Socialismo: hoguera de vanidades, promesas incumplidas, naturaleza muerta


Decía Margaret Thatcher que el peor enemigo del socialismo no es el capitalismo. Es la realidad ¡Que gran razón! Si tuviera que elegir una clasificación simple para ordenar la abigarrada cantidad de comportamientos que caracterizan a la especie humana, sin duda me decantaría por esa que, sin aire de ofender, separa a los idealistas por un lado y a los realistas por el otro. Esta clasificación queda de manifiesto con carácter especial cuando tratamos de establecer las bases de la política. Resulta infinita la cantidad de cantinelas que alimentan los deseos más vanos del ser humano cuando éste se pone a especular sobre la sociedad que quiere dejar a sus hijos. Es casi seguro que no existe una ciencia más teñida de ilusiones que aquella que se da en llamar ciencia política. Resulta patente la miríada de embaucadores y turiferarios que doran la píldora y suavizan una realidad para que parezca menos cruenta de lo que es.

No hay prácticamente ningún tema de conversación en el que los socialistas (y por extensión todos los políticos) no hagan acopio de una retórica hiperbólica para dulcificar la realidad, atraer a sus correligionarios y conservar el mandato. La ciencia es una trituradora de mitos, la mayoría de ellos están basados en vanas esperanzas y utopías. Pero la principal contumacia que acusa el hombre es la confusión que sufre a la hora de distinguir lo que es la realidad y lo que desearía que fuera.

Pongamos un ejemplo concreto. Lo ideal sería que no se cometieran violaciones y que todos los abusos hacia la mujer tuvieran un castigo ajustado a derecho. Pero esto es imposible; ni la justicia más implacable puede resolver positivamente todas sus pesquisas. La única forma de atrapar y condenar a todos los violadores es metiendo en la cárcel a todos los presuntos delincuentes. Pero para esto hay que saltarse el principio más importante que armoniza el derecho, la propia presunción de inocencia. Sin embargo, asombra la cantidad de personas que no tienen reparo en hacer esto. Hasta ese punto está dispuesta a llegar la izquierda para reivindicar su política feminista. No les vale la realidad. Desearían que todos los delincuentes pudieran estar entre rejas. Y, para conseguirlo, no les importa aplastar y segar la vida de un montón de inocentes. Suelen decir que es mejor condenar a unos cuantos inocentes que tener a un violador en las calles. Esa misma monserga fue aplicada por el comunismo totalitario para teñir la sociedad de rojo durante las grandes revoluciones del siglo XX. Había que conseguir una sociedad igualitaria, y si para eso teníamos que cargarnos a una parte considerable de la población, debíamos estar dispuestos a hacerlo. Al final la sociedad igualitaria no se consiguió; no hay forma de engañar a la realidad. Lo único real fueron los millones de muertos que quedaron por las cunetas. Se dulcificó la verdad con todo tipo de promesas para, a continuación, recrudecer la vida hasta un nivel nunca antes visto.

Otro ejemplo claro de bonhomía política son las migraciones. La izquierda siempre reclama libre circulación de personas, pero evita pronunciarse sobre las consecuencias de una inmigración descontrolada. Lo ideal sería que no existieran fronteras. Pero para llegar a ese punto primero hay que resolver otra serie de problemas más acuciantes. No podemos abrir las vallas si antes no nos aseguramos de que las personas que transitan entre las distintas zonas geográficas del planeta lo hacen en condiciones legales, para trabajar u ofrecer algún servicio real a la sociedad que los acoge. No podemos abrir las fronteras sin antes asegurarnos de que el socialismo no va a ofrecer ayudas y subvenciones a todas las personas que entren al país, hasta quebrar la caja del Estado. No podemos abrir las fronteras a naciones que en principio todavía no han superado la Edad Media, con culturas incompatibles con el estado de derecho al que se van a acoger, con problemas graves de integración, o con costumbres antidemocráticas incompatibles con la nuestra.

Pero todo esto a la izquierda le importa un bledo. Su eslogan sólo insiste en dejar pasar a todo el mundo. No obstante, previamente se encargan de cobrar altos aranceles a todos los productos que vengan del exterior, condenando a aquellas personas más hábiles y trabajadoras que envían esos productos desde otras regiones del mundo y que ni siquiera necesitan desplazarse a nuestros países para ofrecernos algo. No es fácil entender porqué hay que abrir el paso a cualquier persona que lo pida, pero hay que restringirlo cuando de lo que se trata es de dejar pasar los bienes que producen esas personas. Por una parte, se castiga el trabajo realizado (los productos importados) y por otra se permite entrar a todo hijo de vecino sin evaluar antes la necesidad real de mano de obra o la idoneidad ideológica del inmigrante. Así opera el socialismo.

Por denunciar estas cosas te acusan de racista o machista. Si acaso dices que hay que respetar la presunción de inocencia, eres además un fascista.

Playa del tarajal. Un grupo de inmigrantes asaltan a nado la frontera española. La policía responde con armas disuasorias. Se ahogan 15 personas. La justicia resuelve que no hay evidencia de que los policías incurrieran en un delito grave de omisión de socorro. No se puede demostrar. Por supuesto, es posible que algún agente, viendo como se acercaba aquella marabunta de nadadores, decidiera lanzarles pelotas a la cabeza a ver si con suerte mataba a alguno. No obstante, me parece más lógico pensar que las cosas ocurrieron de otra manera. La policía está adiestrada para disuadir los asaltos, cosa que por otro lado es perfectamente normal. Los inmigrantes intentaban pasar esa barrera fronteriza a nado. Era de noche. Casi no sabían nadar. Se asustaron. No creo que ningún policía en el ejercicio de sus funciones pueda sentarse en la playa y recibir con aplausos a los inmigrantes. Pero tampoco es lógico pensar que planeasen tirar a matar. El hecho luctuoso fue una verdadera desgracia. Nadie en su sano juicio desea que esos inmigrantes mueran ahogados en las aguas. Y por supuesto tampoco la policía. La omisión de socorro es un delito tipificado en el código penal que tienen muy presente los agentes del orden que han sido adiestrados para salvar vidas y proteger a la población. En cualquier caso, la justicia no ha podido demostrar nada. Sin embargo, ¿cuál fue la lectura que hizo la izquierda en bloque? Pues para una gran mayoría los policías debían de haber sido condenados por asesinato en primer grado. De nuevo se cargan la presunción de inocencia y afean a los jueces para asegurarse una caza segura. Da igual la realidad. No importa que no podamos demostrar los hechos. Tampoco importa que exista la posibilidad real de que los policías actuasen correctamente, sin pretender matar a nadie. Lo único que interesa es meter entre rejas a todos los sospechosos.

De nuevo, vemos como un hecho real es completamente distorsionado por la maquinaria del partido y la bonhomía del votante. Todos deseamos que no muera nadie. Pero, aquellos que solo se guian por el deseo, confunden habitualmente estos sentimientos con la realidad, y creen que las circunstancias acaecidas solo podían tener una solución positiva. Si mueren personas, tiene que haber necesariamente algún culpable cerca. Y quién mejor que la policía para recibir esta acusación.

Para asegurarse de que todos los violadores acaban con sus huesos en la cárcel, la izquierda está dispuesta  saltarse a la torera la presunción de inocencia y condenar a todos los inocentes que haga falta. Les llaman mártires, pero no les preguntan si realmente están dispuestos a sacrificar sus vidas. Igualmente, al idealizar el mundo, los socialistas también quieren dejar pasar a todos los inmigrantes que así lo deseen. Para ello, están dispuestos otra vez a vulnerar un código de conducta fundamental, necesario en las relaciones internacionales de cualquier país, la capacidad disuasoria que tienen los ejércitos y la policía que se encarga de cumplir las leyes de los respectivos países.

Podemos decir que queremos una sociedad más libre, en donde cada vez haga menos falta que haya fronteras. Pero lo que no podemos es pretender que esas fronteras dejen de funcionar en el estado actual. Nuevamente, la izquierda confunde los deseos (de futuro) con la realidad del ahora. Y para ello vuelve a condenar a una infinidad de inocentes, todos los que a buen seguro tendrán que soportar con sus impuestos una inmigración masiva, descontrolada, subvencionada, y delictiva. Para asegurarnos que pasan la frontera todas las personas honradas que vienen a trabajar (y que realmente son necesarias), tenemos que dejar pasar a todo el mundo, a pesar de que ello implique una aglomeración de personas difícilmente sostenible.

Los recursos son limitados. No obstante la ensoñación del socialismo es infinita; juega a creer que no existe ningún tipo de límite. Eso es precisamente lo que diferencia a las personas sensatas de aquellas otras que no lo son. Los límites. La realidad está llena de límites. La ciencia intenta realizar una aproximación congruente. Cada nueva teoría es un intento de saber qué márgenes puede abrazar la nueva explicación (o generalización). Pero el socialismo solo ve deseos. Existen dos tipos de hombres. Los primeros son conscientes de sus posibilidades. Los segundos son esclavos de sus pasiones. Los primeros tienen claro hasta dónde pueden llegar. Los segundos tienen claro que ninguna realidad les va a estropear el plan. Los primeros son científicos y escépticos. Los segundos son hiperbólicos, incautos, cándidos… y socialistas.

Jamás se ha podido clasificar mejor a los hombres como cuando se dijo que hay unos que tienen los pies en la tierra y otros que tienen la cabeza en las nubes. La clasificación que se hace en política para diferenciar a la derecha liberal de la izquierda socialista es un caso particular. No en vano, la política es el mayor criadero de ilusos. Todos prometen. Todos aprenden a imaginar cómo les gustaría que fuera el mundo (pero sus mandatos son escasos, y cuando se extienden por tiempo ilimitado es porque se han convertido en tiranos). Todos quieren opinar. Todos pueden opinar (en democracia), el diletante y el experto, el ama de casa y el ama de llaves, el párroco y el funambulista. Solo hay que tener dieciocho años. No es extraño que la política termine convirtiéndose en un conjunto esotérico de habilidades, sepulcros blanqueados y sitios comunes. Los tontos porque son tontos. Y los listos porque son demasiado listos. Es imposible detener los deseos de tanta gente expresados en las urnas en una jornada maratoniana, de baño de masas.

Hoy en día se utiliza a los dirigentes políticos para suplantar a los ídolos sagrados abatidos por el Nietzscheanismo. Y el paraíso se convierte de repente en una cosa pedánea (y pedante), aquí en la tierra, previo pago de una cuota, que a veces tiene el valor de la vida. El marxismo es la única teoría supuestamente científica que ha requerido de millones de cobayas humanas para refutarse. Margaret Thatcher sabía lo que se decía. La realidad es la principal enemiga del socialismo. Ilusiones vanas. Hoguera de vanidades. Promesas incumplidas. Víctimas propiciatorias. Mártires. Izquierda mediática. Olor a cerrado. Naturaleza muerta. Gente inocente en la cárcel y depredadores fuera. Porque eso sí, todos los hombres acusados de violencia machista tienen que pasar por la cárcel, aunque no se demuestre que son culpables. La propia palabra de la mujer vale como prueba. Pero los violadores reales, esos son víctimas del sistema. Una vez cumplida la condena hay que darles otra oportunidad, independientemente de cómo estén de arrepentidos.

Todos los hombres son malos. Toda la policía dispara a matar. Todos los delincuentes tienen derecho a una segunda oportunidad. Las víctimas son siempre buenas, y nunca tienen la culpa. El sistema es ese ente abstracto al que siempre se puede culpabilizar. Y los que gozan de una posición privilegiada dentro de él son siempre responsables de todas las atrocidades, y da igual que hayan alcanzado esa posición con esfuerzo e ingenio, siempre serán sospechosos.

El mundo está hecho de una mayoría de estúpidos y pobres inutiles que odian y envidian a una minoría de empresarios ricos, a los que demonizan solo por el hecho de ser más poderosos que ellos. Olvidan que el poder y la capacidad, o el estado social, también se puede lograr aportando cosas buenas a la humanidad. Olvidan que las mejores personas son las que se hacen ricas satisfaciendo a más gente. Pero ellos jamás harán nada provechoso. Solo se limitan a condenar a los poderosos, para lavar sus culpas y esconder su vergüenza. O simplemente porque son tan estúpidos que no saben diferenciar la verdad de la mentira. Pero la verdad no se puede esconder, y tarde o temprano viene como la muerte, para llevarse las almas que acaso osaron ponerla en duda. El peor enemigo del socialista es la realidad, decía Margaret Thatcher.

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