La defensa norteamericana de Jean-Francois Revel


“Los jóvenes antimundialistas son en realidad unos vejestorios ideológicos, fantasmas resurgidos de un pasado de ruinas y sangre…, Estados Unidos, país que, en doscientos veinte años no ha conocido ni una sola dictadura, mientras que Europa las ha coleccionado… La verdad es que la izquierda europea no ha entendido nada de la historia del siglo XX. Sigue siendo fanática con los moderados y moderada con los fanáticos… Se ve perfectamente para qué nos sirven los Estados Unidos: para consolarnos de nuestros propios fracasos alimentando la fábula de que ellos lo hacen aún peor que nosotros y que lo que va mal en nuestro país se debe a ellos.” (Revel, 1924-2006)

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Cualquier desmán que puedan cometer los Estados Unidos en materia económica o política, cualquier declaración o cualquier acción de sus presidentes o sus embajadores, por muy mala que pueda ser, resulta anecdótica y ridícula si la comparamos con las dictaduras bananeras de Sudamérica, con la mojigatería vergonzante de Europa, con el matonismo zarista de Rusia, con el comunismo edulcorado de China, con la corrupción institucional de África, o con la teocracia sanguinaria de los países islámicos. Imaginen qué pasaría si no hubiera existido jamás una tradición anglosajona (Inglaterra, Estados Unidos, Israel). El mundo sería una bazofia irrespirable, repleta de sicofantes, sátrapas, intestinos, suplicatorios, plañideras, puritanos, asesinos, pogromos, leviatanes, hotentotes, caudillos, capitostes y alfeñiques. No merecería la pena vivir en este planeta. No escatimo recursos a la hora de criticar alguna postura de los Estados Unidos (por ejemplo, el nacionalismo conservador de los republicanos). Pero mi seña de identidad será siempre la misma que ha marcado el destino de los ingleses y los norteamericanos (la Revolución Gloriosa de 1688), a todas luces mucho mejor que el páramo cultural en el que se han convertido los países que rodean a estas naciones libres. Todos debemos hacer un examen de conciencia, mirarnos el ombligo, reconocer nuestros errores, y, si podemos, afear el gesto a todos esos manifestantes que salen a las calles en nuestras regiones y nuestras ciudades, blandiendo su obsesión antiamericana, como si fuera un triunfo de la sociedad entera. Los enemigos de Norteamérica salen de debajo de las piedras, como las serpientes y las culebras, saltan a las primeras de cambio, como las hienas en un festín de carne, siembran cizaña allí por donde van, se arrogan la defensa de las libertades. Todos ellos reivindican la misma serie de derechos y conquistas sociales. Y al parecer esas reclamaciones suelen tener un efecto hipnotizador en la gente. Pero una vez despojadas de la parafernalia y el postureo ideológico que suele acompañarlas, estas defensas no esconden otra cosa que un nuevo pretexto para imponer otra tiranía popular, la hez del mundo, la Tierra entera, si exceptuamos a Inglaterra y los Estados Unidos de América.

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