestión no atenta contra la libertad de terceros. Pero a veces esa acción puede proceder de manera sutil e indirecta, y constituir un peligro mucho mayor. Puede llevarse a cabo por medio de una apología pasiva y una aceptación tácita y sumisa que respalde y oculte las verdaderas intenciones, como ocurrió en la Alemania nazi. Estas formas indirectas de tiranía solo resultan graves cuando hay detrás un aparato de dominación bien organizado. El caso de la religión islámica es hoy en día el único ejemplo que se me ocurre para describir dichos fenómenos.

La prohibición del burka no va a solucionar el problema del islamismo en las sociedades occidentales, pero es una medida a tener en cuenta, tal vez el primer signo de un cambio en la política mojigata de Occidente. Y en cualquier caso, es lo menos que podemos hacer para combatir un problema que amenaza los principios más esenciales de nuestra sociedad. Después de tantos siglos de lucha y tantos muertos, quizás la actitud más absurda, ingenua e irresponsable sea la de aquellos libertarios anarcocapitalistas que piensan que nada hay que hacer para defender esa situación alcanzada, esto es, que no se requiere de ningún Estado para proteger las leyes y los derechos básicos, y que solo hay que dejar que los individuos actúen.

Casi todos los problemas provienen de obviar algún nivel jerárquico de la realidad, y el problema es mayor en la medida en que el nivel que se ningunea sea más básico. Los socialistas solo enfatizan el nivel superior, la igualdad absoluta de todas las personas, y el colectivo como única unidad. Ellos ningunean el nivel del individuo humano, y al hacerlo contraen uno de los mayores errores que se pueden cometer a la hora de valorar la realidad social. Pero los liberales tampoco quedan libres de culpa. En su caso, enfatizan tanto el nivel del individuo humano que tienden a negar cualquier nivel superior. Así, Anxo Bastos, Huerta de Soto, y toda la cohorte de anarquistas que les acompaña, vienen a decir que solo existen individuos, y que el Estado es poco menos que una entelequia. Pero, como quiera que todos los niveles existen, el error, mayor o menor, que cometen socialistas y liberales, supone una omisión que tiene un claro trasfondo de falsedad. Los socialistas, al negar uno de los niveles más básicos que existen, detienen completamente la evolución del sistema. Si se aflojan y se eliminan todos los tornillos de un coche, éste deja de funcionar en el acto. Por su parte, la eliminación de los liberales no es tan grave. Ellos conservan todos los tornillos y engranajes, pero subestiman el chasis. Exaltan las capacidades y funciones de las partes individuales, pero niegan la sociedad como conjunto y obvian algunas funciones que se adscriben a este nivel. Por ejemplo, la garantía de seguridad y libertad de todos los individuos. Todos aquellos principios que capacitan al vehículo para continuar rodando. El chasis no es tan importante como los tornillos. Un coche puede seguir circulando sin chasis. Pero existen algunas funciones de integración e integridad que solo puede cumplir ese elemento. La seguridad del coche se pone en riesgo si le quitamos el chasis.

Existen liberales que llegan a valorar tanto al individuo humano que piensan que todo en la naturaleza consiste en festejar y favorecer su existencia y su reproducción (algunos objetivistas seguidores de Ayn Rand caen en este tipo de equívocos, la propia Rand pensaba que la prostitución era inmoral por el mismo motivo). De esa manera, llegan al punto de creer que el sexo tiene exclusivamente una función reproductiva y que solo es válido en tanto en cuanto exista también amor y se creen vínculos familiares. Otros liberales llegan a pensar que el sarasa es un enfermo mental y que la homosexualidad es una disfunción grave que incapacita al hombre para reproducirse y tener descendencia, lo que, según ellos, pone en duda su existencia individual y también su libertad. En este caso, enfatizan tanto el nivel jerárquico de la persona individual que se olvidan de otro nivel mucho más básico: los genes. La unidad trasmisible y reproductiva más elemental no es el individuo humano, sino el individuo genético, el gen propiamente dicho. Por tanto, las estrategias de la naturaleza pasan a veces por impedir la reproducción del individuo animal para favorecer la de las entidades que este porta dentro de sí. Es lo que ocurre con la selección de parentesco. En ciertos casos, es más conveniente que los hermanos ayuden a criar a los hijos de sus progenitores y que se abstengan de reproducirse ellos. Esto se debe a que hay más probabilidades de éxito genético si los individuos colaboran para sacar adelante a sus hermanos de sangre, que si intentan reproducirse por su cuenta. Al hacer esto están favoreciendo la extensión de un buen porcentaje de sus propios genes, que también habitan en el interior de sus hermanos. Y, aunque la reproducción de uno mismo favorece indudablemente la multiplicación de un mayor número de genes propios, en ciertas circunstancias ambientales o sociales, por ejemplo cuando la probabilidad de fundar una nueva familia es muy escasa, ya sea porque no hay parejas, porque no existe espacio, o por cualquier otra cuestión, es mejor una estrategia que asegure al menos que un porcentaje de genes (los que trasmiten tus hermanos) pueda multiplicarse y diseminarse con éxito. La selección de parentesco reafirma la idea de que existen distintos niveles de jerarquía y que no vale considerar solo alguno de ellos. Todos cuentan a la hora de armar un sistema y hacer que funcione y progrese, y contarán más o menos en función de las circunstancias y el contexto social o natural en el que nos encontremos. Y esto es aplicable tanto a la hora de estudiar una célula como a la hora de conseguir que una sociedad humana funcione y progrese con mayor celeridad.

La homosexualidad humana podría haberse desarrollado también como una estrategia adaptativa, para favorecer la permanencia y consolidación, ya no de una familia, sino de una tribu o comunidad entera. En este caso, el sacrificio reproductivo de algunos individuos (los homosexuales) podría servir para que estos invirtieran su tiempo y sus energías en otros menesteres, se convirtieran en chamanes, estudiosos de las plantas medicinales, expertos en conflictos, etc.… y dieran a su comunidad una ventaja adaptativa como colectivo que hiciera que esta prevaleciese sobre el resto, contribuyendo a extender los genes comunes de dicha sociedad y por supuesto también los de cada uno de sus miembros.

Lo que estos ejemplos ponen de manifiesto es que hay que tener en cuenta todos los niveles jerárquicos, todos cuentan a la hora de concitar el conocimiento de un sistema, y cuentan más en la medida en que sean más básicos. Los liberales hacen bien en reivindicar la libertad del individuo humano, pero harían mucho mejor si tuvieran en cuenta también los demás niveles. Y el socialista haría un gran favor a la especie humana si se olvidara de preponderar el nivel menos básico de todos: la jerarquía colectiva y el conjunto de la humanidad.

Lo que pone de manifiesto la selección de parentesco es que a veces es más conveniente atender a un nivel jerárquico inferior al del ser humano (los genes individuales). Por su parte, la homosexualidad nos lleva a pensar que puede haber casos en los que las investigaciones solo obtienen resultados o explicaciones plausibles cuando atendemos a un nivel jerárquico superior (los colectivos y las tribus). Estos ejemplos deberían hacer recapacitar al extremista liberal que se niega a aceptar otro nivel que no sea el del individuo humano.

Los libertarios tienden a moverse por maximalismos, suelen obviar esas soluciones colectivas que, aun considerando los derechos individuales, observan también algunas medidas comunes necesarias. Por querer defender al individuo, algunos liberales acaban pasando por alto ciertas actitudes que denigran a las personas. Por querer proteger la libertad de algunas musulmanas, acaban con la sociedad que, acaso con mucha dificultad y sudor, han ido levantando poco a poco. Por observar solo el nivel individual, y el derecho de algunos individuos a portar la vestimenta que les dé la gana, acaban obviando la universalidad de los derechos que como colectivo debemos disfrutar todos los seres humanos. Igual les ocurre a los socialistas, que, por observar solo la importancia de la sociedad como colectivo, obvian todas las partes individuales que la constituyen. Considero que estas sinécdoques en las que incurren los liberales (al tomar la parte por el todo), o los comunistas (al tomar el todo por la parte), constituyen la figura retórica que, dentro del pensamiento intelectual, más ha influido a la hora de contravenir y malinterpretar los principios que han contribuido a construir las sociedades libres que hoy podemos disfrutar. Estas sociedades serán más frágiles en la medida en que se dejen arrastrar por estas interpretaciones falaces.

Si yo no me dirijo a un anarcocapitalista designándole con el nombre de anarcocomunista, ¿por qué diablos un anarquista de mercado me llama a mí, que soy minarquista, socialista o colectivista? Simplemente, creo que no entiende que existe un nivel de ordenación superior, que también debería ser considerado. Lo tomo como otra prueba más del simplismo y la falta de discernimiento que suele afectar al anarquista (de mercado). En su caso, solo existen individuos. Así que si alguien se atreve a nombrar al Estado, está significándose claramente a favor de aquella misma entelequia que sirve a los comunistas para dominar el mundo. Y sin embargo, el Estado existe, existe el colectivo y existen los conjuntos, y obviar esta realidad conlleva a veces un problema casi tan peligroso como promover el comunismo. Si acaso uno piensa que el Estado es el único enemigo a batir, y que el ámbito privado y las familias constituyen un orden espontáneo legítimo siempre, se encontrará un día que ese orden se ha convertido en un monstruo mucho mayor que el Estado que habría podido tener. El colectivo es una realidad ineludible, y lo mejor que podemos hacer es tratar de restringir o dirigir sus fuerzas, para que respete las libertades individuales, y no olvidarnos de él y consentir que otros, con peores intenciones, acaben monopolizando esas energías, y convirtiéndolas en una secta de millones de individuos y esclavos voluntarios. Todo lo que contribuya a que esto no suceda deberá ser tomado como algo bueno, aunque al principio haya que laminar la libertad de algunas entidades. En otras palabras, me niego a respetar la libertad de aquellas mujeres musulmanas que deciden someterse voluntariamente a la religión y a su marido, si para ello tengo que respetar también unas tradiciones y unas costumbres que, en el plano general, persiguen la dominación y el sometimiento de toda la sociedad. Lo diré más claro todavía: me niego a aceptar el Islamismo y respetar todas sus costumbres, aunque ello me lleve a prohibir que la gente se vista como quiera. El islam es una religión que aspira a dominar el mundo y a imponer la ley de la Sharia en toda la Tierra. No existe hoy en día otra religión que tenga las mismas pretensiones, ni un problema mundial más grave que este. Pasar por alto estas cuestiones, solo porque se quiere proteger el derecho particular que tienen algunas mujeres a decidir la ropa que desean ponerse, me parece una irresponsabilidad absoluta, fruto de un esnobismo intelectual sin precedentes, del que tendremos que dar buena cuenta cuando sucumbamos como civilización.

El libertario se fija en el dedo cuando le señalan la Luna, el árbol no le deja ver el bosque, su obsesiva defensa del individuo le convierte a veces en esclavo de los detalles y las nimiedades, y en un completo ignorante en materia de geopolítica y relaciones internacionales. Su negativa a aceptar cualquier forma de gobierno estatal, tal vez le haga padecer en el futuro un Estado mucho peor, que no tenga contemplaciones a la hora de cortarle la lengua o arrancarle la cabeza.

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