El Juez Ricardo González: un llamamiento a la razón en medio del desierto


La sentencia particular con la que se ha desmarcado el Juez Ricardo González en el caso de La Manada, contradiciendo a las otras partes intervinientes, es un ejercicio jurídico impecable, pero también un grito en el desierto. Contrasta con el testimonio contradictorio de la víctima, con los malabares de la sentencia del tribunal, y por supuesto también con el sentir mayoritario que manifiesta la turba de feligreses que han asaltado las calles de las principales ciudades de España.

La sentencia judicial que han emitido los otros dos jueces es en sí misma un atentado contra la razón más básica, alentado desde las calles por una jauría compuesta por millones de personas disminuidas psíquicas, llevadas por la fe, que son incapaces de seguir una simple cadena lógica de razonamientos, reflejo de una sociedad irracional, beoda y desenfrenada. Al lado de esta masa amorfa de gente enloquecida y sedienta de sangre, el hecho sexual que se juzga en la sentencia parece más bien un acto cometido por una carmelita mojigata que lo que verdaderamente ha sido. La condena se ha basado en el único testimonio de la víctima, el cual se contradice desde el primer momento, cuando la afectada declara ante la policía que había sido obligada a caminar con los condenados, viéndose luego en las imágenes que no fue así. La parte mayoritaria del tribunal (que ha condenado a los acusados) hace verdaderas cabriolas para justificar sus argumentos, como cuando dice que la chica agarró el miembro de uno de los denunciados para no desequilibrarse. En los vídeos no se aprecia forzamiento alguno, todo lo contrario. Parece que la mujer se aferra a los acusados mientras les besa las partes pudendas, por atrás y por delante. Además, hay motivos sobrados para pensar que la víctima denunció la supuesta agresión impulsada por un prurito que no era el de hacer trascender la verdad, porque le robaron el móvil, porque podía verse expuesta al escarnio público cuando todos viesen las imágenes, porque la dejaron tirada en el portal, porque se le pasó el efecto del alcohol. Lógicamente, todas estas suposiciones tampoco prueban la inocencia de los acusados, pero valen por sí mismas para dudar de la narración de la denunciante y absolverlos de inmediato.

Pero no podemos pedir peras al Olmo. España es un erial de victimismo feminista y una pocilga de irracionalidad. La sociedad española es el vivo reflejo del mundo que nos ha tocado vivir, un mundo que solo ha podido avanzar en el último medio siglo a fuerza del trabajo acumulado que ha ido decantando un mínimo porcentaje de individuos ilustrados. La mayoría está tan alejada de la ciencia, la modernidad, la razón, y la coherencia como lo puede estar una lamprea.

Quienes denunciamos esta situación somos acusados de colaborar con los violadores. Mientras, aquellos que nos querrían quemar en la pira, se permiten el lujo de mirar para otro lado cada vez que sale de la cárcel un violador confeso, que al poco vuelve a cometer delito. Los que pedimos la prisión permanente revisable para estos casos extremos de violencia, somos a la vez condenados por aquellos mismos que dejan libres en las calles a auténticos criminales. Estas son las paradojas que tiene la vida. No es algo novedoso. Viene siendo así desde siempre.

Miguel Servet murió quemado en la hoguera a manos de una turba de ignorantes.  Uno tiene la impresión de que no han cambiado muchas cosas desde entonces. Los acusados de La Manada son unos imbéciles mayúsculos si los comparamos con el bueno de Miguel. Pero la parte acusatoria sigue siendo la misma: una manada de fieras apenas más inteligentes que una piedra, que conciben el linchamiento como la única forma legítima de impartir justicia, y que se creen más capacitados que los propios profesionales y testigos. Hoy en día, víctimas y victimarios se han igualado en una suerte de aquelarre general. Existe la sensación de que el mundo avanza cada vez mas rápido, pero parece que eso no es incompatible con el retroceso que sufre el común de los mortales dentro de su cabeza.

No entiendo qué diferencia fundamental hay entre una violación con violencia física y otra con prevalimiento. Lo esencial es el consentimiento y la penetración. Lo que se haga para acceder al cuerpo del otro es secundario. Y la diferencia de tantos años en la pena que se impone en unos y otros casos me parece una abominación. Si se demuestra que has violado a una mujer sin recurrir a la violencia física, la pena se reduce a la mitad. Y sin embargo, a la gente le basta con que la chica diga que la penetraron sin su consentimiento para exigir que la pena se duplique.

Hay algunas cosas en las leyes que me chirrían un poco. Pero no voy a pedir la cabeza de los jueces. Esa es la diferencia que me separa del estado medieval en el que ha caído media España.

No todas las violaciones utilizan la fuerza física como medio de coacción. Pero todas las sentencias tienen que demostrar que ha existido resistencia y forzamiento. Ahora bien, cualquier acceso carnal que no implique forzamiento físico es siempre muy difícil de demostrar. A una mujer le puede interesar practicar sexo con un hombre por muchos motivos, para conseguir otras cosas, y no sería la primera vez que ocurre. Entonces, podemos alegar que el hombre se prevale de esa situación de necesidad y ya tenemos la monstruosidad jurídica: nueve años de condena.

Si no se puede informar de la víctima, tampoco se puede saber si es o no una víctima real. Si la justicia no puede juzgar a las supuestas víctimas, estas dejan de ser supuestas y los juicios se convierten en una suerte de aquelarre moderno en el que solo cabe linchar de antemano a los acusados. El argumento principal que escucho estos días en muchos medios de comunicación afirma que no se puede juzgar el comportamiento o la psicología de la víctima en cuestión, y que esta no tiene necesidad de manifestar su negativa a mantener relaciones sexuales con un varón. Ahora bien, dado que la definición de violación implica necesariamente la falta de consentimiento expreso por parte de la víctima, lo que estos medios nos vienen a sugerir es que no podemos medir ese consentimiento, teniendo entonces que admitir cualquier acusación sobre violación que efectúe una mujer. En definitiva, tenemos que aceptar que todas las mujeres dicen la verdad sin poner en duda su palabra. Hemos llegado al núcleo central del feminismo hodierno: la mujer se ha convertido en la nueva vaca sagrada del hinduismo vaginal, un ser divino al que hay que adorar cada vez que un hombre necesite expiar sus pecados naturales, un demiurgo incuestionable con forma de víctima.

Pero la cosa no se queda aquí. A partir de la sentencia de La Manada, en España se puede condenar a un sospechoso con la única carga de prueba que ofrece el testimonio de la víctima, contradictorio, basado exclusivamente en una percepción subjetiva eventual, la cual, ya no es que no tenga que ser analizada, es que ni siquiera tiene que ser exteriorizada por la propia denunciante en el momento de cometerse el acto delictivo. No se juzgan pues los hechos materiales, se juzga el mundo interior de una persona, su percepción mutable, el abismo de su pensamiento, la emoción intangible. La mujer puede mantener relaciones normales con un hombre y al cabo de un rato sentir en su fuero interno que ha sido violada por él, y correr a la comandancia a presentar una denuncia. No hay hechos. No hay violación. Pero da igual. Todo depende del estado anímico y cambiante de una persona en particular. El relativismo y la irracionalidad acaban de entrar por la puerta grande en el atrio de la justicia.

La vara de medir subjetiva también hace su acto de presencia cuando se trata de juzgar un hecho moralmente repudiable. Me da la impresión de que los acusados no están siendo condenados por violar a una chica. A falta de pruebas, se apela principalmente a su carácter de depravados, a la banalización que hacen del sexo, o a su machismo aprendido. Se mezcla el acto a enjuiciar, objeto de delito, con todo tipo de consideraciones éticas, volviendo a los tiempos en los que el Estado español (franquista) publicaba bandos moralizadores al acercarse el verano, para conservar las buenas costumbres, propiciar la decencia, y prohibir los baños indecorosos.

En un juicio (científico) la deontología investigativa prima siempre sobre cualquier sentimiento particular. Para esa deontología solo cuentan los hechos probados. Se ha señalado que la mujer estaba atemorizada, con los ojos cerrados. Pero ella misma reconoce que no manifestó otra actitud que no fuera esa. Ahora bien, una mujer con los ojos cerrados no es una prueba legal (y tampoco legítima). No se puede juzgar la vida interior de una persona. Si los ojos cerrado valieran por si solos como indicio probatorio en un caso de violación, todos los varones adultos tendríamos que estar encarcelados mañana mismo.

Resulta asombrosa la falta de discernimiento que manifiesta la mayoría de la gente en este punto. Parecen mentes preformadas de adolescentes, incapaces de inducir un simple hecho a partir de otro. Es asombrosa la estampida de irracionalidad que ha desencadenado el proceso de La Manada. Nos ha devuelto a la realidad. Uno es más o menos consciente. Pero cuando se manifiesta con tanta claridad y en un número tan elevado parece que despiertas todavía más. De repente, te das cuenta que vives en una isla rodeada por un océano de amebas y tiburones. Y te invade una cierta sensación de vértigo, una duda existencial que crece dentro de ti devorándote las entrañas. El hombre no tiene salvación. Estamos condenados para toda la eternidad. Pero el infierno no es una catacumba de fuego. Es un pozo de estupidez sin fondo.

La justicia no es una ciencia exacta. Cualquier análisis social conlleva cierta incertidumbre inerradicable. Además, los hombres que se ponen las togas son seres humanos de carne y hueso que cometen errores. Existen imprecisiones, ambivalencias, zonas grises, hechos inverificables. Pero lo que si es completamente seguro es que, si dejamos la justicia en manos del populacho y la gente no profesional, todos esos errores e incertidumbres se van a multiplicar por un factor de mil. De hecho, millones de personas, periodistas, políticos, e incluso algunos abogados, ya están clamando para cambiar la legislación, introducir la perspectiva de género, y de ese modo dejar de juzgar las actitudes de la víctima y centrarse exclusivamente en el comportamiento de los agresores. Es decir, quieren dar la espalda a la realidad, al análisis de todas las partes, a la investigación científica. Quieren que una violación deje de depender del consentimiento y se juzgue en función de la visión sesgada que se tenga de una de las partes implicadas. Si la actitud de las mujeres no importa para determinar si un acto sexual es una violación, cualquier acto sexual puede considerarse una violación. Solo tiene que haber una denuncia.

La jauría feminazi que ha actuado de comparsa en el juicio de la Manada exige como primera medida para cambiar las leyes que se vulnere el que sin duda es el principio más fundamental del derecho: el onus probandi. No quieren que se valore el comportamiento de la víctima. Ahora bien,  si no se puede poner en duda la declaración de la parte acusatoria, no existe presunción de inocencia. Y si no existe presunción de inocencia tampoco hay juicio: no tiene sentido encausar a alguien que ya de antemano se considera culpable. ¿Cómo es posible que millones de personas en todo el país no vean este error fundamental y en cambio se alcen al unísono para exigir la supresión inmediata de una ley jurídica tan importante, origen de todas las demás? Pues es posible: vivimos una Edad Media permanente. A veces se cuestiona la forma que tiene la Tierra o el movimiento que realiza alrededor del Sol. Otras lo que se pone en duda es la presunción de inocencia de todos los ciudadanos. Ahora le ha tocado a las ciencias jurídicas. La inquisición no admite excepciones.

Enlace a un resumen de la sentencia del Juez Ricardo González:

View story at Medium.com

 

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2 respuestas a El Juez Ricardo González: un llamamiento a la razón en medio del desierto

  1. Luis Orlando dijo:

    Desoladora realidad Eladio. Muy bien descrita.

    Me gusta

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