Objetivismo versus subjetivismo: historia de un enfrentamiento falso


sujeto_objeto12Introducción

Lo que está ocurriendo en algunos cenáculos académicos del liberalismo español, y casi me atrevería a decir que mundial (por lo general afines a la tradición económica de la Escuela Austriaca), no tiene precedentes históricos, y tampoco se entiende desde un punto de vista meramente teórico. Mientras algunos profesores de reconocido prestigio apuestan nada menos que por rescatar la figura intelectual de Paul Feyerabend, el mismo que escribió una teoría anarquista del conocimiento, otros abrazan el anarquismo político, y varias comparsas de cachorros libertarios avanzan al mismo tiempo, a paso ligero, anunciando la muerte de la razón a manos del relativismo y la anarquía más absurdas. No se entiende que una escuela de pensamiento caracterizada por defender los valores más sagrados del ser humano, ligados a su libertad personal, esté engendrando dentro de su seno tamaña variedad de monstruos intelectuales, pupilos decididos a despojar al conocimiento de cualquier rastro de seguridad que este pueda albergar.

Muchos libertarios, movidos quizás por esa idea capital del austrianismo que se sustenta en el valor subjetivo y los contratos voluntarios, han acabado creyendo que solo existe ese valor, y que la objetividad es poco menos que una quimera o una ilusión inalcanzables. Así, llegan al punto de confundir las categorías del sujeto y del objeto, las mezclan, las alteran, o incluso las suprimen. Para estos nuevos intérpretes de la libertad ya no existen teorías económicas, todo son hipótesis y conocimiento provisional. Todo es susceptible de cambiarse. No hay nada seguro, repiten una y otra vez, como papagayos a sueldo. Ya no existen referentes generales. Tampoco existe el individuo y el Estado. Ahora todos son individuos. Como el Estado es el problema, neguemos el problema. Eso parecen gritar.

Por supuesto, tampoco existen leyes generales susceptibles de ser aplicadas a los casos concretos, solo importan las normas locales, lo que decida cada pueblo, la democracia popular inflada de chovinismos. En lo que parece ser una auténtica contradicción, muchos de ellos se alzan iracundos contra las formas de gobierno democrático y el populismo imperante en muchas regiones del mundo, pero a continuación defienden la segregación nacional en su propio país, la hiperdemocracia de corte nacionalista, el derecho de todos a decidir sobre cualquier cosa, el voto con los pies, o la competencia regional en cualquier materia, y no parecen entender que no existe mayor populismo que aquella visión paleta de la política y la realidad que asume todas las decisiones que determinen los intereses partidistas de las distintas masas provincianas.

Decía Feyerabend, ese ínclito hijo del relativismo, que “la idea de que la ciencia puede y debe regirse según una reglas fijas y de que su racionalidad consiste en un acuerdo con tales reglas no es realista y está viciada. No es realista puesto que tiene una visión demasiado simple del talento de los hombres y de las circunstancias que animan o causan su desarrollo. Y está viciada puesto que el intento de fortalecer las reglas levantará indudablemente barreras a lo que los hombres podrían haber sido, y reducirá nuestra humanidad incrementando nuestras cualificaciones profesionales. Podemos librarnos de la idea y del poder que pueda poseer sobre nosotros mediante un detallado estudio de la obra de Galileo, Lutero, Marx o Lenin y mediante alguna familiaridad con la filosofía hegeliana y con la alternativa que provee Kierkegaard, recordando que la separación existente entre las ciencia y las artes es artificial, que es el efecto lateral de una idea de profesionalismo que deberíamos eliminar… Podemos hacer que la ciencia pase de ser una matrona inflexible y exigente a ser una atractiva y condescendiente cortesana que intente anticiparse a cada deseo de su amante.… Cuanto más sólido, bien definido y espléndido es el edificio erigido por el entendimiento, más imperioso es el deseo de la vida por escapar de él hacia la libertad”. Es imposible encontrar un texto que tenga más negaciones del concepto austriaco de la libertad. En primer lugar, por las llamadas que hace a entender las figuras de Marx, Lenin y Hegel. En segundo lugar, por las arengas que realiza a la falta de responsabilidad, esfuerzo o profesionalidad. Y en tercer lugar, por suplir esas exigencias con la promesa de una cortesana solícita y esmerada, siempre atenta a los deseos o esperanzas del varón, una imagen que recuerda más a un libro de autoayuda que a un tratado científico. Para Feyerabend el concepto de libertad está más próximo al que manifiestan los socialistas, que al que usan los propios liberales. En ambos casos se confunde la libertad del individuo, que está basada en el derecho constitucional, con esa otra libertad que desearía ir en contra de todas las reglas establecidas por la naturaleza, al objeto de conseguir que el hombre sea una y mil cosas al mismo tiempo, y para complacer los deseos y caprichos de todos los aspirantes al Nirvana político.

Sobre todo, el mayor error intelectual de los libertarios anarquistas viene precedido por una incapacidad innata para distinguir entre distintas categorías gnoseológicas, un embozo mental que amenaza con teñir de negro todo el pensamiento liberal, y un torpedo en la línea de flotación del baluarte más importante que tiene el hombre, su evolución intelectual, su dimensión científica, y su búsqueda racional de conocimientos.

La ciencia no tendría sentido, y tampoco habría estado nunca legitimada para actuar, si el hombre no hubiera asumido de antemano un hecho diferencial: la distinción entre la categoría subjetiva y la categoría objetiva. Antes de iniciar cualquier investigación, o en el transcurso de la misma, el hombre se da cuenta de su condición de sujeto, y percibe al mismo tiempo la capacidad para salir de dicha situación y caminar en aras de una verdad más objetiva y real. El método científico no es otra cosa que la acción de un sujeto que busca un objeto en el entorno que habita. Por eso es tan importante distinguir con claridad estas dos categorías, y saber qué nos ofrecen y qué nos exigen cada una de ellas.

Asimismo, también es necesario percibir la realidad subjetiva e individual de las demás entidades, esto es, sus partes distinguibles. La ciencia siempre practica el reduccionismo. No existe otra manera de adquirir conocimientos. Podríamos recurrir al holismo e indagar las cualidades de las cosas atendiendo exclusivamente a las propiedades emergentes y los fenómenos colectivos. Pero entonces estaríamos empezando la casa por el tejado. El reduccionismo en cambio aboga por una visión individualista, de las partes, que no excluye ninguna faceta de la realidad, pues abarca los fenómenos individuales y también esas cualidades emergentes que aparecen como resultado de la agregación de los distintos elementos en el interior de los sistemas. El individualismo no dice que no haya que estudiar las propiedades emergentes. Dice que hay que analizarlas en consideración con los microfundamentos que de suyo se encuentran en los constituyentes más básicos de cualquier organización. El individualismo no es un atomismo, como algunos piensan. Simplemente considera que los colectivos resultan en último caso de las acciones de los individuos que integran esos conjuntos. El individualismo tampoco debería negar la existencia de colectividades. Al fin y al cabo, todas las entidades, salvo las partículas fundamentales, son colectivos de unidades. Si negamos los colectivos estamos negando cualquier realidad que no sea una partícula elemental, cosa que resulta bastante ridícula.

Siempre me han parecido absurdas las disputas que se dan entre aquellos que defienden a los individuos y aquellos que defienden las colectividades. Ambas entidades son reales. Lo único que hay que entender es que los individuos son la referencia principal y la base metodológica para desarrollar una teoría válida aplicable al mundo macroscópico. Si soy liberal no es porque niegue los colectivos, es porque creo que el individuo humano es el primer principio de comportamiento que hace funcionar la sociedad, igual que el átomo es el elemento básico que determina la función química de una molécula en particular. El reduccionismo metodológico que emplean las ciencias naturales y el individualismo metodológico que utilizan las ciencias sociales son en realidad dos métodos intercambiables: es el mismo método con distintos usos. Es la pura ciencia en acción.

Desgraciadamente, el relativismo se ha colado también por la puerta de atrás en la casa de los liberales. Resulta paradigmático que una tradición con unos valores tan altos se haya infectado tan rápido con este viejo virus. Y también es curioso que sean esos mismos liberales enfermos los que aboguen por promover la ciencia y la investigación como si fueran los primeros adalides en esas empresas. Muchos de ellos tienen a gala mostrar abiertamente su repudio y su desprecio por la filosofía, y su apego y sus alabanzas al magisterio de la ciencia. Les parece que la ciencia se ajusta mejor a su esquema de trabajo (si es que tienen alguno). En la ciencia, las teorías no son construcciones perfectas, van cambiando con el tiempo, por eso les gustan. Pero desconocen por completo lo que en realidad significan dichos cambios. La ciencia no sustituye completamente unas teorías por otras, simplemente las modifica. Además, la ciencia nace en el momento que los hombres adquieren conciencia de las categorías subjetiva y objetiva, y de la necesidad de superar la primera (en la que están inmersos) para ir hacia la segunda (de la que todavía no son dignos). En cambio, el relativismo de nuestros días, el liberal del subjetivismo radical, ni siquiera tiene la capacidad o las ganas para diferenciar una hipótesis de una teoría. Comete una falsa identificación entre el sujeto y el objeto, convierte al objeto en algo subjetivo, afronta la realidad con una duda permanente, le gusta hacer hincapié en la modulabilidad de la verdad y la incapacidad del ser humano para afirmar nada. Ahora ya no es que no conozcamos una parte importante de la realidad, es que ni siquiera podemos afirmar que existe alguna cosa. Ahí es donde nos quieren llevar.

Para ser más precisos, deberíamos distinguir, no ya dos categorías gnoseológicas, sino cuatro. Existe un sujeto absoluto (un hecho completamente particular), un sujeto relativo (por ejemplo, una teoría científica), un objeto relativo (un axioma general), y un objeto absoluto  (un axioma apodíctico, irrefutable). El sujeto absoluto es cualquier fenómeno particular que observamos en la naturaleza a primera vista. El sujeto relativo es una teoría científica susceptible de modificarse con la intención clara de ampliar su explicación. El objeto relativo es un axioma evidente pero no incausado (por ejemplo, la acción humana). Y el objeto absoluto es un axioma evidente e incausado (un primer principio: la acción en general).

Quienes mejor perciben y describen esa realidad categórica son sin duda aquellos liberales que, tras entender la importancia de la acción humana y el individualismo, distinguen en esta afirmación dos componentes distintos, la trascendencia general de dichas acciones (la acción en sí, el hecho objetivo) y las particularidades propias que afectan a cada una de las acciones (el hecho subjetivo). El motivo último de que debamos distinguir dos categorías gnoseológicas no es otro que el de entender también la complementariedad que sin duda existe entre ambas.

En cambio, algunos liberales afirman que el valor es completamente subjetivo, y que, en el supuesto de que tuviera alguna importancia objetiva, ésta sería absolutamente irrelevante (como afirman Daniel Mondejar y Roy Vazquez-Guerra en los medios de comunicación en los que se suelen prodigar), ya que el mercado sólo tiene en cuenta el valor que atribuyen los sujetos a los bienes que consumen o acumulan (Roy dice que el valor objetivo y subjetivo no pueden coexistir). Este ninguneo permanente de una de las dos categorías gnoseológicas, conlleva una teoría liberal fallida, y no tiene razón de ser, es un ataque completamente gratuito, y responde a una ignorancia absoluta en lo atinente a la naturaleza de los principios que guían cualquier adquisición de conocimiento o realización intelectual.

Para los anarquistas y los relativistas de nuevo cuño, todo depende del lugar o el momento. Hacen acopio de todas las falacias en las que creían los historicistas a los que se enfrentó Menger (y eso a pesar de que el propio Daniel defiende solo a este autor: “la Escuela Austriaca es todo lo malo que vino después de Menger”).

Los subjetivistas acusan a los objetivistas de un exceso de comodidad y de practicar una ideología asentada en valores fijos y creencias infundadas. Dicha comodidad nacería, según ellos, de una especie de necesidad interna semejante a esa otra acomodación que lleva a las personas a convertirse a alguna religión en particular. Pero la necesidad de seguridad no solo es emocional o espiritual, también es racional. La ciencia también persigue una seguridad mayor. De lo contrario, nunca habría pretendido alcanzar un mejor conocimiento del mundo. Los valores que alimentan esa búsqueda de seguridad no son exclusivos de la religión. En algunos casos también pertenecen al ámbito de la lógica. Si yo conozco el mundo que me rodea, puedo estar más seguro de que no me va a pasar nada. Que esos valores y principios que decido abrazar sean en algunos casos absolutos, no quiere decir que me hayan sido revelados. Existen algunos hechos en la naturaleza tan evidentes y necesarios que pueden tomarse para elaborar unos axiomas irrefutables, sin que por ello tengamos que construir toda una creencia religiosa. No tiene nada que ver. No tienen nada que ver las creencias islámicas o la religión cristiana con la metafísica aristotélica. El que no sepa ver esto no tiene ni idea de lo que es la filosofía y la razón.

El ataque que llevan a cabo los libertarios radicales del subjetivismo contra todo lo que aparenta algún tipo de seguridad se centra principalmente en tres áreas de estudio distintas: los axiomas de la Escuela Austriaca, el Objetivismo de Ayn Rand, y el Iusnaturalismo inspirado en el derecho natural. A continuación me detendré a analizar por separado cada una de estas arremetidas.


  1. Ataque a la Escuela Austriaca

No alcanzo a entender el ataque gratuito que se está produciendo en los últimos tiempos hacia la Escuela Austriaca, en muchas ocasiones orquestado desde el propio interior de la misma, inspirado tal vez por ese afán estéril y esa moda pasajera (postmoderna) que aboga por cuestionar absolutamente todo. Nadie dice que la Escuela Austriaca sea infalible. Es evidente que ha tenido que cometer algunos errores graves. Por supuesto, tampoco es la única escuela que existe bajo el Sol. Es obvio que ha habido otras contribuciones valiosas a la economía, probablemente muy superiores en algunos campos a las ideas que haya podido aportar la Escuela Austriaca. Es absurdo resaltar los estudios en microeconomía de los últimos lustros para quitar mérito a la Escuela Austriaca. No tiene sentido afirmar que la teoría subjetiva del valor puede ser matematizada, y que el mainstream ya ha adoptado en sus modelos muchas de las ideas que propugnaba la Escuela Austriaca, para a continuación restar importancia a ésta última. Es ridículo que se diga que la Escuela Austriaca no es una escuela de economía, solo porque coincida con otras corrientes en algunas de sus tesis, o solo porque no tenga la patente en todos los descubrimientos habidos y por haber, o solo porque haya decidido prescindir en sus investigaciones del análisis matemático y los gráficos (cosa que tampoco es cierta del todo). Que la Escuela Austriaca no utilice las matemáticas por término general, no quiere decir que reniegue de ellas. Si acaso, la incorporación de las matemáticas lo que hace es añadir más motivos para tener en cuenta el enorme valor que tienen los principios que defiende la Escuela Austriaca, los cuales se basan en el dualismo metodológico para afirmar la existencia de dos heurísticas complementarias, una empírica o matemática (aposteriorística), y otra teórica o lingüística (apriorística). Hasta ahora, veo más motivos para quejarme del resto de corrientes, que siempre han tendido a rechazar la metodología apriorística, que de la propia Escuela Austriaca, la cual, aunque es verdad que prefiere usar los aprioris de la acción humana, lo hace por consideración hacia esa metodología inclusiva (dual) que no niega ninguno de los dos caminos, y también porque se ha percatado de que existía un claro vacío intelectual (propiciado precisamente por ese odio sempiterno que desprenden los cientistas hacia cualquier método apriorístico que se cruce en su camino) sobre el que era necesario insistir, y que había que remediar cuanto antes.

Por todo ello, me considero un seguidor orgulloso de la Escuela Austriaca, pienso que existen razones suficientes para creer que dicha escuela no es una corriente más, y que incluso tiene una personalidad propia muy marcada, forjada en las mil batallas que ha emprendido contra el socialismo y el estatismo, la mayoría de las veces en solitario. Precisamente, su insistencia casi exclusiva en el valor fundamental del axioma de la acción humana, le ha otorgado una conciencia y un respeto por la libertad del individuo muy superiores al resto de corrientes intelectuales, y la ha convertido en digna heredera del liberalismo clásico y la filosofía griega. Y eso casi es lo único que hay que tener en cuenta para considerar a la Escuela Austriaca como una de las corrientes más importantes que han existido dentro del pensamiento moderno.

Sin embargo, autores como Bryan Caplan se empeñan en decirnos que la Escuela Austriaca no es una corriente de pensamiento heterodoxa. Pero yo leo a Menger y a Mises y no dejo de ver reflexiones y argumentos originales, que entran en clara disconformidad con todas esas prácticas tradicionales de los historicistas, los empiristas, los cientistas, los keynesianos, los comunistas y los economistas en general. Sin duda, la economía neoclásica moderna ha adoptado parte del arsenal de la Escuela Austriaca, y ha superado en algunos campos a la misma. Pero no se podrá decir que esta escuela no ha representado un papel protagonista. Nadie más que ella se ha percatado de la importancia que tiene el método apriorístico en la economía, y por supuesto ninguna otra ha usado y ha exprimido ese hallazgo como lo ha hecho la Escuela Austriaca. Y ya solo eso debería ser motivo para otorgarle un valor incalculable.

Algunos economistas austriacos recelan de la praxeología, e intentan solucionar sus supuestas carencias con una tabla de medidas auxiliares que, según nos dicen, vendrían a reparar los excesos metafísicos en los que incurrimos los demás cuando aceptamos unos principios indudables. Otros directamente rechazan el núcleo duro de la teoría, el axioma de la acción. Ninguno de ellos entiende en qué consiste dicha axiomática. Un principio apodíctico no es susceptible de reparación, ya que se basa en un presupuesto cuya alteración viene a negar la propia realidad del mundo. Por tanto, resulta absurdo intentar cambiarlo al objeto de construir una imagen más perfeccionada de la realidad, cuando es la propia realidad la que depende en última instancia de ese principio inalterable (como es el caso del axioma de la acción).

En última instancia, lo que se busca con ese tipo de negaciones, que ponen en duda el carácter más esencial de la realidad, es cuestionar absolutamente todo. Pero este intento supone una afirmación paralizante y fútil, y es también el origen del mayor contrasentido de todos, una paradoja que deja al pensador completamente desarmado. Si todo es dudoso, también lo será la propia duda, y en consecuencia no todo es dudoso. Descartes se dio cuenta de que esa era una duda absurda, y utilizó esa única seguridad, que concede la constatación de una realidad innegable (la propia duda), como atalaya para renovar todo el conocimiento clásico previo. Pero los demagogos del relativismo apenas reparan en esa contradicción.

Una de las acusaciones más comunes que suelen hacer aquellos que no entienden la naturaleza del axioma, consiste en comparar la praxeología con cualquier otra religión. ¿Acaso piensan que las intuiciones axiomáticas son comparables a las revelaciones divinas? Pero, díganme por favor que tiene que ver la afirmación de que todas las cosas son individuos con esas otras aseveraciones que realizan los creyentes en torno a la figura de Dios o del demonio. Que dos proposiciones se parezcan por su dimensión cognoscitiva (su grado de aplicación) no quiere decir que también se asemejen en su contenido ideológico. Está claro que la religión lleva a cabo afirmaciones arbitrarias sobre fenómenos complejos que en ningún caso puede conocer, y que la metafísica aristotélica las hace sobre fenómenos telúricos muy simples y de imposible negación. Los iluminados aducen que existen duendes verdes. Por su parte, los principios aristotélicos afirman que existe la sustancia, el individuo. En ambos casos se prescinde de la experimentación. Pero eso no quiere decir que sean dos afirmaciones equiparables. La afirmación de Aristóteles prescinde de cualquier explicación experimental porque recala en un hecho tan fundamental que no tiene alternativas y que por tanto no necesita ser demostrado. Por el contrario, la afirmación que sugiere la existencia de duendes prescinde de toda demostración porque se niega a confirmar un hecho que, en este caso, sí precisaría de una comprobación y una evidencia más elaboradas.

Otro error de los economistas austriacos es la predilección exclusiva que tienen por el valor subjetivo de las cosas. Que asumamos que la economía se centra en las valoraciones que hacen los distintos individuos, no quiere decir que no existan también ciertos valores objetivos dignos de ser subrayados. Que un libro de autoayuda esté basado en puras falacias y frases vacías (valor objetivo), no impide que mucha gente se beneficie con su lectura de manera fecunda. Esto también es un hecho objetivo. No debemos impedir esos beneficios. Pero tampoco deberíamos obviar la intrascendencia que tienen los libros de autoayuda para el progreso general de la sociedad.

Marxistas como Politzer han defendido que el materialismo dialéctico es la verdadera ciencia social, precisamente porque aspira a alcanzar una mayor objetividad, prescindiendo de considerar al individuo, y centrándose exclusivamente en la realidad aséptica (y material) del objeto externo. Pero no se dan cuenta que el individuo es la realidad más básica de todo sistema social, y que al estudiar la sociedad son ellos mismos, los seres humanos, su subjetividad y sus preferencias, los que tienen que ser valorados y objetivados en primer lugar. En este caso, es el objetivismo extremo el que está cayendo en un radicalismo patológico. Algunos seguidores del Objetivismo de Ayn Rand cometen también un error parecido al centrarse demasiado en la categoría objetiva, desoyendo las voces que claman por subrayar la importancia de los valores del individuo. Así, se deslizan poco a poco por una pendiente resbaladiza, y acaban recriminando cualquier gusto estético personal.

La única cosa que recomiendo a todos ellos es que intenten entender el núcleo central de la filosofía política de Murray Rothbard, donde se da un ejemplo de equilibro perfecto entre el hecho subjetivo y el hecho objetivo. No en vano, su defensa del valor universal (la condición objetiva) del individuo (la condición subjetiva), y la distinción entre esas dos categorías gnoseológicas, queda reflejada en una frase de Elisha Hurlbut que el propio Rothbard utiliza para asentar su postura: “El ejercicio de una facultad en los individuos se refiere únicamente a su uso. Una cosa es la manera como se ejerce, que implica una cuestión de moral, y otra cosa distinta es el derecho a este ejercicio”. Cuando Rothbard aboga por buscar y por imponer unas leyes objetivas (y éticas) de la libertad no se está refiriendo a esas imposiciones que pretenden manipular al individuo hasta el punto de anular su personalidad por completo (no es una ética positiva), sino a esas otras que quieren asegurar su independencia y su libertad (es una ética negativa). Esto queda patente a lo largo de gran parte de su obra. Y resulta tan obvio que parece mentira que Rothbard haya sido malinterpretado sistemáticamente en este sentido. Ello sólo se explica si asumimos como verdaderas la obcecación y la cabezonería que empañan las opiniones que evacua a diario el relativista moral o el extremista del subjetivismo.

Otro error habitual es considerar a Hayek y al orden espontáneo como las únicas fuerzas de la naturaleza que entran en juego a la hora de ordenar un sistema complejo. Los adalides de esta confusión son los evolucionistas hayekianos radicales. Pero a ello ha contribuido también el propio Hayek, gran escéptico del método apriorístico de Mises, y crítico de una única clase de cientismo. Cuando Hayek habla del cientifismo, solo constata la arrogancia de aquellos científicos que pretenden hacer una ciencia social constructivista. Pero nada dice acerca de ese otro cientismo monista que ningunea los principios metodológicos de la filosofía apriorística, por considerarlos una mera superchería.

Y, llegados a este punto, tenemos que hablar también de esa crítica a Rothbard que efectúan quienes lo comparan con el totalitarismo basándose exclusivamente en su defensa de unos valores objetivos de la libertad, seguros y universales. De nuevo, sus críticos no entienden que la naturaleza es un sistema multinivel, en el que existen órdenes espontáneos compuestos por millones de relaciones, y basados en los contratos y acuerdos voluntarios que firman las distintas partes (que son actos subjetivos), y luego una realidad más abstracta que solo puede responder a valoraciones apodícticas, y que también es susceptible de codificarse (igual que se codifica las relaciones personales con contratos voluntarios) a través de una carta en la que queden recogidas todas las principales leyes que gobiernan y permiten el propio orden espontáneo de la economía.

No discuto exclusivamente para acercar posiciones. No digo que no me guste llegar a un cierto consenso. Pero existen para mi otras ventajas más realistas e interesantes, por ejemplo, poder influir en terceras personas, poder influir a largo plazo en el pensamiento de la persona con la que discuto, reforzar mi mensaje con argumentos más sólidos, o simplemente disfrutar de la conversación. Lo de convencer al otro me parece algo secundario, y bastante más improbable. Sin embargo, no soporto a esas personas que, no contentas con falsificar la realidad, pretenden además apropiarse de toda una escuela de pensamiento. Estas suelen entrar en contradicción cuando dicen que la Escuela Austriaca admite de forma general sus ideas, pero luego se preocupan en refutar las tesis de una buena parte de la propia escuela. Si el consenso está de su lado, ¿por qué sienten la obligación de disputar las ideas de autores tan consumados como Rothbard o el propio Huerta de Soto? Por ejemplo, es falso que toda la Escuela Austriaca haya adoptado el evolucionismo hayekiano tal y como lo entienden algunos. De hecho, la suya es una de las varias corrientes que, dentro de la Escuela Austriaca han cogido una única idea básica y un autor predilecto y los han estirado para que abarcasen todo el pensamiento generado por dicha corriente. En cualquier caso, ese es el extremismo que deberíamos combatir dentro de la escuela, y no aquel otro que asegura poder partir de principios axiomáticos irrefutables, pues este último sólo constata unos hechos sencillos y unas implicaciones  particulares, y en ningún momento se arroga un conocimiento absoluto de todo. Los axiomas nos hablan de un método alternativo al que usa la ciencia. Por tanto, no es un método excluyente sino complementario. En cambio, los cientistas monistas y los evolucionistas hayekianos se empeñan en observar siempre una única metodología y un único nivel de ordenamiento.

Lo segundo que podemos decir con respecto a esto, tiene que ver directamente con el error que cometen los hayekianos radicales al tratar de defender sus propios principios (o debería decir sus hipótesis). El principal fallo reside en el hecho de que muchas veces son incapaces de distinguir dos categorías fenoménicas muy distintas, los hechos simples y los hechos complejos. Cuando Hayek habla sobre el orden espontáneo de la economía, cuando critica el constructivismo y el intervencionismo, o cuando propone la teoría de la imposibilidad del socialismo, lo hace sobre aquellos hechos que revelan una naturaleza social compleja. Si el socialismo es imposible es porque nadie puede manejar el gran número de datos que contiene un sistema social altamente complejo. Pero se olvida de que en la naturaleza existen también hechos simples y sencillos, que se pueden tomar como principios seguros para derivar una serie de implicaciones lógicas, y que constituyen en último lugar las propias condiciones de posibilidad del sistema que opera con orden espontáneo. Por consiguiente, se suele encumbrar a Hayek y olvidarse de la otra cara de la moneda: Mises. Este es un error que comete incluso el propio Huerta de Soto, al intentar aplicar la teoría de la imposibilidad del socialismo al liberalismo clásico, y hacer pasar por verdadera una nueva teoría de la imposibilidad del liberalismo. El liberalismo clásico o minarquismo pretende dirigir la economía a través de normas y leyes muy básicas y sencillas, que respeten aquellos principios que sabemos que son completamente seguros y necesarios: la libertad individual, el respeto de la propiedad, el cumplimiento de los contratos, etc… No se puede decir que esto es imposible, como lo puede ser la organización colectiva de los comunistas. Nadie está diciendo que haya que intervenir la sociedad masivamente, y manipular un elevado número de datos. No tiene ningún sentido ese trasvase teórico que hace Huerta, y no lo tiene porque no es lo mismo pontificar sobre sistemas complejos que nunca llegaremos a conocer, que hacerlo sobre verdades simples y seguras, absolutamente necesarias y de fácil acceso. Hayek habla sobre la imposibilidad de conocer un sistema complejo. Pero el racionalismo extremo, que critican algunos, se refiere solo a verdades apodícticas, pocas y simples, cuyo conocimiento no entraña ninguna dificultad ni aspira a dirigir toda la sociedad. Por tanto, tampoco se pueden equiparar con la ingeniería social.

En definitiva, creo que siempre viene bien distinguir esas dos categorías de fenómenos, para así valorar todos los aportes que ha efectuado la Escuela Austriaca de Economía, tanto los que hace Hayek en relación con los sistemas complejos, como los que hace Mises y Rothbard al hablar de los principios y fijarse en el fenómeno más evidente y seguro de todos: la acción humana. De esta manera, no dejaremos coja a la EA, y no obviaremos una buena parte de sus razonamientos.

Igual pasa cuando consideramos la política. Existe una tendencia a valorar solo las acciones colectivas y espontáneas sin apreciar apenas el orden constitucional que se ejerce de manera deliberada a escala global. Y se suele acudir a la naturaleza para encontrar justificaciones que avalen esa tendencia maniquea. Así, nos dicen que los animales se mueven por impulsos innatos y que nadie los dirige desde arriba. Pero esto no es cierto. La evolución biológica procede gracias al interés particular y “voluntario” de cada individuo de la especie, pero por encima de todo existen algunas leyes básicas que regulan todo ese proceso competitivo. Y en la sociedad ocurre lo mismo. Los contratos voluntarios son estipulaciones jurídicas basadas en la acción privada y natural de cada una de las partes. Dichos contratos son un reflejo de las acciones y relaciones individuales que también demuestran tener los animales en sus propios entornos. Pero las leyes generales de la naturaleza también deben ser susceptibles de codificarse a través de un ordenamiento jurídico general que ofrezca garantías a todo el proceso. Si no contemplamos esas dos vertientes de la organización, estaremos dejando de lado algunos problemas graves, como hacen los voluntaristas y los individualistas extremos. Tan malo es negar el colectivo por mor de defender al individuo, como negar el individuo por mor de defender al colectivo. En ambos casos se desatienden problemas que podrían tener mejor solución. Lo único que hace falta es darse cuenta que el individuo está en el origen de cualquier proyecto colectivo, y que todo colectivo debe estipular unas reglas generales que vayan en defensa de la libertad de acción de todos los individuos. No debemos anular al individuo, ya que es la única fuente principal de comportamiento. Pero tampoco debemos negar al colectivo, única entidad con potestad para ejercer una defensa radical de todos los individuos. Y no está mal que codifiquemos mediante normas artificiales, tanto la reglamentación de los contratos voluntarios, dejando que sean las partes las que decidan las condiciones, como aquellas otras que operan en un ámbito más abstracto, el de la constitución y legislación de un país al completo, permitiendo y favoreciendo un orden general abierto a la libertad.


  1. Ataque al Objetivismo

El desprecio hacia el objetivismo de Ayn Rand se manifiesta muchas veces en un ataque furibundo a su idea del egoísmo. Por ejemplo, Daniel Mondéjar, y otros como él, afirman que es cuestionable que la naturaleza humana se pueda describir con una sola característica (la del egoísmo). Resulta curioso que las mismas personas que se empeñan en aceptar solo la categoría subjetiva, afirmen de repente que es necesario observar también otras dimensiones o cualidades del problema. De pronto, dicen que existe tanto el egoísmo como el altruismo, y que no son incompatibles. Para muchos de ellos el objetivismo peca de atomismo, de querer compartimentalizar todo el conocimiento (y cada vez que dicen esto se mofan de Ayn Rand). Pero lo que ocurre es que ninguno de ellos alcanza a comprender en qué consiste en realidad el principio egoísta que defiende la autora ruso-americana. El egoísmo es para los objetivistas un principio de comportamiento, como lo es la acción humana para los austriacos (de hecho proceden de la misma consideración). En consecuencia, ninguno de ellos niega las propiedades emergentes que resultan de esas acciones individuales. Como ya hemos visto más arriba, el individualismo metodológico no es un atomismo. Simplemente, sienta las bases para entender mejor los procesos colectivos, donde evidentemente se producen actos de altruismo que sin embargo siempre están fundados en un interés particular, en un egoísmo en sentido extenso.

También se compara el objetivismo con la religión. Pero de nuevo tenemos que decir que la filosofía no es un absolutismo que fidelice al creyente como lo hace la fe. Nadie en la filosofía objetivista pretende crear una sociedad a partir de unas tablas de la ley que dictaminen cualquier circunstancia de la vida personal de los agentes. Los axiomas son radicales simplemente porque defienden la inalienable libertad del individuo, precisamente lo contrario de lo que suele intentar cualquier religión. No se busca una felicidad positiva sino negativa. Es decir, se pretenden fijar las bases de una sociedad que permita que cada cual busque su propia felicidad del mejor modo posible. Evidentemente, estas bases serán universales. Pero esto no quiere decir que aboguen por  imponer una normas restrictivas tal y como lo haría una tiranía al uso. Todo lo contrario, la universalidad apela a la importancia que tiene la libertad individual para todos los ciudadanos en todas las circunstancias.

No obstante, la designación que hace de sí mismo el objetivismo puede mover a engaño. Para enmendar esta posible malinterpretación, debemos insistir en el hecho claro de que un objetivista no niega en ningún caso la subjetividad, antes bien, la contempla como un valor objetivo, y por eso la reafirma. En cambio, el subjetivista austriaco si suele negar una de las dos categorías, en este caso la objetividad y generalidad de los hechos que se tratan de observar.

No hay duda de que los axiomas son postulados absolutos. Pero incluso si no lo fueran, admitiendo alguna de las críticas que hacen nuestros enemigos, lo que está claro es que siguen siendo generalizaciones fundamentales, imprescindibles para conocer la realidad. Toda crítica a los axiomas es una futilidad sin mucho recorrido, un juego de niños que no tendría mayor trascendencia si no estuviera protagonizado por adultos.

Y tampoco tiene ningún sentido contraponer la Escuela Austriaca con el Objetivismo de Ayn Rand, más allá de los detalles lógicos que los puedan diferenciar. La una hace más hincapié en el valor subjetivo que caracteriza la acción humana en economía, y el otro resalta con mayor motivo el carácter objetivo que tienen esas valoraciones individuales. Pero en ningún caso se oponen. Sus epígonos tradicionales jamás pensaron como piensan estos de ahora. Ayn Rand defendía también los valores subjetivos del individuo. Y Hayek dejaba claro que él no estaba en contra de la universalidad de los principios (el Cosmos). Pero ahora las cosas han cambiado un poco. Nadie está a la altura de aquellos primeros referentes intelectuales. Pensándolo mejor, podemos incluso llegar a entenderlo. Esta decadencia va en paralelo con el movimiento postmoderno del relativismo, lo cual no es de extrañar. La Escuela Austriaca defiende una verdad llena de grandes valores, y es normal que aparezcan frente a ella toda una nueva gama de indeterministas, nominalistas, negacionistas y subjetivistas.     


  1. Ataque al Iusnaturalismo

Quienes se niegan a aceptar la existencia de algunos presupuestos de partida, tampoco suelen aprobar los derechos naturales. Y también equiparan falsamente el derecho divino con el derecho natural, como si fueran la misma cosa.

Al mismo tiempo, afirman que el derecho es una invención humana que no viene marcada por la naturaleza. Da la impresión de que esten diciendo que la aparición del hombre ha puesto en cuarentena, o incluso ha anulado, todas las leyes naturales que existían con anterioridad a esa aparición.

A veces aducen incluso que las personas no tienen derecho a la vida, solo a defenderse mediante contratos voluntarios. Pero desconocen que la vida es un prerrequisito para ejercer la voluntad. Suelen atribuir importancia a la seguridad y la legislación que garantiza el cumplimiento de los contratos, pero olvidan que no pueden crear el derecho que les salga de las narices. Intuyen la existencia de unos bienes necesarios, pero a continuación afirman que todo es contingente y que cualquier acción debe estar supeditada exclusivamente a la voluntad de las partes, como si esa voluntad emergiera de la nada, como por arte de magia, como si no fuera necesaria una serie lógica de exigencias, basadas, no en la necesidad o capricho de los particulares, sino en la universalidad de las leyes naturales que a fin de cuentas determinan el estado y el movimiento de todas las cosas.

Se critica el apriorismo radical por ser una metodología muy parecida a la religión. Pero curiosamente, son los mismos que rechazan esos principios apriorísticos, los que también niegan cualquier fundamentación científica basada en la naturaleza (y la razón). Afirman que no debemos fundar las normas sociales en ninguna ley de carácter natural, dando a entender que el mundo se apoya sobre afirmaciones hechas ad hoc (y actos de fe).

En general, todo el relativismo, el voluntarismo, y el subjetivismo extremos son en sí mismos una contradicción en términos, un desvío científico, un sesgo ideológico, y una claudicación de la razón y el discernimiento intelectual. Vale la pena poner todas las medidas que estén a nuestro alcance para hacerles frente. Sobre todo, hay que denunciar ese error gnoseológico que cometen todos ellos, el hecho de que no acierten a distinguir dos categorías de fenómenos: subjetivos y objetivos, particulares y generales, individuales y colectivos, y de que no quieran contemplar algunas condiciones básicas, u ordenar las mismas bajo un único código general creado para ese propósito, en consonancia con la realidad que manifiesta la propia naturaleza, que también es categórica.

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Esta entrada fue publicada en MIS PAPERS, Objetivismo versus subjetivismo: historia de un enfrentamiento falso. Guarda el enlace permanente.

3 respuestas a Objetivismo versus subjetivismo: historia de un enfrentamiento falso

  1. Pingback: 13. La metodología | El Replicador Liberal

  2. Daniel dijo:

    Este artículo demuestra un rigor y comprensión sobre el tema increíbles. Fascinante.

    Me gusta

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