El problema de Dios: ciencia, religión y marxismo


1. Introducción

No hay un tema de conversación que despierte más animadversiones y que genere más controversias que aquel que acontece en torno a la religión y las creencias divinas. Ningún otro asunto humano tiene tantas repercusiones y aristas como éste. Ninguno tampoco ha propiciado tantas muertes y sufrimientos. Y al mismo tiempo, no existe otro motivo de polémica que haya procurado más felicidad y alegría. Por consiguiente, el problema de Dios no es algo baladí; no se resuelve dando un simple bandazo. No consiste únicamente en saber si creemos o dejamos de creer, o si queremos que la religión desaparezca para siempre o que persista por los siglos de los siglos. Tenemos que investigar todos los determinantes sociológicos (culturales y biológicos) del fenómeno en cuestión, todo el estroma de procesos numinosos que operan en nuestras cabezas, y todas las consecuencias morales y prácticas que ocasionan en la comunidad tales procesos. Solo así podremos opinar con conocimiento de causa sobre un asunto tan complicado y controvertido como éste.

El problema de Dios debe incluirse en cualquier caso dentro de un dilema epistémico de índole más general: el problema del conocimiento. Y éste a su vez debe atenerse a las distintas dimensiones de la realidad que aparecen ante nosotros, esto es, a las capacidades que tiene el observador para aprehender el mundo, y a los múltiples significados y funciones que juega la creencia en el ámbito de la cultura popular.

Según esto, debemos empezar dividiendo el mundo en tres partes distintas. Una parte es conocida, otra parte es conocible y una tercera resulta incognoscible. La ciencia y la razón pura se encargan de disponer el conocimiento que compete a las dos primeras secciones. En cambio, la fe se agarra desesperadamente a la última esfera de la realidad: el incognoscible, y a partir de ahí comienza a elaborar su propia narrativa del universo. Solo de ese modo puede concebir un mundo imaginario, irrefutable, e inmaterial. Pero esto no quiere decir que sus elucubraciones carezcan por completo de sentido lógico. El mundo inventado puede disponer también de un orden y unas reglas muy concisas. No obstante, esto no las hace reales.  

La epistemología, por tanto, se articula en torno a tres afirmaciones originales. Están aquellas hipótesis o preguntas que ya han sido demostradas utilizando la evidencia empírica (teorías científicas), aquellas otras que están en proceso de demostrarse (nuevas hipótesis científicas), y unas terceras que no necesitan ningún tipo de probatorio. Dentro de estas últimas tenemos a su vez dos clases más. Están aquellas aserciones que no necesitan demostración alguna, pues apelan a condiciones de posibilidad de la realidad que son de suyo indiscutibles, sin las cuales no existiría nada (filosofía). Y luego están aquellas últimas cuya indemostrabilidad no se debe a que sean proposiciones seguras, más bien al contrario, se debe a que están tan desapegadas del mundo y son tan irreales y ficticias que solo se puede decir de ellas que han sido reveladas por inspiración divina (religión).

Así las cosas, podemos decir que existen tres mundos distintos. El mundo conocido está compuesto de leyes y teorías lo suficientemente demostradas como para poder asegurar que son reales. Dentro del mundo conocible tenemos aquellas otras teorías científicas que aún están por descubrir, y aquellas implicaciones lógicas de la filosofía que todavía no se han desarrollado lo suficiente.

Finalmente, en el mundo incognoscible tenemos dos tipos de posiciones distintas. Están aquellos que inventan todo un universo de ilusiones y fantasmas (teología) y están aquellos otros que simplemente asumen la existencia de un mundo en parte imposible de conocer (agnosticismo o ateísmo). Los primeros se caracterizan por negar el incognoscible, y los segundos por asumirlo. Aunque las religiones se refieran al Misterio cuando hablan de Dios, en realidad poco misterio hay en unas afirmaciones que describen con tanto lujo de detalles lo que les ocurre a las almas cuando abandonan los cuerpos.

En el fondo todos somos creyentes, en el sentido de que todos creemos en la existencia del más allá. La prudencia y honestidad científicas nos impide a algunos imaginar y describir ese mundo inalcanzable, y nos obliga a aceptar unos límites a la razón y una cierta contención gnoseológica. Pero, en cualquier caso, compartimos con la religión el mismo misterio. No obstante, esa misma lógica nos lleva a asumir también la imposibilidad de describir la idiosincrasia concreta que caracteriza a ese universo oculto, lo cual nos hace reacios a aceptar cualquier opinión religiosa. No se puede describir aquello que no se puede conocer. La religión intenta justificarse diciendo que nadie puede demostrar que Dios no existe. Pero la verdad es que la religión nunca se ha contentado con decir que existe un mundo profundamente desconocido. Su razón de ser y su principal reivindicación siempre ha consistido en afirmar que ella es la única que sabe en detalle cómo es ese mundo oculto a los ojos del resto. El primer error lo comete la propia religión al asegurar que sabe tanto. La carga de la prueba entonces siempre recae sobre aquel que realiza una afirmación tan rotunda.

En un acto de estiramiento extremo, podemos aceptar incluso que la revelación divina puede constituir un tipo legítimo de conocimiento. En realidad, la palabra de Dios es indistinguible del sermón que pudiera ofrecernos una comunidad de extraterrestres que llegase a la Tierra. Serían entonces la religión y la ciencia totalmente compatibles. La una nos aportaría un conocimiento revelado por alguna civilización superior, y la otra uno obtenido por nosotros mismos. Pero esta no es la cuestión. De todas formas, cualquier civilización extraterrestre debería asumir también que hay una parte del universo que siempre será imposible de conocer. Dicha imposibilidad es un imperativo categórico que afecta a todos los existentes. La cuestión principal es que la ciencia admite siempre la incapacidad de conocerlo todo, y la religión en cambio asegura que ella (y su dios) ofrece un conocimiento definitivo. En ese sentido, son dos visiones totalmente irreconciliables. Si mañana descubrimos que existe Dios, de nuevo seríamos incapaces de asegurar al cien por cien que ese Ser que ha decidido revelarnos sus conocimientos, no pueda tener por encima otra criatura más omnisciente que él. Aquí la ciencia siempre tendrá razón al mostrarse prudente, y la religión siempre se equivocará. El misterio es inerradicable a la par que indecidible. Nunca podremos saber si no existe algo distinto más allá de lo que en realidad conocemos, ya sea por revelación o por experimentación. Por definición, lo desconocido no se presta a ningún tipo de elucubración.  

La cuestión central no es que los ateos no puedan demostrar la inexistencia de Dios, sino que los devotos no pueden consignar su existencia. Si el conocimiento de la realidad se basara en pruebas de autoridad o afirmaciones arbitrarias relativas al incognoscible, nunca habríamos podido salir del cerco de ignorancia en el que hemos vivido durante tanto tiempo. El valor de la ciencia reside precisamente en esa ética procedimental que busca respuestas claras a preguntas solubles. Y por oposición, el error deontológico de la religión se debe a su empeño por conocer una realidad completamente irresoluble.

2. Incompatibilidades gnoseológicas

De la clasificación anterior podemos extraer tres tipos de cosmovisiones distintas: la científica, la filosófica y la religiosa, todas ellas enfrentadas en mayor o menor medida. El problema de Dios es al fin y al cabo un problema de demarcación: se manifiesta en las fronteras que quedan establecidas con estas tres cosmovisiones.

La ciencia niega cualquier conocimiento que no pueda ser demostrado por medio de evidencias empíricas. Por tanto, sólo admite aquel conocimiento hipotético que puede ser sometido a prueba, y aquellas teorías que ya han sido demostradas con estas herramientas. Por consiguiente, se opone tanto a la filosofía como a la religión.

La filosofía se apoya en aquel conocimiento axiomático que no requiere demostraciones (ficticias o no), pero que tampoco realiza ningún tipo de elucubración religiosa. Se limita a contemplar aquellos principios apodícticos que describen condiciones de posibilidad de la existencia material. La filosofía tiende a aceptar sin problemas a la ciencia como método alternativo (aunque no necesariamente siempre), ya que es fácil darse cuenta de que existen a su vez un gran número de cualidades contingentes que no son de suyo necesarias. La ciencia en cambio es más recelosa, incapaz de comprender que existen algunas pocas propiedades del mundo que no requieren demostración al no tener alternativa.

La religión, aun admitiendo la posibilidad de la ciencia y la filosofía, se aventura a describir aquellas áreas del conocimiento que son de suyo incomprensibles. Y ese es su principal falla: la negación del incognoscible, el tercer tipo de esfera gnoseológica.

Por consiguiente, existirán dos clases principales de enfrentamientos: el enfrentamiento que mantienen la ciencia actual con la filosofía, y aquel otro que se establece con la religión. El problema de Dios se enmarcaría dentro de este segundo choque.

No puede haber compatibilidad entre dos visiones radicalmente opuestas, que se niegan mutuamente. No podemos afirmar al mismo tiempo una cosa y su contraria. O existe el incognoscible, como admite la ciencia, o no existe, como viene a decir la religión. O bien podemos conocer sólo una parte del universo, aquello que demostramos nosotros de forma fehaciente, o bien podemos conocerlo todo, también aquello que se nos revela por obra y gracia del Padre. En este sentido, ciencia y religión son irreconciliables.

Ciencia y religión son como dos púgiles, pueden verse, saludarse, hablar, incluso pueden convivir juntos (en la misma mente), pero arriba del ring solo puede quedar uno. O existe el incognoscible, o no existe. O bien creemos que a la verdad se accede a través de la razón, con análisis tediosos, o bien pensamos que podemos conocerlo todo con simples actos de fe. Las dos cosas son imposibles.

Algunos pensamos que hablar de cuestiones que no tienen sustento en el mundo real es peor que hacerse trampas al solitario. Es inventar un juego nuevo y un paquete completo de reglas, consistente en afirmar que el ganador tiene una escalera de color que nadie puede ver. Es imposible refrendar una jugada con una baza de cartas invisible. No obstante, el incognoscible permanece siempre ahí, dispuesto para todos aquellos que no tengan ningún escrúpulo a la hora de afirmar algo de lo que nunca tendrán constatación firme.

Se puede incluso ser agnóstico manteniendo al mismo tiempo una cierta dignidad. Al fin y al cabo, siempre existirá una parte del orbe de la que nunca tendremos noticia alguna. Pero no es eso lo que hacen todas las religiones. Estas se inventan un mundo paralelo lleno de detalles, escriben libros enteros donde reflejan las características de dicho mundo, y se matan por ver cuál de ellos impone sus reglas a los demás.

La ciencia en cambio dialoga sobre cosas mensurables. La religión aborda cuestiones del incognoscible que jamás podrán ser aprehendidas pero que sin embargo se quieren imponer con la mayor de las contundencias. Apelar a la materia o la energía que permanece desconocida, es igual que no decir nada. Y todavía es más grave querer aportar algo al conocimiento utilizando esa retórica imposible que acostumbra a gastar la teodicea, la cual siempre ha buscado un entendimiento imposible entre la ciencia y la religión.

Podemos hacer una clasificación general de las distintas posturas a las que da lugar la consideración de la religión. Por un lado están los ateos, que no creen. Luego tenemos a los agnósticos, que no se lo plantean. Y finalmente tendríamos a los devotos.

En cierto sentido, el problema de los ateos es parecido al de los creyentes. Ambos niegan un hecho que pertenece al incognoscible y que por tanto no se podría negar ni afirmar. Ahora bien, los ateos juegan con una ventaja que no tienen los crédulos. Como dijo Hume, las grandes afirmaciones requieren siempre de grandes demostraciones. Son los religiosos los que deben justificar sus afirmaciones. Y como no pueden, son ellos los primeros que deben callarse.

La posición agnóstica parece a todas luces la más prudente. Resulta imposible dirimir un problema irresoluble. No obstante, el agnosticismo a veces pone en igualdad de condiciones a ateos y creyentes, lo cual tampoco es demasiado justo. Como acabamos de ver, no es lo mismo afirmar a ciegas que existe un duende debajo de la cama que afirmar en cambio que no existen tales seres. Evidentemente, aunque no podamos comprobar qué es lo que se mueve ahí abajo, está claro a quién tendríamos que dar la razón para no acabar en un manicomio.

Con todo, tal vez la mejor postura sea la que toman los ateos agnósticos, que no creen en Dios pero coinciden con los agnósticos a la hora de afirmar que existe una cierta incertidumbre inerradicable.

En cualquier caso, lo que desde luego hay que rechazar con todas las fuerzas es esa adscripción militante del ateísmo más radical que ve a la religión sólo como un peligro. La religión es un fenómeno demasiado complejo como para querer ver en ella solamente cosas malas. No en vano, la religión desempeña una función adaptativa insustituible. Reviste a las acciones del ser humano de una fortaleza y un tesón que es difícil obtener de otra manera. Amalgama y une a la sociedad para que vaya al unísono cuando debe hacerlo. Y en muchos casos mueve a la caridad y a la compasión más que cualquier otra motivación. Políticas de tierra quemada, como las que quiere utilizar Richard Dawkins, que aboga por eliminar toda forma de religión, aparte de ser completamente inviables, demuestran un discernimiento bastante mejorable.

La religión es un apéndice más de nuestro cuerpo, literalmente. Su supresión eliminaría una parte importante de nuestra fisiología. Es como si intentásemos extirpar las emociones. Tendríamos que arrasar el sistema límbico. Incluso para un ateo sería complicado. Habría que extirparle todos aquellos recuerdos de fraternidad que hubiera dejado la huella religiosa. Y si nunca fue religioso, no obstante todavía habría que eliminar la impronta genética que heredó de sus ancestros.  

3. Compatibilidades mentales

Hasta aquí hemos visto todo el rango de incompatibilidades (gnoseológicas) que se generan cuando enfrentamos la ciencia con la religión. Pero también hemos adelantado algunas compatibilidades. Sin duda, ciencia y religión pueden coexistir pacíficamente en la mente de una única persona. Y también pueden coexistir como fenómenos sociales.

Dentro de los propios creyentes hay a su vez varias especies. Los hay que creen en un dios personificado (estos son los más primitivos). Los hay que quieren usar la física para demostrar a Dios. Los que apelan a un teísmo reformador. Y los que confían en la infinitud del cosmos y en el inerradicable misterio de la vida.

También existen físicos profesionales que han intentado probar la inmortalidad del alma haciendo uso de complicadas fórmulas matemáticas. Tipler, en “La física de la inmortalidad”, trata este tema haciendo uso de lo que él llama el Punto Omega, aquel momento del futuro en el que será posible reproducir todas las circunstancias anteriores y resucitar por tanto a los muertos, por mor de la tecnología y el poder de la ciencia. Pero estas afirmaciones obvian los límites últimos del conocimiento. Es imposible alcanzar un futuro en el que la ciencia haya conseguido superar todos los límites que impone el universo a la propia acción de los hombres. Más coherente me parece esa eternidad a la que se refiere Alex Vilenkin en su libro “Muchos mundos en uno: la búsqueda de otros universos” y que se consigue diciendo simplemente que hay infinitos mundos e infinitas formas de vivir, y que eso hace que de alguna manera sigamos existiendo en alguna parte.

La inmortalidad de Alex no es la de Tipler. La de Alex es espontánea y no implica consciencia por parte del hombre. Viviremos un número infinito de veces, en un número infinito de universos, pero no vamos a tener un registro continuo de nuestras vivencias, y por tanto tampoco vamos a ser conscientes de nuestra inmortalidad, lo cual es como si no la tuviéramos.

Pero el intento más científico y sólido de demostrar la existencia de la vida eterna es quizás el que viene a realizar Ray Kurzweil en su libro La singularidad está cerca, donde anuncia un futuro sin enfermedades, sin vejez, y con unas capacidades humanas aumentadas o sustituidas por la tecnología y la inteligencia artificial. No obstante, para ser justos hay que decir que la inmortalidad de Kurzweil es una inmortalidad de tipo biológico (rejuvenecedora), y por tanto no impide que desaparezcamos también cuando queramos hacerlo (mediante el suicidio), o cuando el universo entero colapse finalmente por efecto de la gravedad, o cuando acabe disuelto en un mar de polvo y átomos dispersos como consecuencia de una expansión infinita.

Hawkins por su parte dice haber demostrado la inexistencia de dios de manera definitiva, lo cual también prueba que los teóricos de la iglesia no son los únicos que confunden ciencia y religión.

El problema científico atiende a una cuestión mensurable, localizada, y previsible. El problema de la religión es que no se ciñe a un análisis comprobable. En cambio, trata de resolver una regresión infinita: ¿que hay más allá de lo más allá que podemos llegar? Para la religión sólo existe su dios. Pero uno siempre se puede imaginar un espacio y un tiempo anteriores o ulteriores a aquellos que tomamos como referencia. La regresión es interminable. La eternidad y el infinito son consideraciones necesarias en cualquier sistema coherente. Si pudiéramos demostrar definitivamente que el universo es finito, el problema podría tener visos de solucionarse. Pero esto es imposible: siempre quedará un halo de misterio que nos llevará a preguntarnos si existe algo más que desconocemos. No hay nada que podamos hacer.

La ciencia siempre busca causas. Pero el infinito por definición no requiere de ninguna causa original. El infinito también es la única forma lógica que podría permitirnos explicar el origen de todo sin tener que acudir a esa otra explicación peregrina que requiere un origen incausado (Big bang). ¿Por qué existe el mundo en lugar de nada? ¿Por qué deberíamos existir nosotros si al principio no había nada? Sin embargo, la eternidad es también bastante incomprensible. Todas las teorías científicas tratan de buscar una solución matemática para que los resultados de sus ecuaciones no adquieran valores infinitos (la mecánica cuántica es una de tales). Así, llegamos a la conclusión de que, tanto la concepción del infinito, como la idea de finitud, se enfrentan a algún tipo de problema insalvable. Y lo paradójico de todo es que solo existen estas dos soluciones. No hay más alternativas.

Al final la ciencia se ve abocada a responder a preguntas parecidas a las que se ha hecho siempre la religión, lo cual no quiere decir que tenga que contestar de la misma manera, pero sí puede llevarnos a pensar que existe una cierta compatibilidad o entendimiento entre ambas.

Al fin y al cabo, cualquier nuevo principio siempre debe dar por hecho ciertas condiciones iniciales, un punto de partida imposible de demostrar mediante otra teoría. Esta es la única manera que tenemos de superar esa recursividad infinita que nos dejaría sin principio. Los axiomas últimos resuelven esto de manera bastante acertada. Algunos creen que siempre vamos a poder cuestionar los axiomas. Pero, ¿por qué hay que dar por hecho que podemos hallar causas más profundas? Más bien es exactamente al contrario: no pueden existir causas más profundas en serie infinita. La existencia misma está condicionada por algunas cualidades de suyo necesarias, que hacen imposible cualquier otra realidad.

No podemos retrotraernos infinitamente. Las causas de los fenómenos no pueden ser siempre efectos de otras causas más básicas. Tenemos que establecer un principio lógico en algún punto. Esto es sin duda una obligación epistemológica, que nos viene impuesta junto con nuestro carácter de seres finitos. Pero puede que no sea un requisito de la naturaleza. Si los fenómenos dependieran de otros que a su vez dependieran de otros y así sucesivamente, nunca llegaríamos a conocer el origen de todo, pero no podríamos dejar de establecer algún principio de entendimiento. Así, el hecho de que podamos establecer principios prácticos que nos sirven a nosotros no significa que esos principios sean los últimos, y por supuesto tampoco significa que hayamos resuelto todos los problemas. Nada nos libra del incognoscible.  

Nietzsche decía que “no existe nada parecido a una ciencia carente de presuposiciones.. una ciencia exige una filosofía, una fe previas, para cobrar dirección, significado, límite, método, y derecho a existir… lo que subyace a nuestra fe en la ciencia sigue siendo una fe metafísica.” Tal vez Nietzsche confunda la fe religiosa con la filosofía y con la ciencia. Pero en parte tenía razón. Toda proposición requiere un punto de partida indemostrable, que no se puede arreglar por el método científico y que por tanto se debe presuponer siempre.

Lo importante aquí no es rechazar o aprobar los axiomas de la lógica, sino saber qué principios últimos son los que ya no podemos demostrar empíricamente. Si recurrimos a algunas cuestiones esenciales de la vida y la existencia de las cosas, podemos tomar algunas condiciones de la realidad absolutamente necesarias y verdaderas, y a partir de ahí utilizar las mismas para sustentar toda la teoría científica, sin necesidad de que debamos someterlas a prueba. Por ejemplo, cualquier científico asume el principio de causalidad sin necesidad de comprobarlo empíricamente.

Pero si lo que hacemos es utilizar como axiomas algunos presupuestos extraídos de la fe y la cultura, transmitidos de forma arbitraria de generación en generación, no estaremos utilizando la razón. Estaremos abrazando la fe. Los axiomas que utilizamos no pueden apelar en ningún caso a descripciones muy detalladas de la realidad. Para ser ciertos, deben basarse en cualidades muy fundamentales, tan simples y necesarias que no requieran demostración alguna, y que no tengan alternativas. Pero es evidente que cualquier historia religiosa tienen millones de alternativas que quedan de manifiesto con el gran número de creencias que existen. Dichas historias no pueden constituir nunca axiomas reales.

Hasta hace poco, el físico más famoso del planeta, Stephen Hawking, afirmaba que el universo había nacido sin ayuda de Dios. En su best-seller de 1998, Breve Historia del Tiempo, Hawking dejó claro que la idea de Dios le parecía un concepto superfluo para explicar el origen del Universo.

Sin embargo, ahora el famoso científico espera ir un paso más allá. Según declaraciones citadas por The Sunday Times, va a anunciar que por fin ha logrado completar «una teoría sobre el origen del Universo que no necesita la participación de Dios». Su muerte nos ha dejado con las ganas de saber hasta dónde podría haber llegado.

Como nos explica Pablo Jáuregui en un artículo reciente: ”Al parecer, sus últimas investigaciones le han llevado a concluir que el big bang, el Universo y el tiempo físico están inmersos en una quinta dimensión diferente a las tres dimensiones del espacio que percibimos y la cuarta dimensión en la que vivimos: el tiempo. Según el científico, las condiciones de esta quinta dimensión desencadenaron el estallido cósmico que dio origen al Universo hace unos 15.000 millones de años. Este descubrimiento confirma que «no es necesario apelar a algo que esté fuera del Universo para explicar su origen.”

La primera postura de Hawking es perfectamente válida. La ciencia no necesita a la religión para explicar el universo visible. No obstante, la ciencia nunca podrá hacer una afirmación como la que Hawking pretendía realizar en esa nueva visión del asunto a la que se intentaba acoger al final de su vida. La ciencia no puede demostrar la inexistencia de Dios sencillamente porque tal demostración requeriría una prueba de que el incognoscible no existe. Siempre podemos pensar que hay algo que se nos escapa. Esa duda nunca desaparecerá. Y nunca jamás vamos a poder conocer algo que, por su naturaleza y por la nuestra, no es posible alcanzar. El incognoscible es inerradicable. Si hay algo de lo que podemos estar seguros es de nuestra falta de seguridad absoluta en algunas cuestiones.

Parece que el mundo nos presenta un acertijo irresoluble. Pero tampoco podemos eludir la pregunta. Existe un vacío de desconocimiento imposible de rellenar. Y al mismo tiempo existe también una necesidad imperiosa por conocer. Somos seres limitados que ansiamos la inmortalidad. Somos criaturas finitas que existimos precisamente porque somos individuos (entidades concretas). A su vez, existimos también porque hemos sido creados para sobrevivir y perdurar el máximo tiempo posible. Y como somos finitos, no podemos dilucidar todos los problemas. Pero también somos supervivientes que han evolucionado y sobrevivido gracias al conocimiento, y deseamos saber cuál va a ser nuestro destino final; queremos resolver el futuro. De este nudo gordiano de paradojas surge toda la zozobra que aqueja y mortifica al ser humano, pero también todas las fruiciones que le vinculan con la vida y le hacen desear las cosas.

Como dice Richard Dawkins, todos somos ateos con respecto al 99,9 % de las religiones. No puede existir un enfrentamiento mayor que aquel que nace del desprecio hacia esas otras ideas que contravienen la creencia más sagrada de todas, y que intentan cuestionar la propia inmortalidad de uno. Si la vida es el valor más sagrado que existe, la vida indefinida es la máxima expresión de dicho valor, y la muerte eterna (o el infierno) es el precio más alto que tenemos que pagar por no seguir las indicaciones que nos hacen los popes desde sus cenáculos.

El ateísmo es la única forma que tiene el hombre de renunciar a todas esas importancias. Parece increíble que lo pueda hacer. El ateísmo es mucho peor que un suicidio. No se renuncia a la vida terrenal, se renuncia a la vida eterna, infinitamente más larga. Y sin embargo, algunos son capaces de vivir sin esa esperanza. Es muy difícil procesar la propia desaparición de uno sin volverse un poco loco, o sin abrazar alguna forma de religión. Muy bien lo ha tenido que hacer la naturaleza, es decir, muchas ganas de vivir ha tenido que infundir en los organismos, para que el cerebro no acabe colapsando como un castillo de naipes bajo el peso del sinsentido de la vida.

Precisamente, estoy seguro de que la evolución biológica nos ha dotado de unas estructuras cerebrales que eluden, la mayoría de las veces, todos esos problemas psicológicos que resultan de las múltiples contradicciones a las que continuamente nos estamos enfrentando. Y son precisamente esos mecanismos de refuerzo los que nos llevan a analizar la compatibilidad que puede existir entre ciencia y religión.

Para empezar, debemos diferenciar dos tipos de compatibilidades. La religión y la ciencia son perfectamente compatibles en la mente de una persona. Eso está más que demostrado. Pero no son compatibles si de lo que se trata es de evaluar sus planteamientos de partida y sus métodos de estudio. Algunos intentan demostrar que ciencia y religión son compatibles también en este sentido, y para ello ponen ejemplos de pensadores que han combinado ambas instituciones. Pero esto solo demuestra que el ser humano puede creer en las dos (puede ir un dia a misa y al siguiente acudir al laboratorio), no que sean compatibles en el plano racional.

De nuevo, acudo al más que recomendable artículo de Pablo Jáuregui (http://www.elmundo.es/cronica/2002/351/1026115676.html), para rescatar algunos párrafos del mismo:  “No todos los científicos comparten la visión atea de Hawking.Es falso creer que la ciencia y la religión son enemigas irreconciliables; algunos científicos no ven ninguna incompatibilidad entre la investigación y la fe. Un ejemplo es Charles Townes, el físico que inventó el láser, quien considera que la regularidad de la naturaleza refleja la existencia de un «diseño inteligente.”

“Francis Collins, el prestigioso investigador que encabeza el Proyecto Genoma en Estados Unidos, también cree que no existe ningún conflicto lógico entre la Teoría de la Evolución y el concepto de un Dios Creador. Y uno de los cosmólogos más prestigiosos del mundo, Allan Sandage, afirma que es perfectamente compatible ser científico y creyente.”

“De hecho, una encuesta publicada por la revista Nature en abril de 1998 reveló que un 40% de los científicos sigue creyendo en Dios. El otro 60% se divide entre un 45% que se define ateo y un 15% que se mantiene en la frontera escéptica del agnosticismo.”

“Al mismo tiempo, la Iglesia también ha empezado a dar pasos para crear un nuevo clima de paz y entendimiento con los científicos. El Vaticano ya ha pedido perdón formalmente por su intolerancia persecución de Galileo Galilei, y en 1996 el Papa Juan Pablo II reconoció que las ideas de Darwin «son más que una mera hipótesis.”

“En medio de este clima, prestigiosas universidades como Cambridge o Princeton han creado cátedras dedicadas exclusivamente a la reconciliación entre la religión y la ciencia. En Estados Unidos se han creado varias instituciones con este objetivo. Estos gestos son sorprendentes, si tenemos en cuenta que, en 1981, la Academia Nacional de las Ciencias en EEUU declaraba oficialmente que «la religión y la ciencia son esferas desligadas e incompatibles del pensamiento humano.”

“Cuando al propio Hawking se le preguntó si consideraba que la ciencia y la religión eran incompatibles, contestó que «si eso fuera cierto, entonces Newton no hubiera descubierto la Ley de la Gravedad». En efecto, Newton, el predecesor de Hawking en la Cátedra de Matemáticas de Cambridge, siempre fue un hombre muy religioso y llegó a afirmar que el movimiento uniforme de los planetas «reflejaba el sentido estético del Creador.» De hecho, Hawking siempre ha rechazado la etiqueta de «ateo» para definirse. En todo caso, considera que la idea de Dios es «necesaria» para explicar el origen del Universo. Aunque esto no implica que sea falsa.”

Sin duda, lo que acabamos de leer deja claro que la religión y la ciencia son compatibles en la mente de muchas personas. De lo contrario, no podrían aguantar el peso de la existencia. Esa compatibilidad puede catalogarse nuevamente como uno de los rasgos adaptativos que más han hecho por nuestra especie. Aquellos individuos que son capaces de combinar la ciencia y la religión, también son los que a la larga más probabilidades tienen de sobrevivir y reproducirse, ya que solo ellos pueden obrar con la fuerza y el convencimiento que insufla en los corazones la creencia en Dios, sin descuidar tampoco la obra material, el estudio de las cosas mundanas, y el apego a la tierra que se precisa para vivir aquí abajo.

Además, esta compatibilidad entre ciencia y religión, basada en la adaptación biológica de la mente, también se puede aplicar al nivel de toda la sociedad, como vamos a ver a continuación.

4. Compatibilidades sociales

La religión es un movimiento social adaptativo de la máxima importancia, y como tal debemos entenderlo. Otra forma de defender la compatibilidad entre ciencia y religión es la de enfrentarse al problema de Dios desde el estudio escrupuloso de la ciencia, comprendiendo que las creencias son un rasgo particular de nuestra especie, como la masa encefálica o el pulgar oponible. Ir en contra de la religión sería, entonces, igual que ir en contra del bipedalismo o de la habilidad para cazar en grupo. Se hace evidente por tanto que el rechazo absoluto de la religión no tiene el menor sentido, y la mayoría de las veces provoca graves daños a toda la comunidad.

A los creyentes no les gusta que se les compare con otros rasgos adaptativos, pues estamos en cierta medida menospreciando el valor numinoso que ellos le dan a sus creencias. Pero es indudable que esa visión científica contribuye también a entender la religión y hace que la relación con ella sea más amigable.

El hombre es un ser vivo eminentemente gregario. Representamos al mamífero más exitoso de todos, y ello es debido en gran parte a que también somos el vertebrado más social de todos los que existen. Nuestra sociedad es infinitamente más compleja que la de cualquier insecto social.

Dentro de este escenario evolutivo, es importante tener en cuenta el papel crucial que juega la formación y consolidación de grupos. La defensa de las libertades individuales es una de las reivindicaciones máximas de la sociedad occidental. Sin embargo, no podemos obviar que estamos determinados, en la mayoría de los casos, por un comportamiento voluntario que nos lleva a buscar continuamente la compañía y la ayuda de los demás. Por eso es importante saber también por qué se constituyen los grupos y qué respaldo de legitimidad tienen.

Los grupos se caracterizan principalmente por dos cosas, por aquello que aspiran a ofrecer, y por aquellos a los que quieren implicar. Así, un grupo se puede basar en el ofrecimiento de un principio doctrinal que atienda a cierto aspecto importante de la realidad, o puede en cambio ofrecer un principio espurio, sustentado en una capacidad contingente apenas importante. A su vez, los grupos pueden querer imponer ese principio a todas las personas, o solo a una parte de ellas.

De todas las clases de movimientos sociales, la más peligrosa es el marxismo. La ideología de Marx se basaba en una cualidad de la persona ciertamente particular (contingente): su condición de obrero. A esto se unía su intención de extender esa condición a cualquier ser humano. El peligro viene precisamente cuando pretendemos imponer una cualidad particular de manera general, como si fuera un principio absoluto. Y el peligro del marxismo vino cuando se quiso hacer del trabajador obrero una suerte de ejemplo para todos los ciudadanos, convirtiendo la sociedad entera en un campo de concentración y exterminio donde solo era posible existir si demostrabas afinidad con el tirano o si eras un jornalero harapiento.

En el otro lado del espectro tenemos al liberalismo clásico, el cual se basa en un principio de suyo universal: la individualidad y la acción libre de las personas, que también se trata de imponer a todos los niveles, para asegurar el respeto de tales libertades, y cumplir con ese precepto ecuménico. Pero ahora, como el principio es absolutamente cierto, y como la consigna que defiende no acarrea ningún tipo de caudillaje, su aplicación en este caso no puede ser más correcta.

Soy consciente de que muchos grupos sociales emergentes (casi todos) tienen en realidad un abolengo marxista claro, y buscan hacerse con el poder del Estado para dictaminar normas que obliguen a todos a seguir sus preceptos y sus leyes. Pero ello no quita para que existan algunos pocos grupos que no tengan esa intención.

Con la religión ocurre algo parecido. Si es el movimiento de un grupo de personas que meramente se limitan a adorar a determinado dios, sin pretensiones de otro tipo, no puede ser en absoluto perseguible, ni se debe querer que desaparezca. Ahora bien, si ese grupo de fieles aspira a tomar el Estado por asalto e implantar sus ideas en todo el territorio, se convierte sin duda en una nueva clase de marxismo cultural, y desde ese mismo momento debe ser perseguido y denunciado.

Por eso es que la religión como tal no puede ser nunca rechazada apelando exclusivamente a su condición de creencia, e incluso tiene que contemplarse con agrado y admiración, como una forma mas de adaptación biológica, y como aquel comportamiento que ha llevado a nuestro linaje a ser la especie más exitosa de todo el planeta. Si creemos en la prosperidad, el desarrollo, el futuro, la expansión y la existencia del individuo humano, tenemos a su vez que creer, no solo en la razón, sino también en los sentimientos, la religión y las creencias divinas. A algunos esto les parecerá un contrasentido. Pero eso es porque no entienden la etología del ser humano, siendo por ello incapaces de apreciar el papel evolutivo que desempeña la idea de Dios en el proceso general de la vida. La fe es sin duda uno de los rasgos que mejor definen el poder de abstracción, el carácter perseverante y la posición de dominio del que ya es por méritos propios el chimpancé más exitoso sobre la Tierra.

En definitiva, hay movimientos que luchan por un principio correcto y que buscan hacerlo extensible al mayor número de ciudadanos posible (por ejemplo, el liberalismo aspira a defender la individualidad y la acción libre de todas las personas). Otros en cambio elevan a la categoría de principio universal una causa particular suya, un falso principio, que carece de la suficiente importancia (por ejemplo, los animalistas). Los más peligrosos quieren imponernos esa banalidad a través de la política (por ejemplo, el marxismo cultural). Y hay un cuarto grupo de individuos que se unen para luchar por un principio que, aunque falso, tiene sin embargo una importancia social considerable. Este es el caso de la religión, que puede actuar como amalgama social, como núcleo de identificación, y como catalizador de los sentimientos y la ética de toda una colectividad.

Resumiendo mucho, tendríamos por tanto un solo principio correcto (universal) y muchos principios falsos (como dice Carlos Rodríguez Braun, solo hay una forma de hacer el bien pero muchas de hacer el mal). Y dentro de los principios falsos existirían aquellos que son realmente intrascendentes y aquellos que, aunque falsos, pueden jugar un importante papel social. Finalmente dentro de los principios intrascendentes debemos incluir también a los más peligrosos de todos, que son los que aspiran a imponer esa banalidad a través de la política y el Estado, haciendo que toda la sociedad se guíe por los remedios que propone una pandilla de inútiles (marxistas).

La religión no es peligrosa por sí misma. Igualmente, la ciencia no es siempre un pozo de sabiduría. No en vano, la ciencia (el cientismo y el exceso de la razón) le tomó el relevo al acabar la Edad Media y la superó con creces. Los crímenes que se cometieron en nombre de la fatal arrogancia (que exacerbaba la razón), no tienen parangón con las cacerías de brujas de los siglos previos. Ciencia y religión pueden derivar ambas en movimientos totalitarios, y lo que determina esa desvío no son las características implícitas en estas dos instituciones sociales, sino su radicalización y su convergencia con el ideario marxista y el totalitarismo de Estado.

Por tanto, la religión solo puede ser peligrosa en tanto en cuanto se convierta en una corriente de índole marxista. En cambio, si es un movimiento apolítico, personal, o privado, puede suponer una de las instituciones más importantes de la sociedad, sirviendo como rasgo adaptativo de nuestra especie, canalizando un sin fin de sueños y anhelos humanos, ofreciendo un sentido a la vida, y haciendo que las personas se esfuercen por mejorar y por vivir en paz con los demás.

Ha quedado demostrado por tanto que la religión puede y debe convivir con la ciencia, en las sociedades y en la mente de las personas. Y esto se puede afirmar aunque a continuación digamos que ambas son incompatibles cuando de lo que se trata es de determinar su lógica y su coherencia internas. Incompatibilidad y compatibilidad tienen distintos tratamientos dependiendo de a qué nos refiramos. El problema de la religión no se puede resolver con un simple bandazo.

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